Ciclismo antiguo
Estrellas del Giro: Constante Girardengo
¿Quién fue el primer gran mito del Giro? Costante Girardengo
No busquéis en los libros de historia un epígrafe amable para Costante Girardengo porque no lo vais a encontrar.
Novi Ligure, ese rincón del Piamonte que respira ciclismo por los cuatro costados, parió en 1893 a un hombre que no entendía la bicicleta como un medio de transporte, sino como una herramienta de ejecución.
Antes de que Fausto Coppi fuera el aire que respiraba Italia, Girardengo ya era el dueño absoluto de la atmósfera.
Fue el primer Campionissimo, un título que no se regala ni se hereda, sino que se arranca del asfalto a base de disciplina.
Aquel niño que aceptó el reto de Dorando Pietri en la plaza del mercado por dos miserables liras no buscaba solo el dinero, buscaba la humillación del mito.
Ganar al maratoniano eterno mientras él apenas era un proyecto de hombre marcó el camino de lo que vendría después.
La trayectoria de Girardengo es un bloque de granito en la historia del Giro de Italia.
Hablad de un ciclista que fue capaz de devorar la etapa más larga jamás vista, aquellos 430 kilómetros de 1914 de tortura medieval, para luego seguir ganando durante dos décadas más.
Su palmarés no es una lista de éxitos, es un inventario de conquistas territoriales: seis Milán-Sanremo, tres Lombardías y nueve campeonatos nacionales que lucía con la soberbia de quien se sabe superior.
No corría para participar ni para descubrir paisajes; corría para vencer.
Como bien señaló aquel columnista del Corriere della Sera, Girardengo no tuvo distracciones.
Su vida fue un túnel estrecho donde solo cabían la meta y él. Se permitió los lujos de las villas y el coche, pero negó a su espíritu cualquier diversión que no fuera el sudor y el éxito permanente.
Incluso cuando el tiempo empezó a pasarle factura y apareció en escena un joven Alfredo Binda, Girardengo no se retiró por fatiga, sino porque ya no quedaba nada que no hubiera sido suyo.
Aguantó hasta los 45 años, una longevidad que hoy os parecería ciencia ficción, desafiando a generaciones que venían con menos cicatrices pero también con menos hambre.
Tras colgar la bicicleta en 1936, su sombra siguió alargándose sobre el pelotón como seleccionador y dando nombre a máquinas de acero, pero el mito ya estaba sellado.
Falleció en 1978 en Cassano Spinola, dejando tras de sí un vacío que solo nombres como Guerra, Binda, Bartali o Coppi intentarían llenar, aunque ninguno con esa pureza casi cruel del primer gran dominador del ciclismo moderno.






