Ciclistas
Tom Pidcock no sabe estar quieto
El ciclismo especializado tendría las horas contadas con Tom Pidcock
Como decimos Tom Pidcock no sabe estar quieto ni responder a los cánones que el mundillo pretende imponer.
Mientras el pelotón apura los días de la Vuelta a España, el británico ha firmado un mes que retrata a la perfección su naturaleza incalificable.
Un arco temporal ridículamente corto le ha bastado para firmar una novena plaza en la general del Tour de Francia, enfundarse el maillot arcoíris de MTB en Val di Sole y rematar la faena ganando el GP Industria en solitario sobre el asfalto italiano.
El valor de esta secuencia no radica solo en los trofeos, sino en la mutación física y mental que exige.
Salir del Tour con un top diez en el bolsillo implica tres semanas de ritmo agónico, esfuerzos brutales y una disciplina táctica asfixiante para aguantar con los mejores fondistas del planeta.
Cualquier corredor normal habría pedido la hora o gestionado el descanso.
Pidcock prefirió cambiar la bici de carretera por la de montaña, viajar a Italia y completar una remontada, otra, histórica, desde las filas traseras para proclamarse campeón del mundo de XCO.
De la resistencia de los Alpes al barro, las raíces y las explosiones agónicas de un circuito técnico.
Sin tiempo para asimilar el maillot arcoíris, reapareció una semana después en las carreteras transalpinas para soltar un ataque a doce kilómetros de meta y llevarse el GP Industria.
Todo esto ocurre mientras se corre una Vuelta a España en la que él mismo pisó el tercer escalón del podio hace un año.
Aquel resultado en la ronda española confirma que su motor para las tres semanas es real, pero también vuelve más fascinante su renuncia a la rutina.
En lugar de encadenar grandes vueltas para asegurar puestos de honor, prefiere desligarse del guion establecido para coleccionar victorias en escenarios opuestos.
Pidcock encarna esa rara avis que se niega a la especialización extrema.
En un ciclismo cada vez más encorsetado por los números y los calendarios rígidos, el inglés salta de la carretera a la tierra con una facilidad pasmosa.
No busca amoldarse a lo que se espera de un vueltómano ni a lo que exige un especialista de un día.
Corre por impulso, por talento y por esa insaciable necesidad de ganar donde le apetece, recordando que la polivalencia bien entendida sigue siendo el mayor espectáculo de este deporte.








