Ciclistas
¿Cómo se siente Lipowitz ante Pogacar?
Competir contra un monstruo como Pogačar no es sencillo ni para Lipowitz
La tiranía de Tadej Pogačar ha alcanzado un punto de saturación donde la estadística empieza a devorar la estadística.
El esloveno aterrizó en Romandía con un contador de 112 victorias y se largó con 117 tras un despliegue tal que así: cuatro etapas y la general.
En lo que va de curso, su peor balance es un sexto puesto en un prólogo de tres kilómetros.
El resto es un monólogo de tres monumentos ganados y una competitividad tan voraz que se permitió el lujo de rebañarle sprints a Dorian Godon, uno de los nombres propios del año.
Sin embargo, no hemos venido aquí a glosar otra vez la figura del caníbal, sino a mirar hacia abajo, hacia los que habitan en la base del volcán.
El caso de Florian Lipowitz es paradigmático de esta era de resignación.
El alemán del Red Bull-Bora-Hansgrohe intentó rivalizar con Pogačar, él y su equipo, pero lo hicieron en vano. Es la historia de una impotencia planificada.
Me pregunto qué pasa por la cabeza de un profesional cuando se sabe compitiendo contra un monstruo.
Qué sentía Lipowitz, o qué sentía un veterano como Damiano Caruso mientras se vaciaba por Lenny Martinez, sabiendo perfectamente que si llegaban juntos a la línea, el esloveno les iba a ejecutar sin piedad.
El ciclismo actual se ha convertido en una disciplina donde los mortales pelean por ser el último en ser devorado.
Lipowitz dice estar contento, y en cierto modo debe estarlo.
Aguantar la estela del coco esloveno tiene un valor de mercado y un prestigio interno innegable, pero la realidad es cruda: en cuanto Tadej decide que la broma ha terminado, vuela y se acabó la carrera para los demás.
Debe ser una mezcla corrosiva entre el orgullo de ser quien más aguanta y la frustración de conocer de antemano el techo de tu rendimiento.
Lipowitz es el reflejo de un perfil de corredor muy necesario, un tipo diésel, sólido y capaz de liderar estructuras potentes, pero que carece de esa punta de velocidad o de ese cambio de ritmo terminal que separa a los buenos ciclistas de los elegidos.
En este escenario, corredores como él o el propio Vingegaard se ven obligados a gestionar la derrota con una dignidad que a veces parece anestesiada por la superioridad ajena.






