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Ciclismo antiguo

¿Por qué la Lieja da la vuelta en Bastogne?

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Bastogne, a tiro de ferrocarril de Lieja, es el punto meridional de la decana

La historia del ciclismo está escrita en los mapas y esos con las limitaciones propias de la logística de finales del siglo XIX cuando hablamos de una carrera como la Lieja-Bastogne-Lieja, la decana.

Cuando los miembros de la recién fundada Unión de Ciclistas de Lieja se propusieron crear una prueba que estuviera a la altura de las épicas rutas francesas como la Burdeos-París, su ambición inicial apuntaba mucho más alto: una carrera de más de 800 kilómetros que uniera Lieja con París.

Sin embargo, la realidad de la época obligó a reducir las pretensiones y a conformarse con un test de 250 kilómetros.

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Casi nada, 25 kilómetros, pero entonces un entremés.

En esa reducción de escala nació un recorrido que hoy es leyenda, y el motivo por el cual Bastogne se convirtió en el epicentro de la carrera no tuvo que ver con la dureza de sus cotas, sino con la comodidad de los jueces.

La elección de Bastogne como punto de giro en el sur de la Valonia francófona fue una decisión puramente técnica y pragmática.

Los organizadores necesitaban un mecanismo de control fiable para asegurar que los treinta y tres intrépidos ciclistas que tomaron la salida en 1892 cumplieran con el recorrido íntegro antes de emprender el regreso hacia el norte.

La solución no fue otra que el ferrocarril.

Bastogne fue seleccionada porque los comisarios de la carrera podían desplazarse hasta allí cómodamente en tren.

Era la única manera de adelantarse a los corredores y estar presentes en el punto intermedio para certificar su paso, sellar sus brazaletes y dar fe de que nadie había recortado camino en mitad de los bosques de las Ardenas.

Ese giro en Bastogne marcó el carácter de la prueba desde su primer día.

Mientras los jueces esperaban en el hotel que servía de punto de control, corredores como Léon Houa se enfrentaban a carreteras en un estado deplorable y a una tecnología prehistórica.

Houa llegó a ese punto de inflexión en poco menos de cinco horas, un tiempo asombroso si tenemos en cuenta que su bicicleta pesaba casi doce kilos y que contaba con el apoyo de pacers para mantener el ritmo.

La vuelta en Bastogne no era solo un cambio de dirección, era el inicio de una agonía de regreso que, en el caso del primer ganador, incluyó caídas y la rotura de un pedal, obligándole a pedalear con una sola pierna hasta la meta en Lieja.

Lo que hoy conocemos como “La Doyenne”, esa decana, se cimentó sobre esa necesidad logística de un grupo de organizadores que dependían de los horarios ferroviarios para dar validez a su apuesta deportiva.

Aquella primera edición de 1892, reservada a amateurs y disputada bajo la luz de una mañana de mayo, convirtió un simple trayecto de ida y vuelta a una estación de tren en el monumento más antiguo del calendario.

El hecho de que Bastogne fuera el destino elegido simplemente por ser accesible para los comisarios es una muestra de cómo la infraestructura de la época moldeó para siempre el mapa de una de las grandes jornada del ciclismo mundial.

Imagen: A.S.O./Billy Ceusters

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