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Ciclismo antiguo

La legendaria generosidad de René Vietto

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DT – 2022 post

La historia quiso que el Tour no fuera para Vietto

Quisiéramos hacer memoria y recordar un hecho que vivió la ronda gala en el año 1934. Tenemos en mente, consignamos el nombre de René Vietto, un ciclista sumamente popular en aquellos lejanos tiempos, que a pesar de sus excepcionales facultades físicas no consiguió un triunfo absoluto en el Tour.

No habiéndole faltado ocasiones para lograrlo.

Nos adentramos hoy alrededor de un gesto admirable que marcó su dignidad deportiva, de aquel ciclista nacido en la población de Rocheville, una localidad que se localiza en la región de la Baja Normandía, en el departamento de la Mancha, en los confines concretos del norte de Francia.

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No en vano, antes de sumergirnos en el tema, quisiéramos destacar un antecedente que de por sí refuerza lo que fue el ciclista francés Vietto, nuestro protagonista en el capítulo de hoy.

Se empezó a hablar de él a la temprana edad de apenas 20 años, en el año en el que hacemos alusión en el encabezamiento de esta crónica, que se introduce en acontecimientos pertenecientes al pasado.

Llegó al ciclismo un tanto por casualidad dado que trabajó por algún tiempo como botones en un renombrado hotel que se erigía en la ciudad cosmopolita de Cannes.

Concurrió al Tour, todo casualidad, como simple doméstico al servicio del conocido y popular ciclista galo Antonin Magne, su capitán, que se adjudicaría con autoridad el Tour de Francia en litigio. Vietto surgió así de repente de la nada al vencer en nada menos cinco etapas en el transcurso de la mencionada ronda; es decir, en Grenoble, término de la 7ª etapa, en Digne (9ª), en Cannes (11ª), en Pau (18ª) y en Burdeos (19ª).

Sin embargo, lo que son las cosas, fue en el mismo corazón de los Pirineos, al afrontar el puerto del Portet d´Aspet, cuando su director técnico le ordenó que parase y cediera la rueda delantera de su bicicleta a Magne, que había sufrido una seria avería.

Lo cierto es que el bravo Vietto, sumergido en la soledad de la carretera, con cólera y con amargo desespero, debió esperar veinte largos minutos para que al fin pudiera reemprender de nuevo la marcha con una rueda restituida de manos de sus mecánicos.

Magne, lo reiteramos, pudo ganar el Tour con paz y cierta tranquilidad.

Vietto accedió a llegar a París y clasificarse en el quinto lugar en la tabla absoluta, adjudicándose, eso sí, el Gran Premio de la Montaña sobre nada menos el español Vicente Trueba.

Cabe recordar que en el Tour correspondiente al año 1939, logró ser segundo en la clasificación general, siendo superado tan sólo el belga Sylvêre Maes, vencedor en aquella edición.

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Situándonos en el año 1947 y dejando atrás la Segunda Guerra Mundial, René Vietto volvió a la palestra con gran empuje y de tal manera que en la segunda etapa, de Lille a Bruselas, protagonizó una valiente escapada que le valió una bien merecida victoria parcial y como fruto el colocarse líder del Tour, vistiendo y ostentando la casaca de oro durante una quincena de días.

Con todo todas sus ilusiones se desvanecieron en la etapa individual de contrarreloj, Vannes-Saint Brieuc (19ª), de nada menos 139 kilómetros de recorrido.

Aquella jornada fue funesta para el esforzado Vietto, ciclista voluntarioso y a la vez de carácter violento, pero extremadamente generoso en sus actitudes.

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El franco-italiano Pierre Brambilla se hizo con el liderato, pero luego en la última etapa, un tanto decisiva, el diminuto y peculiar Jean Robic, al que se le denominaba “El cabeza de cuero”, en un golpe de gracia, conquistaría el triunfo definitivo en el Parque de los Príncipes de París, una gloria a todas luces inesperada.

Vietto, aquel hombre que luchó siempre frente a la adversidad, debió contentarse con alcanzar el quinto puesto en la clasificación final, con otra segunda victoria destacada en la etapa Briançon-Digne, siempre entre montañas, con su mejor arma como buen escalador nato que bien era.

Quizá ante otra nueva oportunidad, con buena disposición, trataremos de extendernos y ensalzar la real categoría de este corredor al que ahora hemos querido elogiar de una manera un tanto sucinta.

Por Gerardo Fuster

World Fondo WT – Epic
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3 Comentarios

3 Comments

  1. Gerard

    29 de noviembre, 2014 En 19:59

    Genial crónica de la generosidad de este histórico corredor. Ejemplos como estos son necesarios en el deporte para que la juventud los imite.

  2. Pere

    2 de diciembre, 2014 En 9:32

    D. Gerardo resucita episodios ciclistas como el de René Vietto que muestran generosidad, un valor humano que hace grande el deporte.

  3. Brunsó

    2 de diciembre, 2014 En 17:13

    Excelente artículo de D. Gerardo Fuster y excelente fotografía nostálgica que muestra el rostro de un gran ciclista y de un deportista ejemplar y que mantiene vivo su recuerdo entre los aficionados al ciclismo

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Ciclismo antiguo

Pra-Loup mató a Eddy Merckx

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DT – 2022 post

Cuando Thévénet vio a Merckx descolgarse de Gimondi supo que era su momento

Divaga Carlos Arribas, en su fenomenal “Ocaña”, como el protagonista conquense hablaba de “matar a Merckx.

La obsesión del recio y moreno ciclista de Priego por el mejor corredor de la historia le hacía hablar casi en clave penal.

Al menos así lo atestiguó Arribas.

Sin embargo,  aunque Ocaña hizo besar la lona al belga, lo cierto es que no fue hasta unos años después que un francés de segunda fila llamado Bernard Thévénet, uno de los rostros míticos habituales en la presente caravana del Tour, sí hirió de gravedad al caníbal y lo hizo en una cima que se ha distinguido por ser míticamente discreta.

Porque Pra-Loup es un enclave poquísimo frecuentado por el Tour de Francia.

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Se sitúa en la zona meridional de los Alpes, en la Alta Provenza, quizá los menos frecuentados por la carrera y eso que ofrecen el puerto más alto jamás flanqueado, la Bonette Restefond, con sus más de 2800 metros, dejando atrás Iseran y Galibier en este ranking de las altitudes.

Cerca de Pra-Loup, un resort de esquí está Barcelonette, la localidad que marca el inicio de la subida a la mentada cima de Bonette.

Pra-Loup es un resort esquiable no muy alto sin excesiva dureza.

Desde Barcelonette parte una carretera medio llana que empieza a subir en el tercer kilómetro y rompen sus 1620 metros tras poco más de cinco kilómetros de ascensión en los que destaca el tercero, por encima del diez por ciento.

Hace poco menos de 50 años, el 13 de julio, el Tour tomaba la salida en un luminoso domingo hacia Pra-Loup.

La carrera afrontaba su última semana y lo hacía entrando por los Alpes.

Miles de personas aguardaban en las cunetas de Saint-Martin, Couillole, Champs y Allos antes de la cima final.

Millones de personas estaban pendientes de la carrera por la televisión.

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Tras siete horas de carrera, Eddy Merckx manejaba el cotarro vestido de amarillo, una prenda que de conservar hasta el final le daría su sexto Tour, lo nunca visto ni entonces ni ahora, pues lo de Armstrong fue un espejismo.

Dos días antes, Merckx había sido agredido por un mal llamado aficionado. Le propinó un puñetazo en la boca del estómago como protesta ante su dominio, como si ganar fuera sencillo y fruto del capricho de un hombre.

En la ascensión final Merckx, a la estela de Felice Gimondi, caminaba destacado en tierra de nadie, la reacción por detrás la conducía Thévénet arrastrando los siempre “pestosillos” Van Impe y Zoetemelk.

El francés jadeaba, se movía graciosamente sobre la bicicleta.

Agarraba el manillar por la parte de abajo. Se refrescaba con una botella de una persona del público para acelerar sutilmente e irse solo.

De repente atisbó el horizonte y en si línea apareció el maillot amarillo.

Gimondi acababa de dejar a Merckx, Thévénet venía a cobrarse todas las facturas y todos y cada uno de los ataques que el belga había sembrado por el camino hasta el puerto final.

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El francés deja a Merckx y supera fácil a Gimondi.

En la cima gana la etapa y se pone a menos de un minuto del líder.

Lo más difícil estaba hecho. Thévénet, quien protagonizaría la primera gran confesión de dopaje de la historia, se viste de grande y el 14 de julio celebró a lo grande la fiesta nacional en el Izoard para jolgorio de Bobet.

Merckx había caído, su reinado tocó a su fin y Pra-Loup fue su tumba.

Imagen: Byenrique

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Ciclismo antiguo

Roger Walkowiak, el campeón más triste de la historia

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DT – 2022 post

Vamos al Tour que ganó contra todo pronóstico el menospreciado Roger Walkowiak

Ganar a lo Walkowiak es algo que impuso en la historia el bueno de Roger.

En a historia hubo alguna victoria en el Tour que respondió a ese perfil, es decir, triunfar de forma sorpresiva y sin triunfo de etapa que adorne la general final.

Cuando Oscar Pereiro ganó la mejor carrera, muchos se acordaron de Roger y su triunfo «a la Walkowiak»

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Pero no os engañéis, ganar el Tour implica muchas cosas, posiblemente años de salud, la alineación de los astros en forma de salud, suerte y rivales y en ocasiones el factor sorpresa.

Todos los grandes nombres tuvieron una primera vez, el destello que antecedió sus reinados, pero a veces esa chispa fue una gta en el desierto, una suerte de carambola que el tiempo demostró ser la excepción y no la norma.

El 28 de julio de 1956 el pelotón del Tour de Francia llegaba París con una mezcla de incredulidad entre los corredores, asistentes y los aficionados que se inclinan en las gradas del Parque de los Principes.

El portador del maillot amarillo era un ciclista del equipo regional Centre-Nord-Est llamado Roger Walkowiak, un corredor de perfil muy bajo, tanto que nadie en los pronósticos previos había puesto su nombre en papel alguno.

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Marcel Bidot, ciclista en los años veinte y por aquellas fechas mánager del equipo francés, antes de dedicarse al bohemio negocio del vino, no podía creer que Walko ganara el Tour: “Es increíble como las circunstancias pueden beneficiar a un corredor con el que nadie contaba.

Si entre Luchon y Toulouse, Darrigade hubiera estado junto a Bauvin, hoy éste sería el ganador del Tour.

Pero Darrigade quiso buscar el triunfo de etapa”.

Bauvin sería segundo en París a poco más de un minuto del ganador.

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Y es que como dijimos todo se alineó para Walkowiak, que cogió la fuga buena y supo administrar la renta con penosa resistencia, aprovechando que Louison Bobet estaba recuperándose de una operación, Charly Gaul no volaba como en el Giro, Fede Bahamontes estaba inéditamente discreto y Stan Ockers se centró en la clasificación por equipos.

Ya entonces el ranking por escuadras era objeto de deseo.

En un país acostumbrado a la grandeza de Bobet e impaciente por la eclosión inmediata de Riviere y Anquetil, nunca se perdonó la forma de ganar de Walkowiak, quien fue diana de los comentarios más ácidos y descarnados que posiblemente nunca haya recibido un campeón.

Aislado del mundo, ya retirado del ciclismo, Walko, el sacrificado Roger, admitiría que ganar el Tour había resultado su peor condena.

Imagen tomada de Vimeo

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Ciclismo antiguo

Un Mundial de ciclismo en la Italia de Mussolini

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Así fue el Mundial de ciclismo de 1932 y la aventura de los españoles

Roma, 31 de agosto. Umbral del otoño. La ciudad eterna tomada por el fascismo. Italia, una potencia ya en esto de los mundiales, acogía por primera vez una edición de la prueba. Tres vueltas de 68,7 kilómetros por la Rocca di Papa, totalizando 206. Salieron 21 ciclistas, entre ellos una selección italiana que tenía en sus filas al campeón vigente, Learco Guerra, más a un doble campeón, Alfredo Binda, y al varesino Remi Bertoni. Artillería pesada para el mundial de ciclismo en casa.

Mussolini se presentó en persona para desearle suerte y éxito al vigente campeón, Learco Guerra, pues su sugerente apellido gustaba mucho. “Tutti per Guerra”, proclamaba el presidente de la Federación Italiana de Ciclismo, Garelli. Tiempos violentos aquellos. Pero el especialista en mundiales era Binda, que con su compañero lombardo, Bertoni, secó todos los ataques, entre ellos el de Montero, para irse juntos y hacer oro y plata con casi cinco minutos sobre Nicolas Frantz.

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Dos acompañantes se sumaron a la delegación hispana: Juan Bautista Soler y Joaquim Rubio estuvieron allí, con los tres españoles. Ambos presenciaron la carrera en directo y pudieron incluso narrar la desventura de Mariano: “Estaba en el control de Frascati, situado a media cuesta. Montero y Cañardo pasaron con los primeros, formando un pelotón de ya siete hombres. Podemos confiar pues en que los dos llegarían a Roma en el grupo de cabeza, pero a Cañardo, al cual acababa de avituallar, le di un empujón para que reemprendiera la marcha, con tal mala fortuna que fue a chocar con Haemerlinck, cayendo. La caída no tuvo consecuencias, pero significó una estimable pérdida de tiempo en un momento en que se desencadenaba la batalla en plena cuesta arriba. A causa del empujón se le torció el manillar y se le descentró la rueda”. Pero Mariano se rehízo: “Con todo, Cañardo arrancó de nuevo y fue ganando posiciones, y cuando con Guerra marchaba a la caza de Frantz, no teniendo por delante más que a Binda, Bertoni y Montero, sufrió una avería, perdiendo todo lo ganado anteriormente”.

Roma, como Lisboa, la ciudad de las siete colinas, algunas de nombre mítico y legendario, había sido para Mariano una montaña rusa, un sube y baja emocional, en unos años en que lo complicado era mantenerse íntegro sin caídas ni lesiones.

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Mariano estaba allí, llamando a la puerta, jugándose la suerte con ciclistas que crearon la palabra leyenda, pero le faltaba algo, la fortuna. Aquel día se clasificó duodécimo, pero había añadido una muesca a su palmarés en una carrera que se le daba bien.

Porque Mariano estaba entre los que inventaban el ciclismo en mayúsculas, el que germinó en aquella época, y lo hizo con compañeros de expedición de grandísimo bagaje.

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Juan Bautista Soler fue una de las grandes personalidades de los albores del ciclismo en España: árbitro en sus primeros días, fue presidente y máximo responsable de la Volta a Catalunya, siendo vicepresidente de la Unión Ciclista Internacional en los cincuenta, lo que le valió ser su presidente interino durante dos años por la muerte del entonces primer mandatario del ente, Achille Joinard.

Y luego estaba Rubio, Joaquim Rubio, una persona muy querida en el mundillo en aquellas décadas de aventuras increíbles. Primero ciclista y luego manager, fisioterapeuta, auxiliar y consejero espiritual de las vedettes, entre las que Mariano se contaba. Un empujón dado con todo el cariño y la pasión de Rubio le arruinó a Mariano aquella carrera romana.

Extracto de “El primer campeón”, próxima obra que Cultura Ciclista sacará en breve.

Imagen: Federazione Ciclistica Italiana

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El quinto fue el mejor de los 5 Tours de Indurain

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No pudo haber mejor culminación a los 5 Tours de Indurain

En nuestro frecuente viaje al pasado que nos regaló Miguel Indurain con sus 5 Tours, queríamos acordarnos, ahora que ha transcurrido más de un cuarto de siglo, del que consideramos su mejor triunfo en Francia.

Y lo situamos en el último de la lista, el quinto, para nosotros sin lugar a dudas una obra de arte de abajo arriba.

Un  ejercicio de control y dominio, sublimado por quinta vez consecutiva, el más difícil todavía, pues no sólo seguía siendo mantenerse, también implicaba mejorar lo visto hasta entonces.

Ese año Miguel Indurain volvió al Tour con el dorsal uno, pero sin el Giro en las piernas, pero con la certeza de que entre Francia y el mundial en Colombia iba a estar el cogollo de la campaña.

Dicho y hecho.

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Cualquier momento decisivo de ese Tour fue terreno abonado a Miguel

Si tenemos que ponernos pejigueros, posiblemente sólo falló una cosa a la que nos acostumbró, no hubo tarde de escabechina contra el reloj,  como sí que nos había ofrecido en Luxemburgo, Lac de Madine y Bergerac, la mejor de estas tres la dejamos a gusto del consumidor, para nosotros algo como lo de Luxemburgo fue único e irrepetible.

De hecho Indurain no ganó por aplastamiento la primera crono larga, en las Ardenas, nada menos que saliendo de Huy en un ejercicio que pareció de contención, pues mantuvo y mantuvo, en especial a Bjarne Riis, hasta ganarle por la mínima al final.

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Pero era suficiente, más que suficiente.

Aquella crono formaba parte de un díptico belga, celebrado en fin de semana, que se había abierto un día antes, con la jornada de Lieja, aquella famosa que se escapó con Johan Bruyneel, donde emergieron dos cosas.

Por un lado el patriotismo sin fundamento de aquellos que pensaron que el belga debió dejar ganar a Indurain, pues éste hizo todo el gato y además se debía a un equipo español.

Por el otro la rivalidad con el equipo ONCE, un auténtico martillo sobre la resistencia de Indurain y su Banesto.

En La Plagne, primer día de Alpes, Alex Zulle lo puso todo al límite hasta desencadenar la reacción furibunda de Indurain en el que consideramos su mejor día sobre la bicicleta, aquella subida al coloso alpino.

Nunca he vuelto a ver algo como La Plagne.

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Luego, unos días después en Mende, Jalabert, acompañado por Mauri y Stephens planteó órdago lejísimos de meta que puso al límite a Banesto.

Nunca, creo, nadie había puesto tal al borde del abismo al cinco veces ganador,  un día con el que  jamás hubiera querido  lidiar en el Tour, aunque visto ahora, añadió más brillo, si cabe, a su quinto triunfo en Francia.

El dominio y presencia de Indurain en el final de su serie de 5 Tours propiciaron que una carrera que era un avispero -allí convivían Jalabert, Pantani, Rominger, Riis y Zulle, entre otros- nunca pareciera fuera de control.

Y es que, más que nunca, pareció hacer fácil lo más difícil, encadenar Tours como quien aprendía a sumar.

Nadie podía imaginar que estábamos ante el epílogo de la mejor racha que hemos visto nunca y que creo nunca volveremos a ver.

Imagen: RTVE

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