Ciclistas
Tadej Pogačar merecía el Laureus de Carlos Alcaraz
La excelencia de Tadej Pogačar es bagaje suficiente para el premio Laureus
No me escondo: la noticia de Carlos Alcaraz alzándose con el premio Laureus me ha dejado un poso de decepción que no logro sacudirme.
Como veis en este mal anillado cuaderno las banderas nunca han servido para inclinar la balanza.
Al que le guste el tenis sabe que ver a Alcaraz es una brutalidad, un espectáculo de fe y remontadas imposibles como la de Roland Garros, pero aquí venimos a hablar de justicia deportiva.
Si este premio pretende distinguir al deportista que rige los destinos de su disciplina con una autoridad insultante, el nombre era Tadej Pogačar. No hay más.
Incluso si miramos hacia este saltador sueco, Mondo Duplantis, saltador desde pequeñito (ved su documental), la comparación con el esloveno palidece.
Estamos hablando de un ciclista que ha dinamitado un deporte con más de un siglo de historia, una disciplina donde creíamos en estadísticas legendarias e intocables.
Pogačar no solo está ganando; está reescribiendo el manual de estilo de un deporte que durante décadas se perdió en la especialización gris y el conservadurismo.
Lo que Tadej está logrando en este 2024, 2025 y lo que llevamos de 2026, batiendo registros que nos obligan a desempolvar los libros de Eddy Merckx, Jacques Anquetil o Bernard Hinault, es sencillamente irrepetible.
Ha roto el paradigma.
Ha decidido que se puede ganar una gran vuelta y, a la semana siguiente, estar disputando un monumento con la misma eficiencia.
No entiende de márgenes de mejora porque, cuando creemos que ha tocado techo, vuelve a elevar el listón, demostrando que su excelencia no tiene fin.
Sé que habrá quien diga que esto es regalarle el oído al esloveno o a la estructura del UAE, pero los datos objetivos son tozudos y las sensaciones, todavía más.
Los números están ahí para el que quiera consultarlos, pero lo que Pogačar transmite es la sensación de que lo que está por venir siempre superará lo que ya hemos visto.
El Laureus debería premiar esa capacidad de ser el mejor entre todos los mejores, de elevar un deporte individual a una dimensión artística y competitiva que no tiene parangón en la actualidad.
Por trayectoria, por impacto y por puro peso histórico, el esloveno merecía ese reconocimiento que, una vez más, le ha pasado de largo.
Imagen: A.S.O./Billy Ceusters






