Ciclismo antiguo
Estrellas del Giro: De Guerra a Binda, pasando por Brunero
Esos pudieron ser los tiempos más dorados de la historia del Giro
El ciclismo, en su esencia más pura, no es solo una suma de númerosy aerodinámica, sino una construcción de mitos forjados en el barro y la resistencia de hombres que parecían de otra pasta.
Hablar de la historia del pedal en Italia es invocar una terna que definió una era donde la bicicleta era el único vehículo hacia la gloria eterna.
Learco Guerra, la “locomotora humana”, representa ese vigor indomable que desafía la lógica del tiempo.
Entrar en el profesionalismo a los veintiséis años hoy sería una anomalía, un experimento fallido, pero para el de Bagnolo de San Vito fue el inicio de un vendaval de setenta y dos victorias.
Guerra tiene el honor romántico de haber sido el primer hombre en enfundarse la maglia rosa en 1931, el año de su creación, validando un palmarés que incluye un mundial y cinco campeonatos nacionales consecutivos.
Su potencia era el motor de un ciclismo que no entendía de esperas ni de tácticas conservadoras.
En el otro extremo de la balanza emocional, pero con la misma contundencia en las piernas, aparece Giovanni Brunero.
Si Guerra era la fuerza bruta, Brunero fue la constancia personificada en la década de los veinte.
Un corredor que entendió el Giro de Italia como su propio jardín, conquistándolo en tres ocasiones y subiéndose al podio de forma casi sistemática.
Su carrera fue una lección de regularidad, sumando a sus vitrinas monumentos como Lombardía y la Milán-San Remo.
Su final, prematuro y trágico a causa de una enfermedad incurable, dejó un vacío en un pelotón que empezaba a ver cómo la elegancia se personificaba en una figura superior.
Esa figura no es otra que Alfredo Binda. “La Gioconda” del ciclismo no solo ganaba, sino que lo hacía con una sonrisa y una estética que rozaba lo divino.
Binda es, posiblemente, el primer gran campeón moderno, un escalador que descubrió su destino en las rampas del Ghisallo y que terminó acumulando cinco Giros y tres mundiales.
Su dominio era tan insultante que su popularidad tardó en cuajar, eclipsada por la sombra de Girardengo, hasta que la evidencia de sus cuarenta y una etapas en la Corsa Rosa lo situó en el olimpo de los “campionissimos”.
Binda no solo fue un corredor excelso, sino un estratega que, desde el coche técnico, guio a Coppi y Bartali hacia el éxito en el Tour de Francia.
Tres hombres, tres estilos, que cimentaron la leyenda de un deporte que, antes de ser negocio, fue pura épica.





