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Ciclismo antiguo

El Tour x los Pirineos: Tom Simpson eclipsa la gesta más redonda de Bahamontes

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Tour de Francia - Federico Martin Bahamontes JoanSeguidor
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Tom Simpson se llevó de los Pirineos las portadas que mereció Bahamontes

Esta historia va de dos ídolos de siempre de Tom Simpson y Federico Martín Bahamontes, y ambos se mecieron en los Pirineos.

El líder que salió un día lider de los Pirineos en un Tour era inglés, de raíces keniatas, pero competía con los colores de su Majestad. Chris Froome sucedía en la línea real a Brad Wiggins, que también cruzó en amarillo los Pirineos y lleva a adentrarse en la edición de 1962, año que vio el primer hijo de la reina en líder.

Fue en Saint Gaudens. Tom Simpson vistió efímeramente por 24 horas la prenda que le perturbó hasta la casi total locura.

Tom Simpson era entonces ya un ciclista de renombre que servía además para darle cierto caché a este deporte tan radicado en la Europa continental. De veinticuatro años, había sido segundo en la París-Niza de ese año. Afincando en Gante, luego en Saint Brieuc, la oxidada escuela británica le dio su apellido y poco más. No obstante su bagaje ya escondía éxitos premonitorios para ese país en materia ciclista pues se colgó un presea olímpica en Melbourne en la persecución por equipos.

Simpson escribía semanalmente en el Daily Express sobre ciclismo. Contaba e informaba de esas aventuras sobre bicicletas maltratadas por los elementos más allá del Canal de la Mancha. Ese mes de julio de 1962 dieron mal tiempo en las Islas y las partidas de cricket no celebradas por la lluvia darían más espacio al ciclismo. Hasta The Guardian y la BBC dieron papel y minutos al maillot amarillo de Simpson en los Pirineos.

Y en estas que en Superbagneres, tras una agotadora ascensión en solitario, Simpson empezó a dar que hablar. Atosigado por el esfuerzo, superado por la situación, padece unas extrañas convulsiones en meta. Más de un uno le da una interpretación en términos de dopaje y trampa. Está claro que la carencia de escrúpulos no surge por generación espontánea y su fatídica muerte en el Ventoux, años después, había arrojado algún antecedente.

Por que Simpson logró copar titulares que sencillamente Federico Martín Bahamontes se había trabajado a conciencia con un paso casi limpio por la cordillera pirenaica. El alado y aguileño ciclista de Toledo logró coronar delante de todos Aspin, Tourmalet, Peyresourde y Portet d´ Aspet, al margen de ganar la cronoescalada de Superbagneres, esa que dio pistas sobre el trágico final que aguardaba a Simpson.

Imagen tomada de www.cyclinghalloffame.com

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Ciclismo antiguo

Ciclismo español, los escaladores que han sobrevivido al tiempo

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Un viaje por los mejores escaladores de siempre del ciclismo español

Negar que la historia del ciclismo español se asienta en parte en la suerte de los escaladores es negar la mayor, pues si un ciclista ha erizado el vello en este lado de los Pirineos es ese que rompía cuesta arriba la carrera en mil pedazos….

Tras el paréntesis obligado por la Segunda Guerra Mundial, el ciclismo español se puso paulatinamente en órbita y concurrió en el Tour de 1949 con un equipo compuesto por seis corredores: y buenos escaladores Julián Berrendero, Bernardo Capó, Dalmacio Langarica, Emilio Rodríguez, Bernardo Ruiz  y José Serra. A la larga abandonaron todos.

El único que resistió algo más antes de capitular fue José Serra, oriundo de la localidad de Amposta, apostada a orillas del río Ebro. En cambio, al cabo de dos temporadas, se decidió concurrir de nuevo en la ronda gala, mediante una escuadra compuesta por ocho componentes, con Bernardo Ruiz al frente.

El corredor oriolano había alcanzado un buen prestigio a raíz de un triunfo no esperado en la Volta a Catalunya (1945). Cabe memorizar también su victoria absoluta en la Vuelta a España (1948) y otras carreras por etapas de cierta identidad que venían a anunciar un buen porvenir.

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¿Quiénes nos abrieron las puertas en el mundo internacional?

Como inciso digamos que con anterioridad a la Segunda Guerra Mundial, que asoló seriamente al territorio europeo, habían destacado con evidente holgura como escaladores Vicente Trueba, al que se apelaba “La pulga de Torrelavega”, y el madrileño Julián Berrendero, “El negro de los ojos azules”, que tuvieron el honor de hacerse con el título del Gran Premio de la Montaña en el Tour, en los años 1933 y 1936, respectivamente, títulos que se hacían valer, y más en aquel entonces.

Las montañas eran un eslabón que nos era muy particularmente propicio, los escaladores escribían la historia gruesa del ciclismo español.

Bernardo Ruiz, bien es cierto, nos abrió propiamente el horizonte  cara al mundo internacional y más concretamente a partir del Tour de Francia (1951), al vencer destacado en las etapas que finalizaron  en Brive (10ª) y en Aix-les-Bains (21ª) , en la competición  de más arraigo dentro  de nuestro ciclismo. Recordamos que en aquella edición irrumpió en la senda de la fama el suizo Hugo Koblet, al que se llamaba comúnmente como “El bello Hugo”, dada su pulida presencia. Como resultado definitivo el hombre de Orihuela, Bernardo Ruíz, se clasificaría en la novena posición en la tabla absoluta en París como colofón final. Fue algo así como un feliz preámbulo o presagio de lo que vendría a acontecer al año siguiente.

Ruiz se erigió como el primer español en subir al  podio, al conseguir hacerse con un valioso tercer puesto, un alto honor. El inolvidable y famoso ciclista italiano Fausto Coppi fue el indiscutible vencedor, con más de 28 minutos de ventaja sobre el belga Stan Ockers, el segundo clasificado. Tras el español Ruíz (3º), situado a más de 34 minutos, quedaron Gino Bartali, Jean Robic y Fiorenzo Magni, por este orden. Por nuestra parte sí hemos de reafirmar que nos congratulamos  plenamente por lo conseguido por nuestro ciclismo. Fue la chispa contundente que nos faltaba y que nos empujó en poco tiempo a conquistar un crédito que teníamos perdido.

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Los españoles reafirmaron su prestigio carretera arriba    

El norteño Jesús Loroño, dio la campanada en el año 1953, al hacerse con este título de rigor reservado a los escaladores. Después, fue Federico Martín Bahamontes, “El águila de Toledo”, ya conocido en los ambientes del pedal, el que tuvo el loable empeño de adjudicarse por seis veces el Gran Premio de la Montaña  del Tour (1954, 1958, 1959, 1962, 1963 y 1964). Desplegó, eso sí, un derroche de fuerzas por doquier que le valieron encendidos elogios por parte de toda la prensa internacional a través de sus medios informativos. Su  popularidad creció como la espuma, y más todavía en virtud de su personalidad un tanto marcada. Acostumbraba a opinar de manera abierta tal como él las veía y creía. Esta sinceridad le costó más de un disgusto. Su falta de diplomacia, aun teniendo razón algunas veces, le colocó en más de una situación adversa que le afectó moralmente.

En el año 1959, ya un poco tarde, ganó con todas la de la ley el Tour de Francia. Fue entonces cuando más de uno nos preguntábamos si Bahamontes se había dedicado en demasía o en exceso a lucirse en los escenarios que le brindaban las montañas, su arma preferida, dejando a un lado, en un segundo plano, el poderío innato de sus facultades para poder imponerse en  más  de un Tour, posibilidad que ni él mismo llegó a creer.  A lo dicho digamos que la edad, poco a poco, es un lastre que no tiene  contemplaciones en las personas. Uno puede ganar en experiencia, pero al mismo tiempo está expuesto a ir perdiendo las facultades que son necesarias en una prueba de las características que encierra el Tour, en donde uno se ve obligado a echar mano constantemente a todos los recursos físicos que uno posee.

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Otro escalador digno de admiración y elogio fue Julio Jiménez,  apodado “El relojero de Ávila”, que se dedicó a este oficio tan meticuloso en sus años mozos como sustento económico. Por tres veces consecutivas, a partir del año 1965, se hizo con la corona de la montaña en el Tour, con aquella fogosidad progresiva que imponía en los últimos kilómetros de cualquiera puerto. Luego, aisladamente, aparecieron otros españoles de nombre que se llevaron también  este distintivo máximo en el Tour. Fueron Aurelio González (1968), Pedro Torres (1973), Domingo Perurena (1974) y Samuel Sánchez (2011).

A partir de este último hito, los ciclistas españoles rompieron aquella tradición que tanto les ilustró en tiempos anteriores. Aquellos títulos, aquellos veredictos dictados por los jueces de paz de las altas cumbres, ya fueran básicamente en los Alpes o bien en los mismos Pirineos dejaron de ser una obsesión, una tradición, lo afirmamos en el buen sentido de la palabra. No lo escribimos en plan crítico. Queremos decir que hemos cambiado de rumbo hacia otras metas más rentables o aprovechables, como se quiera.  Ya no solemos vivir en exclusiva a raíz de unos  resultados victoriosos conseguidos cuesta arriba. Hoy en día nos nutrimos con otros horizontes más sugestivos para los aficionados.

Conclusión 

Como dato complementario hemos de señalar que ha sido el francés Richard Virenque, el que ha batido el récord de victorias en lo que concierne al Gran Premio de la Montaña a lo largo de la historia del Tour (1994, 1995, 1996, 1997, 1999, 2003 y 2004). Ha sido siete veces ganador y propietario de la corona de laurel, superando en consecuencia a los seis triunfos en esta modalidad alcanzados por el belga Lucien Van Impe (1971,1972, 1975, 1977, 1981 y 1983) y por el español Federico Martín Bahamontes, que no podía faltar indudablemente en esta lista.

Por  Gerardo  Fuster

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Ciclismo antiguo

Roche en el Aubisque: el colmo de las etapas cortas

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La etapa del Aubisque que ganó Roche casi no supera los cincuenta kilómetros

Si una de las conclusiones, y también decepciones, de la presentación del Tour es la cantidad de etapas cortas que vemos en el recorrido ¿qué diríamos de etapas como la que Nairo gana en el Col du Portet y Roche en el Aubisque?

La primera no pasó de los 65 kilómetros, la otra casi no pasa de los 50.

Kilometrajes dignos de cadetes que el Tour a veces ha ensayado sin pudor.

Muchos tenemos nítida la imagen de la etapa que ganó Nairo hace tres años, con parrilla de salida y tres puertos encadenados hasta llegar a Portet, la subida más bruta de los Pirineos

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Sin embargo fue más exagerado lo de Roche en el Aubisque: Hay que irse 36 años atrás, Tour 85

El día después de que Perico surgiera de entre la niebla de Luz Ardiden para lograr uno de sus más icónicos triunfos, el Tour se iba a Luz Saint Sauveur para abordar una etapa singular con final en el Col de l´ Aubisque.

Eran sólo 52 kilómetros, que se corrían por la mañana, porque por la tarde había otra etapa con final en Pau.

La cambiantes sensaciones sobre el estado de forma del líder, entonces Bernard Hinault, propiciaron movimientos de lejos, ya en el puerto anterior, el Col du Soulor. Arrancó Stephen Roche, y con él Lucho Herrera.

Aquella era una jornada verde, por el calor y sol que iluminaba los preciosos anfiteatros del Aubisque, pero también por el sabor irlandés que tomaba el día.

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Roche se iba solo incluso antes del Soulor, e iniciaba en solitario el Aubisque, donde el ganador del día anterior, Perico, intentaba tomarle tiempo a un líder timorato y escondido en medio de un grupo del que tiraba, oh sorpresa, Lucho Herrera, en palabras de algunos medios “el mejor gregario de Hinault”.

Pero el día era irlandés, Stephen Roche, “La Redoute” en el pecho, gana solo, con más de un minuto, sobre Sean Kelly.

Doblete del lobby del trébol en el corazón de los Pirineos.

No hubo tiempo para más.

Hinault aguantaba y con él, Álvaro Pino, que en el sector de la tarde protagonizaría con Regis Simon la fuga hacia Pau, una fuga que cayó en manos del francés.

Imagen: www.stickybottle.com

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Ciclismo antiguo

#PodcastJS Los Tours de Francia de Pello Ruiz Cabestany

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Así nos cuenta Pello Ruiz Cabastany aquellos lejanos Tours

Hablar del Tour de Francia con Pello Ruiz Cabestany es viajar en el tiempo, viajar entre la carretera y el coche, entre los ochenta y los noventa, entre Hinault e Indurain.

Pello corrió siete Tours, logró hasta ganar una etapa y trabajó para la organización, granjeando una gran experiencia asentada en muchos años por Francia.

Una experiencia que nos condensa en esta charla que mantuvimos durante el pasado Tour.

Imagen: @globerismo

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El Izoard sólo dio alegrías a Indurain

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Izoard, uno de los colosos alpinos es «feudo Indurain»

Me han pedido que os hable del Izoard y de paso del gran Miguel Indurain, que os escriba, aprovechando nuestra aventura en Alpes, algún cuento de los míos en el que la narración os traslade, a través de la épica, la experiencia y la contemplación del paisaje, a «esta exigencia bestial que establece el margen entre lo difícil y lo terrorífico» (Jacques Goddet).

Tarea fácil si se trata de hacer una descripción «al uso». Más difícil si se intenta transmitiros el universo extraño que representa pedalear por un paraje lunar, aunque las fotos ayudan y de qué manera. Pero hay que ponerse en situación y meterse en la piel del ciclista para rememorar en primera persona lo que se siente al rodar por la Casse Déserte, ese lugar inmutable que, como ya os hablé hace un tiempo, espera devorar al avezado cicloturista que se atreva a entrar en su boca de colmillos cariados.

Creo que he empezado bien. La frase de Goddet refuerza la idea de lo que te puedes encontrar aquí. Para que me eche una mano en la composición del artículo también puedo contar con la cita de otro padre del Tour como Henri Desgrange: «El Izoard es una confusión interminable, cuando estás a punto de dominarlo y suspiras, giras una curva y de nuevo te lanza un nuevo reto que haría refunfuñar una mula«.

Seguimos. En un principio tengo dos opciones para enfocar el relato: por un lado, de una manera sencilla, explicaros de forma directa mi experiencia cuando lo ascendí por primera vez hace ya nueve años, y por otro, intentando rizar el rizo, exponer aquella aventura usando la técnica de la «ida de olla», dejando hacer las manos sobre el teclado a ver con qué letras puedo salpicar de negro la hoja en blanco.

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Describiros que un caluroso día de julio partía con mi Trek desde Briançon, con mucha ilusión y fuerza, para enfrentarme al legendario puerto, no lo encuentro lo suficientemente atractivo, ya que no me gusta tirar de rutinarias explicaciones como que la subida, de 20 kilómetros, se puede dividir con claridad en dos partes, en la que la primera me llevó a una aproximación fácil y rápida al pie del col, en el fondo del valle, transitando por el corazón del espectacular pasaje de les Gorges de Cerveyrette y la llegada al pueblo de Cervières para, a continuación, seguir con detalladas referencias sobre los 10 kilómetros finales, lógicamente los más difíciles, con rampas por encima del 10% y una pendiente media del 8, en los que el departamento de Altos Alpes había tenido la gentileza de identificarlos cada uno de ellos.

Habría continuado explicando que disfruté mucho ascendiendo entre las coníferas de un magnífico bosque de pinos, que escondían casas de madera y piedra con los tejados cubiertos de lárix, superando numerosas curvas en las que recuperaba un poco en esta sostenida cuesta hasta alcanzar el refugio de Napoleón. Os habría relatado con orgullo que alcancé su cima a 2360 metros de altura después de superar 1166 de desnivel y de haber disfrutado de preciosas vistas durante toda la escalada, un lujo de entorno en el que, según la luminosidad del día, el color de las montañas va cambiando.

Pero no es mi estilo, como he comentado, una crónica al uso.

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Sigo dándole vueltas al tema.

Y pienso… ¿por qué no ponerme en la piel de un gran campeón e intentar transmitir lo que puede sentir al coronar en cabeza y en solitario la Casse Déserte? Al fin y al cabo, cualquier cicloturista, cualquiera de nosotros, entusiastas de la bicicleta… ¿acaso nunca se nos ha metido entre ceja y ceja emular a nuestros ídolos y escalar uno de los puertos alpinos más importantes y que tantas veces hemos visto por la televisión durante la retransmisión del Tour? ¿Cómo nos vamos a resistir la tentación de acercarnos hasta aquí y efectuar esta gran ascensión en un escenario de ensueño donde los gigantes de la ruta de todos los tiempos han escrito la leyenda de la Grand Boucle?

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Así, os puedo hablar de una de las primeras escaladas, en 1925, cuando Ottavio Bottechia en su cima tuvo que bajarse de la bici para cambiar de piñón dándole la vuelta a su rueda, o del ataque de Jean Robic a Pierre Brambilla, en 1947, para pasar en cabeza el Izoard, o de la tremenda pájara que pilló en sus rampas en 1939 René Vietto.

Puedo seguir narrando las proezas de Coppi, Bartali y Bobet en este singular universo, o del maillot amarillo del 51, Hugo Koblet, que ascendió tan rápido y sublime que los periodistas de la época lo compararon con una gaviota, o de Bernard Thévenet que entró como los grandes en la apocalíptica galería, o del año 86 cuando asistimos a la coronación de LeMond, «cosquilleando sus pedales», atacando a Hinault en la Casse Déserte, por no hablar de los duelos del año 2000 entre grandes escaladores como Virenque y Pantani poniendo en apuros a un tal Lance Armstrong que sabía que transitaba por un lugar sagrado en el Tour. O también del vuelo del Andy, cuando el Galibier se dejaba entrever entre la bruma.

Sin embargo, si tuviera que reseñar una mítica etapa, por lo que fue, cómo fue y lo que representó, lo habría hecho sobre el desmelenado ataque de Miguel Indurain para ganar el Dauphiné Libéré de junio del 96. No hubiera entrado en muchos detalles porque la carrera la podéis disfrutar completa en YouTube, penúltima jornada que finalizaba en Briançon tras las escaladas de Allos, Vars e Izoard.

En aquella prueba a Jalabert, los franceses, lo situaron a la misma altura que a nuestro Miguel, dando por hecho que acabaría ganando el «pequeño Tour» y colocándolo como gran rival para evitar una sexta victoria consecutiva de nuestro campeón. Pero sólo les separaban tres segundos en la general, a favor de Laurent. En el video podéis rememorar como aquel día Indurain lanzó un fuerte ataque como él solía hacer: a fuerte ritmo, a bloque y con reiteradas aceleraciones. Sólo le pudieron seguir Rominger, Leblanc y Escartín ya que Jalabert no pudo aguantar la embestida de Miguelón, completamente desatado, echando a todos sus rivales uno por uno fuera de la carretera, incapaces de seguir su impresionante cadencia. Pasó el primero por la cima del Izoard, con 20 segundos de diferencia sobre sus perseguidores y 2 minutos con respecto al líder de la ONCE que había entregado la cuchara. Una carrera para el recuerdo.

Casi sin darme cuenta veo que sin querer estoy llegando al final de la exposición. Deambulando de lado a lado de la habitación, echando de vez en cuando la mano a mi portátil, recordando que desde Coppi y Bobet hasta hoy, un sinfín de ciclistas y cicloturistas anónimos cada verano han escalado este col reescribiendo la leyenda de esta inquietante ruta que se inauguró por razones militares nada menos que en el año 1893.

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo

Imagen tomada de http://alpinecols.com/

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¿Qué Iván Sosa tendremos en Movistar?
El Nairo que iba a por generales???
O el "coleccionista de cumbres" que fue Piepoli?

https://joanseguidor.com/ivan-sosa-movistar/

A Bahrain le atribuyen el uso tizanidina para el mejor descanso de sus ciclistas. No es una substancia prohibida pero su uso se ciñe a hospitales...
Y ahora qué???
Debemos atribuir su temporadón a esto???
Dónde queda su trabajo y planificación???

https://joanseguidor.com/bahrain-tizanidina/

Qué triste que el Tour haya marginado las etapas largas, sin ellas perdemos incertidumbre y factor sorpresa en el desenlace.
El ciclismo siempre ha sido un deporte de fondo y esa etiqueta ha quedado en la historia.

https://joanseguidor.com/tour-2022-etapas-cortas/

Horita con Pello Ruiz Cabestany, también @viciosport,hablando de los Tours que corrió y que vio desde el coche, aquí sale hasta el Tato de Hinault a Miguelón en ese ciclismo en el que las diferencias se controlaban con el "rabillo del ojo"

https://www.ivoox.com/tours-pello-ruiz-cabestany-audios-mp3_rf_77120042_1.html

¿Qué Iván Sosa tendremos en Movistar?
El Nairo que iba a por generales???
O el "coleccionista de cumbres" que fue Piepoli?

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