Ciclismo antiguo
Giro: ¿Cuál fue el tridente más potente de la historia?
¿Qué decir del encanto eterno de Coppi, Bartali y Magni cuando hablamos del Giro?
Hablar del ciclismo italiano es invocar una mística que hoy parece un cuento de otra era hasta que vas a Italia y lo compruebas con turs propios ojos.
Cuando uno se asoma al balcón de la historia en lugares como Castellania o Florencia, entiende que este deporte fue, ante todo, una cuestión de hombres frente a su destino y, con ellos, un país.
Italia no tuvo uno, sino tres vértices sobre los que cimentó su identidad tras la guerra: Gino Bartali, Fausto Coppi y el tercer hombre, Fiorenzo Magni.
Es el tridente más glorioso, una santísima trinidad donde la devoción, la elegancia y la testarudez se repartieron a partes iguales.
Gino Bartali, “Il Ginettaccio”, no fue solo un palmarés que quita el hipo con sus dos Tours y tres Giros separados por el abismo de la contienda mundial.
Bartali fue la fe inquebrantable.
Mientras el mundo se desmoronaba, él pedaleaba transportando documentos falsos en los tubos de su bicicleta para salvar a ochocientos judíos de la barbarie nazi.
Lo hacía en silencio, bajo el precepto de que el bien se hace pero no se dice.
Esa rectitud moral, que le valió ser “Justo entre las naciones”, es lo que eleva su figura por encima de sus noventa y una victorias.
Bartali representaba la Italia vieja, católica y sufrida, que veía en sus duelos con Coppi el reflejo de sus propias fracturas sociales.
Coppi, por su parte, era el aire nuevo, la modernidad técnica y el drama humano.
Algo así como Anquetil para Poulidor.
En caso de Bahamontes y Loroño, no sabría decir quién fue quién en este reparto de roles.
Desde que Biagio Cavanna lo descubriera, Fausto transformó el ciclismo en una ciencia.
Fue el primero en doblar Giro y Tour en el mismo año, el hombre que detuvo el reloj durante veinticuatro años con su récord de la hora en el Vigorelli y aquel que dejaba al segundo en la Milán-Sanremo a catorce minutos, permitiendo que la radio emitiera música de baile mientras llegaba el resto.
Su estampa sobre la Bianchi es la imagen misma de la velocidad.
Falleció joven, víctima de la malaria, dejando huérfana a una afición que aún hoy busca a su heredero en cada cima del Pordoi o el Stelvio.
Y en medio de ese duelo de titanes, Fiorenzo Magni, el “León de Flandes”.
Ser el tercer hombre en la época de Coppi y Bartali fue su bendición y su condena.
Magni no pedaleaba con la gracia de Fausto ni con la mística de Gino, lo hacía con una rabia que le llevó a ganar tres Tours de Flandes consecutivos y a sujetar el manillar con un tubular entre los dientes para paliar el dolor de un hombro roto en el Giro del 56.
Vestía el emblema de Nivea, pero aquello no iba de la suavidad de una cremita.
Su adhesión al fascismo le costó el ostracismo momentáneo, pero su capacidad para resistir lo convirtió en el ganador del Giro más veterano de la historia.
Juntos, estos tres nombres no solo escribieron crónicas deportivas; redactaron el alma de un país que aprendió a levantarse a golpe de pedal.






