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La antología de "El Alpe d´ Huez"

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Me hallo ante una tarea de valientes. Acometer la escritura de una novela pura e íntegramente fundamentada en el ciclismo de carretera fue una decisión muy arriesgada por parte de Javier García Sánchez allá por 1994. Lanzarse a una escapada temprana en la etapa reina del Tour de Francia, tal y como hace su protagonista, resultó igualmente atrevido. Y no lo es menos emprender una aventura editorial sobre libros de ciclismo o empeñarse en reeditar toda un colección de obras ya descatalogadas, tal y como está haciendo La Biciteca con su colección “Re-Ciclados”.

Así pues, cuando uno se encuentra rodeado de personas tan valerosas, no puede escaquearse ni escurrir el bulto, la deshonra sería mayúscula, y por mucho que la misión asuste, no queda sino enfrentarse a ella y tratar, simplemente, de salir airoso sin resultar herido, y menos aún hacer daño a nadie.

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Kern Pharma

Así me he sentido a la hora de asumir la invitación de escribir el prólogo de esta reedición del “El Alpe d’Huez”. Estamos ante la que probablemente sea la novela más genuinamente ciclista de todas las que se hayan escrito alguna vez. También ante un escritor consolidado y bien reconocido en el mundo literario actual. Con este panorama, proponer unas páginas de presentación se me antoja una tarea difícil, de las que te hacen temblar las piernas. El autor debió pasarlo peor cuando se lanzó a crear la novela. Siempre he establecido cierto paralelismo entre él y su protagonista. El ciclista, tras su correspondiente meditación y espoleado por su instinto, se lanza a la aventura de intentar la gran escapada, sabiendo que le esperan tres colosos: la Croix de Fer, el Galibier (Col du Télégraphe incluido)  y el mediático Alpe d’Huez. El escritor, ignoro con qué motivaciones y procesos de toma de decisión, se sumerge en la documentación y en el proceso creativo. Ambos se esfuerzan y lo dan todo. Ambos demuestran a los lectores que son merecedores de su atención, de su tiempo y de su esfuerzo comprensivo. Por mi parte, el valor no está a tanta altura. Pero no hace falta. Puedo imaginar el sufrimiento del escapado, porque he subido en bicicleta los tres puertos descritos en el libro. Sin mérito alguno, ya que lo hice en tres jornadas diferentes en vez de en una única etapa; sin la prisa implantada por la competición (en el caso del relato la prueba más importante del calendario ciclista mundial) y puedo asegurar que infinitamente más despacio (ascensiones en “defensa propia” como me gusta calificarlas). En cuanto a las letras, no se me pide literatura. Apenas dar cuenta de una “tachuela” escrita que, afortunadamente, muchos de los lectores se saltarán. Así que en tales condiciones, quizá resulte que sea capaz de salvar el reto.

Estamos ante un hito de la literatura deportiva en castellano. Soy de esos lectores que consideran que ésta ya puede empezar a considerarse como un género. Aunque poco a poco, cada vez van apareciendo más títulos (en muchos idiomas) en los que la ambientación o la trama deportivas se erigen en el universo de desarrollo del relato. No debería resultarnos extraño ya que una importante mayoría de escritores a lo largo de la historia, han dado cuenta en sus obras, de aquellos acontecimientos sociales más relevantes en su época. Y nos guste o no, el deporte constituye, durante una gran parte del Siglo XX y lo que llevamos del XXI, uno de los fenómenos más notorios y populares de la civilización. Así pues, en mi modesta opinión, poca literatura deportiva estamos viendo aún, con respecto a la que podría llegarse a producir. Dicho esto, quiero incidir de nuevo en considerar que “El Alpe d’Huez” es un magistral ejemplo de este antojado “género” literario. El argumento, la trama, la ambientación, el desarrollo y desenlace son deporte. Puro deporte. La novela está fundamentada con el máximo rigor, tanto en aspectos mecánicos, como geográficos, fisiológicos, culturales, etc. Todo el ciclismo profesional está perfectamente integrado en sus páginas. Su lectura te hace calcular desarrollos, viajar por los Alpes franceses a ritmo de pedaleo, conocer los efectos del exceso de ácido láctico en la musculatura de las piernas… El lector no quedará defraudado ni como ciclista, ni como médico, preparador, director de equipo o simple aficionado. El protagonista tiene “clase”, y el autor maestría. Ambos demuestran estar muy preparados para la hazaña. Sin embargo, para conocer el desenlace no queda más remedio que leer completa la novela. Para empezar porque sólo así podrá conocer el lector en qué queda la escapada. Y además, porque sólo tras la lectura íntegra y atenta, podrá igualmente establecer su propia opinión con respecto al nivel del logro del autor. De todas formas, en ambos casos, el desenlace es lo de menos, la clave está en el proceso. Para el protagonista dicho proceso no es otro que la pormenorizada vivencia de una etapa alpina experimentada en solitario casi desde sus inicios. Un recorrido cartográficamente detallado, sufrido kilómetro a kilómetro y en el que desarrolla toda la novela, cargada de épica y de sensaciones corporales e ilustrada con un extenso y documentado bagaje de contenidos. Y desde luego, no exenta de emoción deportiva. En lo que respecta al proceso vivido por el novelista hasta concluir su magnífica obra, lo desconozco, aunque puedo imaginar fácilmente, tras su lectura, algunas de las fases por las que necesariamente debió de pasar: imaginación o visualización preliminar, inmersión ambiental y de conocimiento específico del ciclismo de carretera, quizá algunos encuentros con especialistas, etc. cada autor tiene sus métodos, técnicas y recursos propios. En cualquier caso, la lectura no ofrece una trama encaminada a un final primordial que eclipse todo lo demás. Al contrario, insisto, la clave de la novela está en el proceso de su lectura, en cada página (cada kilómetro) de la jornada que nos narra.

En una osada interpretación personal de la novela, se me antoja encontrar cierto vínculo entre el esfuerzo requerido para que el ciclista vaya superando cada uno de los tres colosos del recorrido, y el que el lector debe poner de su parte para avanzar en las diferentes partes del texto. En la Croix de Fer el pedaleo y la lectura son ágiles y hasta livianos, se parte con fuerza, con seguridad, aplomo y hasta alegría. Hay confianza. Cuando el relato circula por el Galibier a ambos (corredor y lector) las circunstancias, el recorrido, la situación de carrera y el esfuerzo previo, les exigen tesón, perseverancia, economía de esfuerzo y saber dosificar las fuerzas para no quemarse o sucumbir antes de tiempo. Hay que tratar de eludir la temida pájara, saber leerse a uno mismo y saber aprovechar cada resquicio de energía aprovechable (en el organismo del deportista y en el contenido de la novela). Llegados al Alpe d’Huez, viene la hora de la verdad, todo se ralentiza, la montaña se hace muro, las fuerzas fallan y sólo un esfuerzo sobrehumano permitirá, quién sabe, al ciclista llegar a concluir su cabalgada, y hacerlo a solas, o ser superado por sus perseguidores. Así mismo el lector “sufrirá” esa drástica reducción de velocidad, tendrá que esforzarse por mantener la paciencia en esperar el desenlace. Con cada nueva página, se encontrará sintiendo lo que sufre y experimenta un ciclista, llegado a esos extremos de agotamiento. Aunque pueda parecer imposible, el autor consigue alterar el estado perceptivo del lector, de un modo similar a cómo se ve alterado el de un corredor solitario al borde de la extenuación. Puedo dar fe de ello, porque más de una vez me he encontrado sumido en una fatiga de tales características a causa de la bicicleta. En esos momentos nuestra sensibilidad se aleja de racionalismos y de conceptos técnicos o tangibles y se centra en la vivencia de un estado perceptivo en el que los estímulos aparecen bastante alterados. Pues no me pregunten cómo lo consigue, pero Javier García Sánchez lo logra, consigue ponernos en la piel del escalador y hacernos pasar por esos diversos estados que conforman las diferentes fases de una etapa de estas características. Creo que gran parte del éxito lo logra a base de la variación de ritmo narrativo, pero no me quiero meter en ese tipo de “jardines” porque no soy más que un amante de la bicicleta y de la lectura, y ambas aficiones las mantengo con exclusivo afán de ocio y placer, mis ocupaciones laborales y profesionales están alejadas de ellas. Espero que mis palabras se interpreten conforme a mi intención. Si alguien se ha asustado con mis comentarios, es que no es lector suficiente: un miedoso. Lo mismo que si algún ciclista de carretera (deportista ocioso quiero decir), alguna vez tiene la oportunidad de afrontar aquellos puertos alpinos y no la aprovecha: se quedará sin saber lo que son los Alpes Franceses y los grandes puertos.

La publicación de esta recuperación de la novela “El Alpe d’Huez” es una excelente noticia para lectores y aficionados al ciclismo de ruta. Conservo la edición original y la guardo como oro en paño. Resulta que el autor veraneaba habitualmente en Molledo (un pueblo de la cuenca del río Besaya en Cantabria), lugar que también frecuentaba Miguel Delibes en épocas estivales (autor de otra acertada recuperación literaria por parte de “La Biciteca”). Mi amigo Pepe Cuevas coincidía con Javier García Sánchez allí, y gracias a esa circunstancia consiguió transformar mi ejemplar en un objeto de culto con una dedicatoria muy especial, que incluye alusiones importantes para mí. Con tanta carga emocional y confesando cierto fetichismo moderado que asumo cuando se trata de libros (y de bicicletas clásicas), puedo asegurar que añado esta edición “re-ciclada” a mi biblioteca particular.

Prólogo de la reedición de la Biciteca del libro “El Alpe d´ Huez” escrito por José Gutiérrez López

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Cambribike 2024: Cambrils en el mapa del ciclismo

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Ya llega una nueva edición del Cambribike

El tiempo pasado en este trabajo, pero también la colaboración público-privada han ayudado a que Cambrils y el ciclismo sean un binomio indisoluble y para muestra la Cambribike.

De hecho el municipio fue pionero trazar rutas hacia todas las direcciones, alrededor del mismo pero también hacia las montañas del interior, de la mano de ex ciclistas profesionales como Raimund Dietzen.

El fin de semana del 3, 4 y 5 de mayo Cambrils acoge una nueva edición del Cambribike…

…la gran fiesta del ciclismo en una localidad perfecta para disfrutar de la bicicleta.

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El programa del Cambribike 2024

Como siempre la Cambribike será un encuentro de ciclistas, pero también de actores, empresas y entidades ciclistas de la localidad.

Cada una pone su granito de arena.

El Club Esquirols ha recuperado una manga de la Copa de España de trial para la Cambribike, además de proponer un circuito de habilidad a los asistentes.

Nature vuelve a hacerse cargo de la pedalada, esperando mejorar la afluencia de ciclistas respecto al año pasado, mientras que Mariné Bicicletes montará una expo de bicicletas antiguas, cursos de taller de la bicicleta y volverá a promover la «Festa de la Bicicleta» para todos los públicos.

Desde la Penya Cicloturista se ha anunciado la celebración de una brevet, fenómeno único en ciclismo de ultradistancia que esta vez tendrá la salida el sábado 4 a las seis de la mañana.

Sobre el papel 400 kilómetros a completar en 27 horas.

La gente de Rodabike montará una Copa Catalunya de promoción más una prueba que recaudará fondos para la asociación Aspercamp.

Volveremos a tener marcha cicloturista y salida BTT para conocer los alrededores de Cambrils.

Todo enmarcado en la estrategia que el municipio lleva a cabo desde hace casi 20 años, apostando por el ciclismo como motor de turismo de calidad para Cambrils.

Unas palabras escritas desde Cambrils

La cercanía de Cambrils con las montañas de la Costa Daurada, con puertos de montaña ideales para recorrer en bicicleta, y la fácil conectividad con las tranquilas carreteras del interior, hacen que la salida de Cambrils sea cómoda y fácil.

En muy pocos kilómetros el ciclista pasa de pedalear por el paseo marítimo, a subir puertos con una preciosas vistas del interior de la Costa Daurada.

Porque el turismo deportivo y concretamente el cicloturismo nos permite promocionar Cambrils fuera de la temporalidad estival.
El ciclista visita nuestro municipio principalmente en primavera y en otoño, por lo que nos ayuda a estirar la temporada de verano por ambas partes.
Nos permite trabajar a favor de la desestacionalización.

Además el ciclista es un visitante muy respetuoso con el medio ambiente, que le gusta disfrutar de la dieta mediterránea, por lo que va muy acorde también con el posicionamiento de Cambrils como plaza gastronómica de calidad.

Nos permite, en definitiva, dirigirnos a un segmento y un target distinto pero muy complementario al turismo familiar, que es el más importante de nuestro destino.

El balance ciclista de Cambrils

Los resultados son muy positivos.
Tenemos establecimientos de alojamiento certificados en cicloturismo por la Agencia Catalana de Turismo, es decir alojamientos comprometidos con el buen servicio al ciclista, que ofrecen un trato especial tanto al deportista como a su bicicleta.

En esta oferta también van empresas de alquiler de bicicletas y agencias especializadas también en ciclismo, preparadas para ofrecer todos los servicios especializados: bicicletas, rutas… y empresas organizadoras de eventos ciclistas, son prueba de la especialización del destino.
Países como Francia, Reino Unido, Irlanda, Alemania, Países Nòrdicos y Suiza forman parte de nuestra clientela ciclista, pero estamos trabajando mercados como Canadá, Estados Unidos, e incluso Australia.

Cambrils: dos tipos de ciclistas

Si tuviéramos que trazar una línea entre tipos de ciclistas, tendríamos dos grupos.
Por un lado, el ciclista profesional que viene con su equipo a hacer un training para prepararse para las grandes pruebas: Vuelta, Tour, Giro…
Por el otro el ciclista aficionado que viene de vacaciones a practicar bicicleta.
Éste viaja más con amigos, en grupos más reducidos, y la motivación es disfrutar del territorio, de las montañas, del clima, de mar.

Destacar que cada vez son más las mujeres que vienen a hacer ciclismo.
Aquí valdría la misma distinción entre profesionales y aficionadas, quienes además se inscriben en nuestras grandes pruebas y campus.
La Cambrils ciclista es un abanico amplio, con el azul del Mediterráneo de fondo, tenemos paraísos como la Serra de Llaberia, las rutas hacia el histórico enclave de Poblet, las carreteras tranquilas y onduladas del Priotat y los llanos de Montbrió para que la bicicleta tome nuestros pasos.

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Del alma de Flandes a la grandeza de Roubaix, por Eduardo Chozas

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Vamos de Flandes a Roubaix a través de la experiencia en primera persona

El otro día preguntamos en el podcast una pregunta que sonó a ¿papá o mamá? sobre Flandes y Roubaix…

Sobre estas dos clásicas, Eduardo Chozas nos dejó unas líneas de sus vivencias hace más de 30 años, cuando estas carreras eran algo así como ese castigo que te infligían…

Hay cinco clásicas consideradas como monumentos del ciclismo: la Milán-San Remo, el Tour de Flandes, la París-Roubaix, la Lieja-Bastogne-Lieja y el Giro de Lombardía. De estas cinco, son especiales por la dificultad añadida que entrañan sus tramos extremadamente estrechos y adoquinados: Flandes y Roubaix. Estás dos clásicas no son aptas para cualquier ciclista, sólo hay unos pocos que pueden destacar en este tipo de pruebas.

En la París-Roubaix, Roger De Vlaeminck (1972, 1974, 1975, 1977) y Tom Boonen (2005, 2008, 2009, 2012), con cuatro victorias cada uno, son los ciclistas que más veces han conquistado el “Infierno del Norte”. Y Fabian Cancellara con tres victorias (2006, 2010, 2013) se ha acercado.

Los “Leones de Flandes” más recientes son Johan Museeuw con triunfos en 1993, 1995 y 1998; Tom Boonen 2005, 2006 y 2012 y Fabian Cancellara 2010, 2013 y 2014.

Es un espectáculo ver a Fabian “Sapartacus” Cancellara. En 2013 ganó las dos clásicas del pavé por excelencia, Flandes y Roubaix. En Flandes lo hizo por su centenario y la Roubaix en su 117º edición. Hablamos de la clásica por excelencia, del infierno del norte, la creó en 1896 Paul Rousseau con el apoyo del diario Le Veló. Sin saberlo configuraron esta carrera de tal forma que la convirtieron en un grandioso monumento, una carrera cuya característica principal es que no suele haber ningún ciclista que no tenga ninguna avería o caída a lo largo de todo el recorrido.

La historia sigue y 17 años después, en 1913, Karel Van Wijnendaeleque, un ciclista mediocre, que después fue periodista, creó otra carrera especial: el Tour de Flandes. Otra auténtica obra de arte que apasiona  cien años después de su creación a todos los aficionados del mundo, una prueba que se ha convertido en una religión para el ciclismo de los Países Bajos, llenando de banderas de Flandes los muros adoquinados. Hablamos de un espectáculo para los sentidos y un verdadero reto para los ciclistas. Algunos de sus muros adoquinados como el Koppenberg, con rampas del 20% no quieren saber nada con la tecnología, incluso los cambios electrónicos, súper sensibles al tacto, no son buenos compañeros de viaje en estas carreras.

Van Wijnendaeleque quiso hacer una gran carrera como la París-Bruselas y la París-Roubaix ya famosas en la época. ¡Vaya si lo consiguió! el año de su muerte, en 1961 dijo: “En 1913 el Tour de Flandes era una carrera pequeña y miserable y se ha convertido en un titán” y 100 años después “De Ronde van Vlaanderen” su nombre en Flamenco, es un auténtico monumento del ciclismo.

En 1919, después de la 1ª Guerra Mundial se creó un nuevo recorrido más o menos similar al que conocemos hoy en día, incorporando los muros, como el famoso Oude Kwaremont. La carrera comenzó a crecer, en 1923, el suizo Sutter Heiri fue el primer extranjero en ganarla.

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En las dos últimas ediciones se ha quitado el Kapelmuur, ubicado en Geraardsbergen, localidad que queda lejos del eje central de la zona de los muros más famosos cercanos a Oudernarde, donde está ubicado nuevo final de la prueba y el Museo del Tour de Flandes. El Kapelmuur ha sido el escenario del desenlace final de muchas ediciones y existe un sentimiento de frustración para muchos aficionados con su ausencia, aunque el nuevo diseño con varios pasos por el Oude Kwaremont y el Paterberg hace que los aficionados se concentren en esa zona y vean los 3 pasos al principio, mitad y final de carrera, la prueba no pierde en dificultad y gana en otros aspectos organizativos y de eficiencia.

Este ciclismo en Bélgica y Holanda es más que un deporte, es parte de su cultura. Es impensable que en España se pague por ver en situ este tipo de carreras, de momento habría que diseñar alguna prueba de un día similar, las que hay se quedan muy lejos de ellas, el aficionado belga y holandés paga incluso por ver los critérium de después del Tour, van a ver los Seis Días en pista y las pruebas de ciclocross en invierno pagando: su cultura ciclista es impresionante. Tanto es así que la leyenda se sigue forjando cada año, en 2012 pudimos ver a un niño belga clamando al cielo con el triunfo de Boonen en 2012. Y para el recuerdo fue la exhibición de Cancellara dejando clavado a Peter Sagan en el Paterberg en 2013.

Corrí  Flandes los dos mismos años que Roubaix. Creo incluso que en 1990 fui el primer corredor español en acabarla, no estoy seguro de este dato que me comentó un amigo mío. La anécdota es que me ayudó el uzbeko Adujaparov, quien me vio más perdido que un burro en un garaje y entre muro y muro, por esos tramos estrechos de hormigón en los que íbamos al límite, se abría y me dejaba ponerme a su rueda, no nos entendíamos mucho con palabras pero si con los gestos y con los hechos, desde entonces no llevamos muy bien. Conseguí acabar entorno al puesto 50 en un tercer grupo los años 90 y 91 con la ONCE. Acabar en nuestras circunstancias, esos años, ya era un logro.

Por Eduardo Chozas

Imagen: A.S.O./Pauline Ballet

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De Landa a Izagirre, los juveniles de oro en el podio de la Itzulia

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Ver a Landa e Izagirre en el podio de la Itzulia tanto tiempo después

La Itzulia que acabó en las manos del vigente ganador del Tour de Francia fue un espectáculo de menos a más que tuvo a dos vascos en el podio, Mikel Landa y Ion Izagirre, una estadística singular, tremenda, ¿cuántos ciclistas del lugar quedan en el podio de su carrera World Tour?

Tras verles en el cajón de la Itzulia he querido recuperar este escrito que Unai Yus nos obsequió hace casi seis años, cuando Mikel Landa se quedó a las puertas del podio del Tour tras ayudar a Chris Froome….

Cuando Mikel Landa se queda a un solo segundo del podio en París, después de hacer el Giro de Italia, resulta que todo el mundo lo conoce, todo el mundo sabe y de él y, por supuesto, señores, esto es España, todo el mundo opina y sienta cátedra sobre él.

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Al igual que Landa, muchos, muchísimos niños jugaban a ser ciclistas e incluso algunos soñaban con serlo. Personalmente conozco a bastantes corredores vascos que, allá por 2006 y 2007, eran juniors, unos juniors con una ilusión tremenda, con los que tuve la suerte de trabajar.

Algunos de ellos, muchos teniendo en cuenta los tiempos que corren, son ahora profesionales. Me dejaré alguno, seguro, pero recuerdo al citado Landa a Ion Izagirre, Peio Bilbao, Garikoitz Bravo, Igor Merino y Jon Aberasturi en ruta más Jonathan Lastra y Omar Fraile, como corredores de BTT.

Ya entonces tenían algo, se les veía calidad, pero, para sorpresa de muchos, no eran dominadores de la categoría ni mucho menos. Como ejemplo, Landa e Izagirre fueron los dos últimos corredores de la selección de Euskadi en el campeonato junior que se celebró en Onda y que ganó el navarro Enrique Sanz. Esto es sólo un detalle, pero da pistas sobre cómo son estos corredores actualmente, buenos compañeros, sacrificados y conocedores del oficio.

Recuerdo a Mikel Landa como lo veo ahora, un tío con una clase descomunal, no como el corredor más autodisciplinado, no era un chico al que le encantara entrenar, pero tenía un don. Un don, una chispa que a día de hoy ha pulido con trabajo.

Mikel Landa es lo que era, un tío al que no le importaba sacrificarse por sus compañeros pero, ojo, tirado para adelante como pocos y que le gustaba ser líder cuando se sentía bien. Un tío con carácter, un líder en el grupo con sus chistes, sus gracias, un crío que no se callaba ni debajo del agua, que a veces se pasaba de la raya, que resultaba irrespetuoso, pero que generalmente lo hacía con un sentido, con un fin. Un tío, que podrá equivocarse o no, pero que no da puntada sin hilo.

Izagirre era otro talento natural, el del pedaleo fácil, al que le daba lo mismo una carrera de carretera que una de ciclocross, un chaval al que le veías pedalear y decías: “¡Qué clase tiene!”.

Al igual que Landa y que todos los corredores vascos, un junior de maduración lenta que todavía jugaba a ser ciclista era Peio Bilbao, un año más joven, el diamante, el niño flaco, desmadejado, con perfil de escalador y callado pero que lo mismo se te metía en una escapada por el llano y te la liaba.

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Jon Aberasturi, un velocista que nació en el lugar equivocado, triunfando en Asia, ahora. Este ya era de los míos, como fui yo, un currante, un chaval con algo menos de talento natural pero con una capacidad de trabajo y sacrificio fuera de toda duda.

En este grupo metería a Jonathan Lastra, también a Omar Fraile, el niño que se hizo atleta remando en la ría de Bilbao, a Igor Merino…. Otros muchos, tan talentosos y trabajadores como estos, y hablo sólo de los nacidos en Euskadi, se quedaron por el camino, entre ellos Aitor Ocampos, medalla en aquel campeonato de España de Onda.

Por tanto, está claro que a la cumbre del ciclismo profesional se llega por varios caminos, pero, los dioses del Olimpo, los cracks, sólo son aquellos que tiene un brillo especial, un duende, un don….para hacer magia en bicicleta.

Por Unai Yus

Imagen tomada del FB del Team Sky y Team Baharain

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Las gran fondo by Rose Bikes…

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Col de Turini, del motor al Tour

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El Col de Turini estará en el cierre del Tour en la Costa Azul

En el cierre del Tour 2024, la jornada penúltima, con entrada y salida por el mapa de los Alpes Marítimos, hará alto en varios puertos y entre otros el Col de Turini

Los puertos de la Provenza y la Costa Azul, situados estratégicamente en la entrada de los Alpes marítimos, o en la salida, según cómo se miren o dependiendo de la carrera y de cómo los afronten, siempre han sido respetados y admirados, y siempre han sido sinónimo de batalla en sus cuestas, aportando su sal y su pimienta a competiciones como el propio Tour.

Podemos hablar del arco de Sospel y su trilogía de Niza: puertos como Braus (1002 m), Castillon (706 m) y La Turbie (480 m), continuando por otros como el Espigoulier (728 m), el Esterel (314 m) y sobre todo el gran Turini (a 1607 m), que han sido escenarios donde los adversarios continuamente se han tanteado y en muchos de ellos han habido luchas decisivas, llegando incluso algunos corredores a hacerse con el maillot de líder en estas cuestas en las que sus cunetas suelen estar abarrotadas de gente.

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Citar los puertos provenzales es evocar lugares donde las rampas se retuercen y giran sobre sí mismas, donde las curvas las marcan los arbustos, donde los ángulos agudos se muestran sin contemplaciones, mientras los corredores caracolean, girando sus cabezas buscando la carretera y siempre intentando seguir los muros de contención para evitar el precipicio.

Por eso estos cols siempre provocan muecas entre los participantes, algo, por otro lado, bastante normal en Niza, la capital del Carnaval galo.

Y llegamos al Col de Turini…

Como Turini, que vuelve a la competición, sobre dos ruedas sin motor, nada menos que después de 46 años de haberlo hecho por última vez, en 1973 y en el Tour, con victoria para de uno de los nuestros que supo «encarrilar» muy bien su pedaleo dirección a su cima.

Estamos hablando, en efecto, del recordado Vicente López Carril, un histórico del ciclismo español.

Así, podemos decir que el corredor gallego fue el último ciclista en coronar el puerto en primera posición, en una edición en la que quedó 5º de la general, después de haber hecho podio el año anterior.

De esta manera, Turini, más reconocido y popular en el mundo del rally porque en él se disputa uno de los más famosos del mundo como es el mítico Rallye de Montecarlo, cambia el motor por los pedales y en el que los ciclistas, ese próximo 16 de marzo, habrán de acometer más de 30 lacets, horquilla sobre horquilla, curvas cerradas, giros de 180º, en una exigente ascensión de 15 km con una pendiente media del 7,3% y donde probablemente se decida el ganador de esta edición de la París-Niza.

Una espectacular subida y en la que, por esas fechas, suele ser habitual que haya presencia de nieve.

Ya veremos.

Los aficionados, ese día, descubriremos un puerto para el ciclismo de ensueño, una de las carreteras serpenteantes más escénicas que existen, para disfrutar mientras contemplemos un paisaje de fantasía, ascendiendo por la ladera de la montaña y con hermosas vistas al mar Mediterráneo.

Un puerto de cine.

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El Turini fue, cómo no, todo un descubrimiento de Jacques Goddet, «una sensacional novedad» como él mismo exclamó cuando lo dio a conocer como primicia en el Tour de 1948 «con su interminable pendiente».

A pesar de haber entrado muy poco en las competiciones de ciclismo (Tour del 48 con victoria para Louison Bobet, del 50 para Jean Robic y la recordada del 73 de López Carril), en sus curvas se han escrito épicas páginas de la historia de la ronda gala, como en aquella etapa de la edición del 48, cuando Louison Bobet, que había abandonado el año anterior, estuvo a punto de hacer lo propio el día antes en San Remo, ya que se encontraba enfermo, pero durante aquella jornada, provocado por un ataque de Roger Lambrecht, que era nada menos que su delfín, Louison resucitó.

Acompañado y ayudado por un gran Apo Lazarides que protegió eficazmente el maillot amarillo de su líder y amigo, y además alumno de Vietto, se escaparon a siete kilómetros de la cima para lanzarse después a tumba abierta a pesar de los cuatro kilómetros de descenso pedregoso.

Louison Bobet triunfó finalmente en Cannes recuperando siete minutos a Bartali.

El italiano, su adversario más peligroso, se encontraba en ese momento a 21 minutos.

Como curiosidad, el prestigioso L’Equipe, al dar la novedosa noticia de la inclusión de este bonito puerto en la París-Niza de 2019, publicó una foto errónea del Turini en sus páginas, confundiéndolo con el no menos bello y escénico Col de Braus, conocido como el «alambique», el «tirabuzón», «kriss malayo» o simplemente «cric», algo que para ser el célebre diario no deja de ser algo bastante imperdonable.

La legendaria generosidad de René Vietto

¡Ay! Si el pobre René Vietto levantara la cabeza…

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