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Ciclismo antiguo

Tour 1986: La hazaña de Chozas tuvo el preludio de Sarrapio

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Eduardo Chozas Tour 86 joanSeguidor
WorldTour 2022 – TopPost

Días antes de Chozas, Sarrapio dio la campanada en el mítico Tour 86

Este tercer lunes de confinamiento Teledeporte nos trae aquella famosa etapa del Tour de 1986 que acabó con la monumental victoria de Eduardo Chozas en Serre Chevalier, arriba del Col de Granon, la llegada más alta de la historia del Tour, hasta entonces.

Si el domingo disfrutamos de la cabalgada de Perico con Hinault, esta vez toca Eduardo Chozas, un ciclista enorme, con un palmarés que lo dice todo, en una edición mítica, de esas que marcan un antes y un después en la historia del ciclismo.

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Pero días antes de la victoria de Eduardo Chozas en el Tour 86, hubo una que fue también icónica, la de Angel Sarrapio que Jaume Mir, auxiliar esos días en Teka, nos contó en el libro que tuvimos el honor de escribir sobre su singular historia…

Pasaron los años, diez exactamente. Mir en otro Tour, Mir en el Tour de 1986. Su labor ahora era para el Teka, el equipo de su amigo Santiago Revuelta, otra de las personas de su vida, que cuyo nombre muchos años después sigue presente en cualquier sobremesa. En aquel Tour, el famoso de LeMond e Hinault, con este manteniendo la zozobra hasta el final sobre si sería fiel a la palabra dada, corría con Teka un asturiano de Arenas de Cabrales que destacó siempre por sus largas escapadas. Tras sufrir un accidente gravísimo en la Vuelta a Asturias en el 84 se rehizo y protagonizó, al año siguiente, una cabalgada en solitario de 200 kilómetros camino de San Remo, y a las pocas semanas ganó en solitario una etapa de la Vuelta a España en Sant Quirze del Vallès.

Era Ángel José Sarrapio y su nombre aún resuena en la Francia más chovinista como el español que engañó a un francés de la forma más sutil que se recuerda. “Hay días que se aparece la virgen”, le dijo el asturiano, el percherón, a Javier de Dalmases cuando cruzó primero la meta del entonces incipiente parque de Futuroscope, mientras era aseado por Mir. Sarrapio acababa de ganar la décima etapa del Tour, ante la incredulidad de todos.

La historia fue la típica de una jornada de transición. En el kilómetro 60 de etapa, el asturiano se unió a la rueda del francés del Fagor Jean-Claude Bagot para hacer camino hacia el nuevo parque temático en los aledaños de Poitiers. La ventaja rápido superó los cuatro minutos y en esos guarismos se movería casi hasta el final, aunque condicionada por la caída en el pelotón de un nombre importante como Robert Millar, que calmó los ánimos de la caza, sobre todo del Panasonic holandés.

La cosa iba bien, todo normal, hasta que el director del Teka, José Antonio González Linares, viendo que iban a llegar escapados, aconsejó a su corredor que fuera conservador en los relevos hasta prácticamente omitirlos. La jugada empezaba a ser redonda: Sarrapio racaneaba porque sabía que Bagot estaba cerca de ser líder y este, aunque se desgañitara, no sacaba más de su compañero.

A 20 de meta Sarrapio, quien desde días antes venía arrastrando una bronquitis, empezó a hacer lo que se llama “teatro del bueno”, fingiendo fatiga extrema, sacando los pies de sus rastrales, realizando estiramientos y poniendo cara de ir extenuado. Aquello fue la gota que colmó el vaso de la confianza de los franceses, que dijeron a Bagot: a tope hasta meta.

Fue tan buena la escenificación de Sarrapio que en el coche de Fagor, imprudentes ellos, empezó a correr el champagne a tres kilómetros de pisar la recta final. Mientras, González Linares a lo suyo: “Ángel, los dos sois un plomo al sprint, haz que vas mal y tendremos una oportunidad”. Y Sarrapio volvía a poner cara de circunstancias mientras estiraba los muslos. Bagot se giraba, lo miraba, y siempre, casualmente, Sarrapio se tocaba la rodilla o resoplaba.  Bagot, mientras, echaba toda la carne en el asador, se arrimaba hacia los laterales de la carretera, que le diera el aire. Se abría hacia el otro lado, imploraba un relevo: el de Cabrales, con cara de circunstancias, que no entraba, no entraba. Luego otra vez a “meterle cuneta”.

Cuando la cámara de meta enfocó a los dos escapados en la larguísima recta que llevaba hasta las mismas puertas de Futuroscope, todos dieron por ganador a Bagot. El francés tensó primero, pero Sarrapio respondió. A menos de un kilómetro volvió a acelerar: Sarrapio ahí, presto.

La broma se acabó cuando Sarrapio, no contento con seguirle, le tomó la aspiración y le dio el último relevo a unos 200 metros de meta. “Coup de théâtre”, que gusta decir en Francia. El españolito se cargó las ilusiones del galo el día de la fiesta nacional. “¿Cómo infravaloró de esa manera Jean-Claude al español?, ¿cómo midió sus fuerzas teniendo en cuenta la llegada en alto?”, se preguntaban, si bien conviene aclarar que, aunque la etapa era tenida por llana e intrascendente, la meta picaba para arriba, como se suele decir.

“¡Ángel, Ángel, has ganado, has ganado!”, chillaba Mir mientras no paraba de saltar. Sarrapio, vacío por el esfuerzo, deambulaba entre la gente en la meta expuesto a un ambiente muy poco amistoso. Mir se percató de que allí las miradas eran cuchillos y las manos podían salir a pasear con facilidad cuando se dirigió a Lévitan, el mismo que años antes le había echado efímeramente del Tour, diciéndole: “Felix, Felix, que hemos ganado, etapa para Teka, etapa para España”. “Merde d’Espagne!”, le clavó el responsable de la carrera.

Mir, helado, calló y tiró para el podio. El ambiente era muy tenso. “¿Cómo es posible que nadie se diera cuenta del peligro de Sarrapio?”.  “Vámonos de aquí, que estos te matan”, le dijo, entre gritos de “gitano” y “ladrón”. Ahí estaba también, con piernas afiladas y polo tricolor, José Ramon de la Morena, con su micro de la Cadena Ser, intentando sonsacarle unas palabras al ganador.

El asturiano había engañado con todas las letras a Bagot, quien además se quedó con las ganas del liderato, que le quedó lejísimos a final de la etapa. Curiosamente Bagot era gran amigo de Maurice De Muer, el que fuera jefe de Mir en el Bic. Preguntado por Sarrapio en L’Équipe, Mir recordaba su gesta en la Vuelta del año anterior y tiró por la vía del coraje: “Es un luchador nato”. Se habían olvidado de la casta del asturiano.

De vuelta al hotel, salvadas las entrevistas y las ceremonias de podio, el equipo se sentó alrededor de la meta para cenar con ganas de gresca. Querían el bigote de Mir, y este no pudo negarse. Tras Viejo y Ocaña, le tocaba el turno a Sarrapio, pero este le dijo: “Tranquilo, Mir, porque no tengo intención de raparte el bigote”. Sí, el asturiano, “un trozo de pan” para muchos, le indultó.

Aquel Tour tuvo otro momento estelar para el Teka de Revuelta: fue la jornada del col de Granon, la que marcó el cambio de paso entre LeMond e Hinault y coronó a Eduardo Chozas, ganador por mucho tiempo de la etapa de Tour que acabó a mayor altitud, a más de de 2.400 metros, por uno de los contrafuertes del Galibier.

Extracto del libro «Secundario de lujo»

Imagen: Demarraje Web 

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Ciclismo antiguo

Marino Lejarreta siempre viajó en la clase noble del Giro

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WorldTour 2022 – TopPost

En el Giro Marino Lejarreta hizo grande su historia

El marationano Marino Lejarreta, el bien llamado “junco de Berriz, ha sido una de las grandes personalidades del ciclismo español en el Giro de Italia. E

l ciclista vizcaíno firmó siete participaciones en la grande rosa y todas las concluyó entre los diez primeros.

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A esa benigna estadística, cabe añadirle que en cuatro de esas ediciones, Lejarreta concluyó las tres grandes el mismo año.

Su historia con Italia viene de dejos, del mismo momento que comprendió que allí podría tener una salida natural a su talento en una grande que le iba como anillo al dedo.

En ese tiempo conoció con monstruos como Saronni, Moser, Hinault, Roche y Visentini, entre otros.

 

Corría el año 83, el joven Marino debutaba en el Giro recién llegado de una Vuelta memorable en la que tuvo que declinar ante Hinault. Al fin, el de Berriz se veía en el Giro: “Llevaba cinco años de profesional pero hasta la fecha nunca había estado en el Giro, sí en alguna clásica italiana. Era una prueba que me apetecía mucho conocer”.

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Con los colores del Alfa Lum, cierto sinsabor recorrió el cuerpo de Marino en su debut. Fue la edición que ganó Saronni y el recorrido dejó mucho que desear. “Fue una carrera muy suave –recuerda-. Se desvirtuó algo la idea que tenía de la carrera con esos grandes puertos de los que tanto había oído hablar”. En el balance, amén del sexto puesto, destaca la segunda plaza en Val Gardena donde perdió ante Mario Beccia, “me ganó al sprint tras haberlo intentado a 2 kilómetros” rememora. Un año después ganaría en ese mismo escenario, “mi día más feliz en Italia” admite. Allí vivió también uno de sus días más duros: “Bajábamos con frío y nieve y lo pasé muy mal. No controlas la bici, te duelen las manos y nunca ves el final”.

Para Marino “el ciclismo que se ve en el Giro es el típico italiano, muy de clásicas. Se ejerce un gran control por parte de los equipos de velocistas y uno se da cuenta que luchar contra eso es absurdo. La batalla suele platearse al final, sobretodo cuando la televisión entra en directo”.

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Ese ciclismo a la italiana también se prolonga en las cuentas. Marino, muy querido siempre en Italia, no escatima elogios: “El público italiano es ciclista de toda la vida. No suele ser muy joven, pero sí muy entendido. Posiblemente sea el mejor que haya”. De sus siete Giros se declara admirado por “las Tres Cimas de Lavaredo. Estábamos a un kilómetro de meta y veía tanta gente montaña arriba que pensaba que habían subido más allá de meta”, para su desgracia el gentío se acaba en meta.

El Mortirolo es la subida más dura, pero fue en la Marmolada donde vivió un auténtico calvario en 1991. Ese día descubrió a uno de los corredores que más le ha impresionado: Franco Chioccioli. Lo mismo reconoce de Gianni Bugno, “ganó su Giro con una pierna” recuerda, y de Bernard Hinault.

Marino en el Giro

1983: 6º

1984 y 1987: 4º

1985 y 1991: 5º

1989: 10º

1990: 7º

Dos etapas ganadas

 

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Ciclismo antiguo

El casi pleno de Miguel Indurain en el Giro de Italia

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Indurain en el Giro: dos victorias y una tercera plaza 

Sólo con esa estadística tan apabullante, uno toma conciencia de la naturalidad con la que ganaba el mejor ciclista español de la historia. Una naturalidad, sea dicho, no exenta de sufrimiento y obstáculos.

Indurain tuvo su estreno en el Giro en 1992, llegaba como ganador del Tour y un saco de incógnitas sobre sus opciones.

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Preparar su segundo asalto a la Grande Boucle era su único objetivo en Italia pero, ganó: “Llegué con la incertidumbre propia de quien llega a una carrera que no conoce. Todos me comentaban que era una carrera muy a la italiana, donde los italianos atacaban mucho. Mi idea era preparar el Tour, aunque si la carrera se ponía tiro no se podía desaprovechar. Una vez salvamos la primera parte nos dimos cuenta de que podríamos luchar por la victoria”.

Se vistió de rosa en Arezzo y reforzó su liderato un día después en la crono de Sansepolcro.

Reconoce que “no fue una victoria fácil por que en definitiva no dejas de ser un rival para todos los italianos”, pese a ello reconoce haberse sentido “muy bien acogido por el público.

En alguna ocasión se oía hablar de alianzas entre corredores italianos –sobretodo en su segundo Giro- pero al final cada uno fue a lo suyo”.

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Recuerda haberse sentido muy impresionado por los Dolomitas: “Son realmente impactantes por la cantidad de roca que se ve en las montañas y el gran ambiente que rodea la carrera. Son puertos que no tienen nada que envidiar a los del Tour”.

Un puerto, por encima del resto, es el más duro a su entender: el Mortirolo.

Pero no es el único: “El Stelvio no tiene tanto desnivel pero su longitud lo hace muy duro. La característica de las etapas de montaña del Giro es que los puertos se suceden casi sin descanso”.

Mortirolo y Stelvio son dos cimas que entraron en aquella fantástica jornada de ciclismo que fue la 15ª etapa del Giro de 1994 entre Merano y Aprica.

Un día extraordinario que hizo vivir a Miguel todos los estados del ciclismo, de la euforia del Mortirolo al calvario del Valico di Santa Cristina. Sobre aquel día ha sido peguntado mucho: “Fui muy bien, pero se me olvidó hidratarme y lo pagué caro”.

Indurain pasó de acariciar el rosa que vestía Berzin a despedirse de él, en espacio de media hora fruto de una tremenda pájara que sepultó sus opciones en el que podía haber sido su tercer Giro.

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Sobre lo que rodea a la carrera está totalmente de acuerdo con que nos contó Marino Lejarreta hace unos días: “Para Italia el Giro es una fiesta. En mi época veíamos pueblos enteros que dejaban de trabajar por ver la carrera. No obstante la gente no sólo vive el Giro, sino todo el calendario en general. Sea en el norte o sur, siempre hay mucho seguimiento”.

Miguel en el Giro

1992 y 1993: 1º

1994: 3º

Cuatro etapas

 

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Cuando Moser robó todo un Giro a Fignon

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Aquel Giro del 84 a favor de Moser olió mucho

Francesco Moser sigue siendo un hombre con poder en el ciclismo.

Desde su cargo en la Asociación de Ciclistas Profesionales ha trepado hasta conseguir que su voz tenga cierto peso.

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En ocasiones habla de ética, buenos modos. Omite su pasado, como otros tantos.

Un pasado que habla de una edición del Giro escandalosa, la de 1984, la de hace casi 40 años, cuando le robó con todas las letras la carrera a Laurent Fignon, aquella sensación rubia que fue a Italia a ganar y no a rodar como tantas otras figuras.

A inicios de 1984 Moser había batido dos veces el récord de hora, aquello que l distinguió por encima de otros logros, luego ganaría en San Remo. Vicenzo Torriani le había dibujado un Giro a su medida, con la única inclusión del Stelvio como gran dificultad.

Eran los años de los “Giros de mierda”, asumidos como único expositor de sus estrellas, ajenos al mínimo decoro y equilibrio.

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De salida los dos cocos, Fignon y Moser, se pusieron los galones.

Un mal momento en Blockhaus alejó al francés de vanguardia.

A los pocos días Fignon devolvía el golpe.

Consenso en el pelotón: Baronchelli, Panizza y Argentin protegían a Moser.

La carrera caía a partir de entonces en una serie de desdichas.

A causa de una caída colectiva en un túnel mal iluminado, los italianos armaban una huelga en la base de la subida de Pisticci, donde Fignon quería atacar. Al poco organización decretaba impracticable la subida al Stelvio  “a causa de una nevada”.

Aquella fue una información desmentida por una fotografía de un diario local que probaba que la ruta estaba totalmente limpia. El itinerario alternativo evitaba el paso por Aprica

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El director deportivo de Renault, Cyrille Guimard, se declaraba estafado pero Fignon no desistía. Lo probaría en Selva di Val Gardena hasta un inoportuno salto de cadena a seis kilómetros de meta.   Roberto Visentini se vestía de antihéroe y no se escondía al acusar a los organizadores de favorecer Moser.

“Este Giro es un burdel, una farsa. Se ha decidido que Moser gane a cualquier precio. Siento nauseas”. Dijo ganándose de la repulsa de los aficionados.

Camino de Arabba, Fignon volvía a armarla, ahora a 50 kilómetros, sacándole 2´19´´ a Moser, quien tenía auxilio extra, hasta empujones del público.

La última crono de Verona presentaba a Fignon con 1´21´´ sobre Moser, quien bajo la supervisión del profesor Conconi, había modificado la forma de abordar las cronos mediante una bicicleta entonces revolucionaria, con cuadro elevado, un manillar con los cuernos de vaca y ruedas lenticulares de diámetros diferentes.

Contra todo pronóstico Moser relegaba a Fignon a 2´24´´. Luego se supo de las ayudas del helicóptero de RAI propulsando al trentino.

Como decimos de aquello han pasado 28 años, pero la vergüenza de saberse ganador en tales circunstancias no prescribe. Aquel Giro figura en el  palmarés de Moser, pero ¿se sabe ganador en buena lid?. Lo dicho hay gente de otra pasta.

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El Ventoux no admite bromas

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Las historias del Tour en el Ventoux hablan de respeto impuesto

Aquel Tour iba camino del desastre en las mismas lomas del Ventoux.

A unos 2 km de su cima encontramos otro auténtico tesoro para el cicloturista: el monumento a Tom Simpson, lugar de peregrinación para todos los aficionados al ciclismo que, desafiando las duras rampas del Gigante de Provenza, se acercan hasta aquí, con reverencia y respeto, y suben los peldaños que dan acceso al monolito para depositar ofrendas de todo tipo: bidones, maillots, banderas, hasta piedras con la fecha escrita con rotulador… tal y como manda la tradición.

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En el recuerdo, la muerte en estas rampas del inglés Tom Simpson, en el Tour de Francia de 1967. Aquel día Tom ya se había levantado mal, no se encontraba bien, pero decidió correr lógicamente por dinero. Tenía que acabar al menos entre los cinco primeros para asegurarse los critériums post-Tour. Tom cayó hasta tres veces antes de la definitiva

Los espectadores y el mecánico de equipo lo subieron literalmente a la bici mientras el inglés se convulsionaba con espasmos. Aún pedaleará unos 300 metros más, completamente hipnotizado, con la cabeza inclinada antes de caer definitivamente al asfalto. Cuando llegó el médico, ya estaba muerto.

Aún y así le hace el boca a boca y le aplica un masaje cardíaco. Incluso le suministra solucamphre, un potente estimulante cardíaco. Demasiado tarde. La organización del Tour comunicó oficialmente que murió durante el traslado al hospital. Falso.

El final ya lo conocéis. Se le encontraron en los bolsillos del maillot anfetaminas y se le demonizó y utilizó como referente en la lucha contra el dopaje. Pura hipocresía. Sólo asistió un corredor a su funeral en Inglaterra: Eddy Merckx, su amigo y compañero en el equipo Peugeot.

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El propio Merckx sufrió en sus carnes el martirio del coloso. El 10 de julio de 1970, y a la misma altura del monumento a Tom, el belga está a punto de explotar, quedando al borde del colapso. No pedalea. Sus piernas tiemblan y a la llegada se desploma literalmente sobre los brazos de un policía: “siento como un fuego en el pecho”, fueron sus palabras antes de subir a la ambulancia.

Estas historias, y muchas más, han forjado la leyenda del Mont Ventoux, y es que su nombre lo dice todo, ya que es con diferencia la montaña donde más sopla el viento: el mistral puede superar fácilmente los 200 km/h. Aunque parezca mentira, nadie se pone de acuerdo ni en su altura ni longitud exacta. Algunos dicen 1905 m. Otros 1909.

El Tour le da 1912 m en su libro oficial, pero Armstrong dice que “parece más alto.

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En su paisaje lunático (la característica cima “nevada” debido al color blanco de fragmentos de roca calcárea) sólo viven algunas extrañas especies de flora y alguna que otra víbora. La montaña también padece fuertes contrastes de temperatura en verano: las zonas más bajas pueden llegar a convertirse en un auténtico horno y sin embargo en la cima puede hacer frío. La diferencia a veces puede llegar a los 30ºC.

Otras curiosidades: el poeta florentín Petrarca realizó una primera incursión en el año 1336. Posteriormente lo consagraría con una oda. En su cima ya existía un observatorio meteorológico desde 1894, y en 1902 se corrían carreras automovilísticas en sus curvas. ¡Ah! Y en el Chalet-Reynard, a 6 km de la cima, se hacían tortillas de trufas.

Por Jordi Escrihuela

Imagen:A.S.O./Aurélien Vialatte

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Una buena idea que al final no ha resultado.
Me gusta mucho la creación de un maillot exclusivo para salida de #Lavuelta2022 de los Países Bajos, pero el diseño deja bastante que desear

https://joanseguidor.com/vuelta-2022-maillot/

Si por algo se distingue el #Landismo es en perder adeptos a la velocidad de ganarlos... veo euforia descontrolada que convendría enfriar, las sensaciones son buenas, pero queda una eternidad y... también está Pello

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#Giro2022

Tres momentos TOP de Vincenzo Nibali
1. Pavés en el TDF 2014
2. Etapa bajo el diluvio en la Tirreno 2013
3. Risoul, el día que remonta el Giro 2016

De aquí no me sacaréis....

https://joanseguidor.com/vincenzo-nibali-retirada/

#Giro2022

Erwin Visser y Erwin Reijneveld son dos periodistas neerlnadeses que visitaron Terres de l´ Ebre y volvieron abrumados de lo que vieron desde la bicicleta.
Desde los paisajes planos y amables del Delta a la alta montaña del Mont Caro...

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@terresebretur

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