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Ciclismo antiguo

Estrellas del Giro: Jacques Anquetil y Felice Gimondi

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De la elegancia de Anquetil a la resilencia de Gimondi en el Giro

Quizá como homenaje al primer liderato de Paul Magnier, nos vamos a un mito francés en el Giro: Jacques Anquetil, una figura no se entiende sin esa pátina de aristocracia gélida que proyectaba sobre el asfalto.

No era un ciclista de gestos agónicos ni de sudor desordenado; era la encarnación de la eficacia medida, un “Maître Jacques” que dominaba el tiempo y el espacio con una elegancia que resultaba, para muchos, insultante.

Nacido en Mont-Saint-Aignan en 1934, Anquetil no corría contra hombres, sino contra el cronómetro, esa máquina implacable que le valió el apodo de “Monsieur Crono”.

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Fue el primer arquitecto de la modernidad en el ciclismo, el pionero que comprendió que las tres grandes vueltas eran territorios conquistables bajo una misma bandera.

Sus cinco Tours, cuatro de ellos consecutivos, junto a dos Giros y una Vuelta, no son solo cifras, sino el testimonio de una dictadura deportiva que sumó 23 victorias parciales en las rondas de tres semanas.

Pero Anquetil era mucho más que un motor de precisión.

Era el hombre que batió el récord de la hora en 1956 y que coleccionó nueve Grandes Premios de las Naciones, demostrando que su idilio con la soledad del corredor de fondo era absoluto.

Su palmarés, trufado de éxitos en la París-Niza, la Lieja-Bastogne-Lieja o la Dauphiné Libéré, le sitúa con justicia en el cuarto peldaño de los mejores de la historia, quizá ahora desplazado por el mismo Tadej Pogacar.

Sin embargo, su leyenda se alimenta también de sus contradicciones: el amante de los buenos vinos, el hombre de la Legión de Honor que terminó sus días en Rouen en 1987, devorado por un cáncer de estómago, dejando tras de sí un aura de monarca inalcanzable, “L’Enfant Roi”.

En el reverso de esa moneda de frialdad francesa encontramos la resiliencia italiana de Felice Gimondi.

Si Anquetil era el cristal, Gimondi era el acero.

El “Fénix” de Sedrina, nacido en 1942, fue el hombre que tuvo la desgracia, o la gloria, de convivir con los tiranos más grandes del pedal.

Profesional durante quince años, Gimondi no se amilanó.

Ganó tres Giros, un Tour y una Vuelta, entrando en el selecto club de los poseedores de la triple corona.

Su capacidad para renacer de sus cenizas le llevó a subir al podio del Giro más veces que nadie, acumulando 14 victorias de etapa en las grandes citas.

Gimondi fue un ciclista total, capaz de conquistar el pavés de la París-Roubaix, los muros de Lombardía y el vértigo de San Remo.

Su palmarés es un inventario del éxito: 141 victorias y  un arcoíris en 1973 que completó su colección de medallas.

Tras colgar la bicicleta, su influencia no se evaporó, trasladando su sapiencia a las direcciones deportivas del Gewis-Bianchi o al Mercatone Uno de un tal Marco Pantani. Dos hombres, dos estilos, una misma obsesión por la historia.

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