Ciclismo antiguo
Duendes de Flandes: Johan Museeuw
Qué decir del León de Flandes, qué decir de Johan Museeuw
Johan Museeuw y el Tour de Flandes conforman un binomio indivisible, una de esas historias de amor y sufrimiento que justifican la mística del ciclismo en esta tierra.
Para entender la magnitud del «León de Flandes», hay que sumergirse en esa relación casi animal con el pavé, donde Museeuw no solo corría, sino que dominaba el entorno con una autoridad que imnotizaba.
Su figura representa el cénit de una época en la que De Ronde era la vara de medir la hombría y la capacidad de resistencia de un ciclista frente a los elementos y la geografía belga.
Hablamos del flandrien.
Su primera corona llegó en 1993, en un duelo que hoy es leyenda contra Frans Maassen.
Aquel sprint bajo el sol de Meerbeke fue el bautismo de fuego, la confirmación de que el joven que venía de la cantera de Lefevere estaba destinado a heredar el trono de los grandes clásicómanos.
Pero si una victoria define su resiliencia fue la de 1995.
Tras un año de sinsabores, Museeuw se marchó en solitario, desafiando al viento y a un pelotón que no encontraba respuesta a su pedalada imponente.
Fue la victoria del orgullo, la que le otorgó definitivamente el estatus de mito entre sus compatriotas.
El triplete se cerró en 1998, ya en la madurez, con un ataque brutal en el Tenbosse a 26 kilómetros de meta que dejó claro que, en su territorio, no había espacio para la réplica.
Aquel día, Museeuw entró en el olimpo de los tres veces ganadores, igualando a Buysse, Magni y Leman.
Hoy, ese vínculo emocional se ha materializado en un punto geográfico concreto: el Centrum Ronde van Vlaanderen, en Oudenaarde.
En este templo dedicado a la carrera, la presencia de Museeuw ha dejado de ser una imagen en blanco y negro para convertirse en algo tangible.
Es habitual encontrar al mito belga recorriendo sus pasillos o participando en eventos, ejerciendo de embajador perpetuo de sus propias hazañas.
Allí, el visitante puede cruzarse con el hombre que domó el Kapelmuur y escuchar de primera mano cómo se siente el traqueteo de las piedras cuando tienes a todo un país empujando en tus hombros.
Museeuw ya no necesita la bicicleta para imponer respeto; su sola presencia en Oudenaarde mantiene viva la llama de una era donde Flandes era, sencillamente, su jardín privado.
Imagen: Top Velo







