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Ciclismo antiguo

París-Brest-París: Los últimos forzados de la ruta

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El 6 de septiembre de 1931 fue día de carrera entre París, Brest y París.

La París-Brest-París se puede considerar una de las carreras más legendarias de la historia del ciclismo.

Bajo su influjo se mantiene toda una estructura de las “paradójicamente” llamadas brevets, esas marchas de kilometrada indecente que atraen una pequeña pero fiel legión de pedalistas. Grandes distancias en ritmos asequibles en la mayoría de casos que permiten alargar y alargar la convivencia con la bicicleta superando cualquier cifra razonable y cabal en el cuentakilómetros.

“No hacemos otra cosa que cicloturismo a ritmo alto” decían aquellos forzados de la ruta, hace más de cien años que cada diez tomaban parte en la carrera organizada por Le Petit Journal. Cada año uno, el primero de cada década se corría la gran maratón del ciclismo moderno, la carrera que ganó el primer gran ídolo de masas, Charles Terront, en 1901.

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Incluso en los años de la prehistoria del ciclismo, en tiempos en los que estas carreras estaban más o menos instaladas en el mundillo, ya empezaban a ser contestadas por los corredores, que no acudían precisamente en masa a las inscripciones.

Como digo, el 6 de septiembre de 1931 fue día de carrera entre París, Brest y París.

Aquel año por ejemplo, sólo 28 estamparon su firma en el libro de registro y entre ellos una de las grandes estrellas del momento, Nicolas Frantz quien se presentaba en la salida con una flamante bicicleta equipada por un cambio de dos coronas en la rueda de atrás.

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Frantz era uno de los favoritos, no el único.

A pesar de un inicio lento, la carrera rompe a sudar con la llegada de la noche.

Con el sol empiezan a marcharse ciclistas que suponen el martirio que implica rodar las por carreteras inmundas en ruta hacia la Bretaña, en el fragor de la oscuridad y ponen pies en polvorosa.

No es el caso de grandes nombres como Antonin Magne que tienta el grupo antes de llegar a Brest, a una eternidad de la capital.

Por Brest, en el giro, Frantz comanda la carrera, pero mucho habría de pasar.

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El belga Emile Joly desafía al sueño y se va solo por delante mientras otros descansan efímeramente.

Desobedeciendo a su director, empieza a medio delirar sobre la máquina y se apea con unas ojeras que cuelgan hasta el suelo.

Debió dormir tres horas , un lujo que le sacó de la terna de favoritos.

Con el paso de los kilómetros y la acumulación de penalidades, emerge un cuarteto tras los ataques de Bidot, ataques secados por un pinchazo en el momento más inoportuno.

Pancea, Delacroux, Louyet y el australiano Hubert Opperman, una nota de color que habría de inscribir su nombre en el mítico velódromo de Buffalo en París, allí donde se ensayaron los primeros récords de la hora y se cinceló la leyenda de Henri Desgrange.

Opperman fue posiblemente el primer gran ciclista venido de las antípodas, su historia es tremenda, montó en bicicleta hasta los noventa años y en su periplo político llegó a ser ministro y Sir…

Imagen tomada de alchetron.com

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