Ciclismo
Mont Ventoux, el gigante de mi Tour
En el Tour siempre pasan cosas raras cuando se entra en el Ventoux
Mi primer recuerdo consciente del Mont Ventoux en el Tour de Francia se remonta a 1994. Ese día, Eros Poli, el gigantón del pelotón, coronó en solitario el mítico coloso, mientras por detrás Indurain sorteaba los ataques de Pantani y, en el descenso, estuvo a punto de irse al suelo. Aquella vez descubrí que el Ventoux era mucho más que una subida: era historia, tragedia y épica. Supe de Tom Simpson, del poeta Petrarca y de ese aura mística que rodea a la montaña pelada de la Provenza.
Desde entonces, lo he seguido con fascinación.
Aquí voló Iban Mayo en el Dauphiné, Armstrong regaló una victoria a Pantani que levantó ampollas, Juanma Gárate firmó uno de sus días más grandes, y Froome, primero dominante, acabó perdiendo hasta la bici en medio del caos.
Incluso Wout van Aert lo domó dos veces en una misma etapa.
El Ventoux tiene algo. Nunca deja indiferente.
Pero no me acaba de convencer como final de etapa. Quizá porque intimida demasiado o solo ahí, como monopuerto.
El pelotón llega lanzado hasta su base, y desde ahí empieza la criba.
En cambio, cuando ha sido puerto de paso, ha regalado jornadas icónicas, como la de Poli o la embestida de Van Aert.
Y es que el descenso posterior también tiene su miga: largo, rápido y exigente.
Historias como la de Indurain en 1994, zarandeado al borde del abismo en plena bajada.
Porque el Ventoux, en realidad, es eso: un narrador de epopeyas. A veces cruel, a veces generoso.
A unos kilómetros de la cima se alza el monumento a Tom Simpson, donde los ciclistas se detienen a dejar bidones, gorras o piedras con fechas escritas.
Allí murió el británico en 1967, tras desplomarse entre espasmos.
Le encontraron anfetaminas en los bolsillos y lo convirtieron en símbolo del dopaje, aunque sólo Eddy Merckx fue a su funeral.
El propio Merckx, en 1970, acabó allí mismo completamente descompuesto, clamando por aire y cayendo en brazos de un policía.
El Ventoux es también meteorología salvaje: calor infernal en la base, frío polar en la cima.
Vientos horribles y una cima que parece nevada por la roca blanca.
Y, aunque su altura (1912 m) no impresione en cifras, lo compensa con una dureza brutal.
Desde Bedoin, la subida es un suplicio. Sin sombra. Sin tregua. Un paisaje lunar que exige respeto.
Por eso lo llaman “el gigante de la Provenza”. Porque aquí se viene a sufrir. A veces, a escribir historia. Otras, a caer rendido. Pero siempre, siempre, con humildad.
Imagen; A.S.O./Bruno Bade








José Miguel
23 de julio, 2025 at 1:33
Lo de Armstrong esquivando a Beloki fue en la bajada de La Rochette, cerca de Gap, no en el Ventoux. Por aclarar.
Baldato Deba
23 de julio, 2025 at 6:37
No, amigo… la caída de Beloki poco tuvo que ver con el Ventoux. Que en aquel Tour, no se subió
Sllore
23 de julio, 2025 at 7:22
La caída de Beloki y el famoso campo a través de Armstrong no sucedieron en el Ventoux sino en el descenso de La Rochette, en los Pirineos.
Iban Vega
23 de julio, 2025 at 9:03
cierto no sucedió en Ventoux, y lo cambiamos, pero sí que pasó camino de Gap, puerta de los Alpes