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Ciclistas

Una cosa tengo clara: Mikel Landa siempre vuelve

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Cada recuperación de Mikel Landa debe ser más pesada que la anterior

Las caídas de Mikel Landa han dejado de ser simples infortunios para convertirse en una constante, un elemento más del escenario que le rodea.

Es tal la recurrencia que, cuando finalmente tuvimos la oportunidad de sentarnos frente a él, la pregunta resultó inevitable: ¿qué habría sido de su palmarés de no haber mediado tantos percances, movimientos innecesarios o aterrizajes forzosos?

No es una cuestión de mala suerte aislada, sino de un patrón que parece perseguirle con una saña casi poética.

CCMM Valenciana

Hace apenas una semana, en el descenso de Aralar durante la Itzulia, volvimos a ver ese guion repetido, aunque esta vez con un tinte de absurdo que roza la indignación.

El incidente, ocurrido a menos de diez kilómetros de la meta en las Cuevas de Mendukilo, no fue un error de trazada ni un exceso de riesgo; fue un coche médico el que, en un descenso estrecho y rápido, acabó sacando al alavés de la carretera.

Se alimenta así uno de los historiales de infortunio más densos del ciclismo moderno, con un Landa que, pese a llegar a meta con trece minutos perdidos y el cuerpo castigado por la chapa y pintura, se vio obligado a abandonar ante la magnitud de los golpes.

La cronología del dolor del landismo es extensa y tiene puntos de inflexión que todavía escuecen en la memoria del aficionado.

Todo parece remontarse a aquel percance en las faldas del Blockhaus, hace ya nueve años, cuando vestía los colores del Sky.

Aquel incidente lo borró de un plumazo de las quinielas de un Giro de Italia 2017 que parecía diseñado a su medida.

Desde entonces, el relato de su carrera se escribe entre vendas y radiografías.

Especialmente hiriente fue lo ocurrido en Cattolica, durante el Giro de 2021.

En los escasos días de competición previos, Landa transmitía una frescura y un estado de forma que invitaban a soñar con el peldaño más alto del podio.

La imagen de Mikel abandonando la carrera cuando más se esperaba de él dejó un vacío que tardó en cicatrizar.

No fue menor el golpe del año pasado en la salida de la Corsa Rosa en Albania, viéndole roto sobre la acera, una estampa que resumía la fragilidad de un corredor que siempre parece estar a un palmo de la gloria o del asfalto.

Resulta admirable su capacidad para levantarse, pero es imposible no reflexionar sobre el desgaste invisible que conllevan estas recuperaciones.

Cada regreso es un proceso más lento, más costoso y más exigente que el anterior, tanto física como mentalmente.

Aunque desde estas líneas le hayamos dedicado críticas por su gestión de carrera o sus decisiones tácticas, es de justicia reconocerle esa resiliencia incombustible.

Mikel siempre vuelve, y ante su próxima cita con el Giro, solo queda esperar que la carretera le devuelva, de una vez por todas, la gloria que las caídas le han ido arrebatando.

Imagen: Volta Catalunya

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