Ciclismo antiguo
El Giro que se decidió por tiempos
Solo ocho ciclistas consiguieron ver la meta final del Giro de 1914
Vamos más allá del último siglo, porque conviene echar la vista atrás para entender qué significa realmente la palabra dureza en esto del ciclismo.
En 1914, el Giro de Italia decidió dar un paso que cambiaría la narrativa de la competición para siempre: se acabó el veredicto de los puntos para abrazar la realidad del cronómetro.
Más justo, qué duda cabe.
Aquella edición no fue solo una carrera, fue una carnicería de tres mil ciento sesenta y dos kilómetros repartidos en apenas ocho etapas que salieron y regresaron a un Milán que todavía no sospechaba que el mundo estaba a punto de saltar por los aires.
De los ochenta y un valientes que se atrevieron a desafiar aquel trazado inhumano, solo ocho consiguieron ver la meta final.
El descalabro no tuvo precedentes.
Hablamos de jornadas que hoy sonarían a delirio, con cinco etapas superando la barrera de los 400 kilómetros.
Entre Lucca y Roma se firmó la etapa más larga de la historia de la corsa rosa, cuatrocientos treinta kilómetros de polvo, barro y fatiga extrema que supusieron el último aliento del ciclismo romántico antes del estallido de la Gran Guerra.
La sexta etapa entre Bari y l’Aquila se erigió como el epicentro del desastre.
Fue un sálvese quien pueda donde el líder, Giuseppe Azzini, desapareció del mapa para ser encontrado al día siguiente, delirando y con fiebre, escondido en un granero de Barisciano.
En ese escenario de supervivencia emergió la figura de Alfonso Calzolari, un corredor de palmarés discreto que se llevó el trofeo a casa tras meses de litigios.
Su victoria estuvo empañada por la sombra del fraude, acusado de subir la Salita delle Svolte remolcado por un coche.
Aunque le cayeron tres horas de penalización y la Unión Italiana de Velocipedistas exigió su cabeza en favor de Pierino Albini, la Gazzetta terminó ratificando su triunfo en los despachos ya entrado 1915.
Apenas seis años después, con una Italia todavía lamiéndose las heridas de la guerra, el Giro buscó expandir sus horizontes físicos y sentimentales.
En 1920 la carrera se atrevió a cruzar la frontera para coronar el Passo del Monte Ceneri en Suiza.
Fue una incursión estratégica y simbólica en el Cantón de Ticino, esa porción de tierra que, aunque helvética, respira y habla en italiano.
Aquellos quinientos cincuenta y cuatro metros de altitud marcaron el primer paso del Giro fuera de sus fronteras nacionales, en una edición que volvió a Milán tras otra criba salvaje donde solo diez supervivientes de cuarenta y nueve participantes lograron completar las maratonianas etapas que definían la identidad de un ciclismo que ya no existe.






