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Ciclismo antiguo

“Hautacam”, por Bjarne Riis

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DT – 2022 post

Veía a Zülle nervioso, mirando a su alrededor, inquieto, como si estuviera a punto de atacar. Estábamos llegando al pie de los 13,5 kilómetros de subida que conducen a Hautacam, con una pendiente media del 7,8%. Allí se iba a decidir el Tour de Francia: en tan solo 13 kilómetros de escalada, durante los cuales tenía que batir a mis rivales lanzando el ataque decisivo que demostrara que aquella carrera era mía y que yo merecía llevar el maillot amarillo.

El inevitable ataque de Zülle no tuvo otro efecto que estimular a Indurain, quien aumentó el ritmo para intentar deshacerse de los corredores más débiles del grupo. Puse a Bölts y a Ullrich a marcar un ritmo aún más elevado. “A tope hasta que no podáis más”, les dije, “luego llegará mi turno”.

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Me descolgué hacia la parte trasera del grupo para observar los rostros de mis rivales. Estudié sus desarrollos, qué piñón estaban moviendo, y me fijé en si cambiaban muy a menudo, un buen indicador de si les estaba costando encontrar su ritmo. ¿Se ponían de pie más a menudo de lo que solían? ¿Les quedaban balas en la recámara? Me di cuenta de que todo el mundo iba casi fuera de punto, al máximo de sus pulsaciones, cosa que genera mucha tensión y te lleva rápidamente al límite. No parecía que pudieran aguantar mucho antes de que el ácido láctico empezara a agarrotarles las piernas. Había llegado el momento de poner en práctica todos los trucos que Fignon me había enseñado a la hora de analizar el estado de mis rivales. Sabía qué síntomas tenía que acechar. Una parte importante de mi trabajo era estudiar la competición. ¿Se sentaban en el sillín de forma rara? ¿Tensaban los músculos del cuello? ¿Apretaban los dientes? ¿Resoplaban? Deduje que lo estaban pasando mal. Rominger sin duda, así como Berzin.

Lancé un ataque, obligándolos a exprimirse todavía más. La joroba de Rominger se hizo más prominente. Olano se sentó todavía más en la punta de su sillín, y Berzin se las veía y se las deseaba para mover un desarrollo demasiado grande. Los hombros de Induráin parecían hundidos. Era un buen síntoma de que estaba a punto de explotar, tal y como yo pretendía. Los cambios de ritmo habían hecho mella en el defensor del título, quien hacía un buen rato que iba al límite. Yo no había lanzado todavía un ataque al cien por cien de mis posibilidades, así que todavía me quedaban balas en la recámara, pero yo era el único que lo sabía. Volví a atacar enseguida, cosa que bastó para soltar a Olano y a Berzin. Ya llevaban demasiado rato fuera de punto. Tras unas cuantas aceleraciones más aflojé hasta casi detenerme y puse el plato pequeño para dar a entender que yo también estaba sufriendo. Pero inmediatamente volví a poner el plato grande y aceleré otra vez, y en aquella ocasión fue Indurain el que se quedó.

Mi desarrollo secreto los había hundido. Podía verlo en sus miradas. Cada vez que había atacado lo había hecho con el plato grande, mientras que ellos sufrían para mover el pequeño. Aquello les hizo creer que yo iba cómodo con el plato grande y que estaba demasiado fuerte. Con mucha gasolina en la reserva y con las riendas de la etapa en mis manos, aceleré por última vez y me marché en solitario. Nadie pudo seguirme. Se había acabado. Habiendo roto a mis rivales con mis ataques previos, me dediqué a darlo todo, seguro de que ninguno iba a poder alcanzarme.

Subí en solitario los últimos siete kilómetros. Tenía el Tour en mis manos. Virenque, Leblanc, Laurent Dufaux y Leonardo Piepoli intentaron organizar un grupo perseguidor, pero era demasiado tarde, y estaban demasiado agotados como para tener alguna posibilidad de echarme el guante. Aunque mis esfuerzos también me estaban pasando factura, y los últimos kilómetros se me hicieron eternos. Lo había dado todo, y mis piernas empezaron a arderme mientras resoplaba agitadamente. Tuve que autodisciplinarme y concentrarme en pensar que cada segundo ganado me acercaría más a la victoria final. Tuve que hacerme amigo del dolor, aceptarlo y no dejar que se impusiera en mi cerebro ni en mi cuerpo. Lo aparté a un lado, me convencí a mí mismo de que podía mantenerlo a raya durante un par de minutos más.

De hecho, durante los últimos cinco kilómetros continué aumentando mi ventaja porque pude mantener la velocidad, hacer caso omiso del dolor y obligarme a seguir hacia arriba. Al llegar a la pancarta de los últimos 500 metros me invadió un sentimiento de euforia, y el subidón de adrenalina mitigó el dolor de mis piernas. “Llevas más de un minuto de ventaja”, me gritó Godefroot desde el coche del equipo. Dejé que me invadiera la alegría y el orgullo y me permití hacer una verdadera celebración, besando mis índices y señalando con ellos al cielo. “Ahora sí que puedo considerarme el mejor”, me dije. Había conservado el maillot amarillo e incrementado mi ventaja sobre el segundo clasificado, Olano, hasta los dos minutos y 42 segundos.

Miguel Indurain había sido hasta entonces el jefe indiscutible del pelotón, gracias a sus cinco victorias consecutivas en el Tour, entre 1991 y 1995. Para mí siempre será un gran campeón. Su derrota de 1996 la asumió con dignidad. Otros corredores con menos clase en una situación similar habrían dado rienda suelta a su ego y a su orgullo, y habrían abandonado la carrera en vez de prolongar su sufrimiento, pero Indurain no era de esa calaña y prometió continuar luchando. Al día siguiente llegábamos a su ciudad, Pamplona, y yo quería reconocer en público la categoría de aquel hombre. Indurain hablaba un poco de italiano y de francés, así que no teníamos muchas posibilidades de comunicarnos, pero siempre me pareció una persona excelente.

Extracto del libro “Nubes y claros”, la autobiografía de Bjarne Riis (Cultura Ciclista)

Imagen tomada de http://www.temquesuar.com.br/

INFO

Hablando de Hautacam, os presentamos Cucu Barcelona…  

maillot-hautacam… una marca que reúne moda, elegancia y pasión por el ciclismo en todas sus prendas. Una bocanada de aire fresco con la cultura ciclista como centro de gravedad y la idea de permitir a los amantes de este deporte lucir su pasión tanto encima de la bicicleta como en su día a día.

Cucu Barcelona no cree en ese maillot únicamente funcional y usado como pancarta publicitaria, quiere ir un paso más allá. Para nosotros los diseños cuidados y sobrios son la mejor manera de transmitir la belleza del ciclismo, y el toque retro de nuestros maillots homenajea los primeros años de este deporte, donde la épica era una constante.

Alpe d’Huez, Hautacam, Galibier, Tourmalet, Mont Ventoux, Angliru… los puertos más míticos de la historia del ciclismo colman los diseños de nuestros maillots y la línea de ropa urbana. De este modo, el sello distintivo de Cucu Barcelona resulta ser la cultura ciclista sumada a la elegancia de la moda convencional. Una apuesta diferente, una apuesta por la pureza del ciclismo.

Toda la información: www.cucubarcelona.com

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4 Comentarios

4 Comments

  1. Carolina

    24 de julio, 2014 En 15:10

    Aún estoy leyéndolo. Pasmada ando con lo que ha sido la vida de este ciclista.

  2. Francisco Bonilla

    31 de julio, 2014 En 19:43

    Así que le dolían las piernas, menos mal.

  3. philip

    12 de abril, 2020 En 16:54

    lo siento pero ni he perdido ni perderé tiempo leyendo artículos sobre corredores dopados como riss y lance armstrong.

  4. Bernat Costa

    15 de julio, 2020 En 19:06

    Eso iba a decir, paso de dopados. Conocí a ese tipo y es un impresentable.

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Ciclismo antiguo

Angel María de Pablos: «Fignon me dio una entrevista en español sin problema»

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DT – 2022 post

Al habla Angel María de Pablos con Pello Ruiz Cabestany sobre las sutilezas de la narración ciclista

En los días más duros del confinamiento por el Covid, hace más de dos años, las reposiciones de ciclismo fueron uno de los momentos más esperados de la jornada, un instante que aguardábamos cada tarde y que nos llevaba, entre otros sitios, a los años ochenta con la voz de Angel María de Pablos.

Para muchos fue un descubrimiento, una voz radiofónica en Televisión Española, perfectamente modulada y cargada de poesía que nos narró el primer ciclismo que recordamos.

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Angel María de Pablos y Pello Ruiz Cabestany, ciclista por aquellos años, nos ayudan a reconstruir la vida del narrador de las Vueltas de Pino, Perico, Belda Hinault y Marino.

Cabe recordar que Angel María de Pablos empezó como redactor de ciclismo del Norte de Castilla, en el Trofeo Virgen del Carmen, en su provincia de Valladolid.

Ha pasado mucho tiempo, tanto que sólo cabe recordar que aquel día compitió un tal José Pérez Francés, del que hablaban maravillas, pero que no era profesional aún.

Era entonces un chaval que casi no había cumplido la mayoría de edad y ahí empezó, contando el ciclismo en vivo y directo desde el coche.

Con Angel y Pello, transitamos, por las sutilezas de la narración ciclista, una habilidad de la que el periodista vallisoletano hizo un arte que despertó el interés del mismísimo Miguel Delibes.

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Este podcast cuenta con el patrocinio de Tuvalum.com

Tuvalum es la web líder en Europa en compraventa de bicicletas de segunda mano certificadas y revisadas por mecánicos.

Si quieres vender tu bicicleta, súbela a Tuvalum y en 48 horas te la tasan y te hacen una oferta de compra directa. Ellos se encargan de todos los trámites, recogen la bicicleta en tu domicilio y te hacen el pago en tu cuenta bancaria. Sin tener que quedar con desconocidos.

Y si lo que quieres es comprar una bicicleta, en Tuvalum tienes el mayor catálogo con la mayor garantía, porque todas las bicicletas usadas son revisadas por un equipo de mecánicos y se entregan con 12 meses de garantía.

Si estás pensando en comprar o vender una bicicleta, Tuvalum.com.

 

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Ciclismo antiguo

Tres de los ciclistas muertos en la Primera Guerra Mundial ganaron el Tour

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Recordamos alguno de los ciclistas que perecieron en la Primera Guerra Mundial

El día 28 de junio de 1914 se marca como la primera jornada de la Primera Guerra Mundial, una máquina de destrozar generaciones y sueños de la que los ciclistas no fueron ajenos.

Mucho menos divulgada que la segunda, aquella conflagración fue una barbarie tan grande y tan mal resuelta que dio origen al segundo capítulo, veinte años después en unos de los ciclos más horrendos y espeluznantes de la historia de la humanidad.

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El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa a manos de un estudiante nacionalista serbio abrió la veda.

Luego los imperios centrales entrarían en conflicto con las naciones aliadas dándose diversos escenarios al mismo tiempo donde perecieron millones de personas en batallas interminables e irresolutas.

Años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, el Tour había nacido con salud, fervor y los primeros grandes ciclistas de la historia   

Los nuevos tiempos cabalgaban en bicicleta, ese elemento ya menos exótico que pasó de pulular por las ciudades a estructurar competiciones y apuestas integrales donde grandes diarios se lo jugaban todo a eventos deportivos.

Así nació el Tour y así crecieron sus primeros héroes, dándose la circunstancia de que tres de los ciclistas pioneros de la carrera acabarían sus días en el fragor de la Primera Guerra Mundial.

Hablamos de la terna formada por Lucien Petit-Breton, François Faber y Octave Lapize.

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Entre los tres escribieron el palmarés del Tour desde 1907 a 1910 y los tres encierran historias de excepción.

El nombre real de Lucien Petit-Breton fue el de Lucien Georges Mazard, si bien pasó a la historia, incluso al palmarés del Tour con el apodo de pequeño bretón.

Hablamos de un excelente pistard de la época, que vivió tiempo en Buenos Aires y que pudo batir el récord de la hora en el mítico velódromo parisino de Buffalo, el mismo lugar donde Henry Desgrange lo fijó por primera vez a finales del anterior siglo.

Petit-Breton superó los 41 kilómetros en sesenta minutos antes de ganar el Tour por doble ocasión, siendo el primero en lograrlo en la historia.

Durante la I GM, en 1917, sería herido en las contiendas de Vouziers, el lugar donde falleció un piloto llamado Rolland Garros.

Al poco tiempo, fruto de las heridas fallecería en el hospital de Troyes.

François Faber fue luxemburgués, el primero en ganar el Tour esta carrera antes del legendario Nicolas Frantz.

Faber ganó la edición de 1909. En su condición de no francés estuvo adscrito  a la Legión Extranjera de Francia tomando parte en la Batalla de Artois, en el norte del hexágono, no muy lejos de Roubaix.

Allí, en 1915, fue informado de que iba a ser padre, pereciendo en el momento de la celebración de la nueva en la trinchera.

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Una bala alemana le dio muerte.

Un fatal descuido que le impidió conocer a su niña.

Autor de la famosa frase de “sois unos asesinos” fruto de la primera travesía pirenaica del Tour entre lobos acechantes en las cunetas, Octave Lapize había ganado la edición de 1910.

Sargento del ejército francés, pereció en Pont-à-Mouson en 1917 durante un combate aéreo.

En su epitafio se puede leer: “Muerto por Francia”.

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Tour 1985: La prioridad siempre fue Hinault

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Así fue el Tour 1985 de Hinault, el último ganado por un francés

Cuando Bernard Tapie ideó La Vie Claire y envió una oferta a Greg Lemond, nunca escondió otro objetivo que el Tour de 1985 iba a ser para Bernard Hinault.

Tras dos años de dominio del insolente parisino, Laurent Fignon, infringiendo dolorosas derrotas al que había sido su mentor, en especial en el Tour del año anterior, era el momento para que Hinualt acudiera raudo a su cita con la historia, pues el de 1985, iba a significar su quinto Tour.

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Hinault quería silla en la mesa de Merckx y Anquetil en una gesta que es el mito del ciclismo, los cinco Tours

Hablamos de una dificultad tal que, desde entonces, sólo Miguel Indurain se ha sumado a la fiesta, y vamos camino de los cuarenta años de esta efeméride.

En todo caso nunca se escondió que 1985 era el quinto turno de Hinault en la carrera francesa.

Así se le hizo saber a Greg Lemond, quien habría de dar un paso al lado en el liderato y dejar al ídolo bretón llevarse los honores con una condición, que al año siguiente Bernard le devolviera el favor a Greg.

Todos sabemos lo que sucedió en el Tour de 1986, icónico, antológico y maravilloso, pero poco se recuerda del anterior.

Y es que hay en la vida una cosa que se llama juventud que cuando entra en brillo, todo lo demás languidece.

Eso se debió pensar viendo a Hinault yendo a menos según avanzaba la carrera hacia París.

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Cada vez más justito, Hinault demostraba problemas para estar con los mejores, al tiempo que Lemond iba preguntando ¿qué hay de lo mío?

En la famosa etapa de la niebla de Luz Ardiden que gana Perico, Hinault va con lo justo.

Lemond se ve en cabeza con Chozas y Roche con su líder a un minuto.

El americano ve el panorama y pide permiso para ser más activo en el corte, la respuesta es tajante, desde el coche Paul Koechi, el director de la historia que más sapos ha debido tragar, le dice que ni se le ocurra .

Al día siguiente, en la mini etapa del Aubisque que gana Roche, la historia se repite, la respuesta es la misma.

«Greg, te jodes, pero no»

Bernard Hinault iba atufado, al punto que de aquellos días surgió aquella curiosa «amistad» con Lucho Herrera y la complicidad de ambos en carrera.

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Lemond obedece porque no le quedan más opciones, tiene la promesa de Hinault: «Tras el Tour de 1985, te ayudo a ganar el siguiente«.

Una promesa de campeón es complicada de tragar y Lemond nunca tuvo claras esas intenciones, de hecho a los hechos nos remitimos.

«El año que viene volverá Fignon -por desgracia tardaría más en regresar- y si él está Hinault no querrá quedarse fuera» dijo Lemond, medio convencido de la promesa de su compañero.

En todo caso, que Hinault ganara ese Tour tiene hoy su relativa importancia, pues estaríamos un año más cerca de la última victoria francesa en el Tour.

Imagen: Reddit

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Tour 1983: Angel Arroyo le dio la vuelta a la tortilla

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Aquella crono de Ángel Arroyo cambió la suerte española en el Tour

Permitidnos irnos 39 años atrás, al Tour de 1983, la carrera que, como hemos leído tantas veces, lo cambió todo para el ciclismo español, aunque si tuviéramos que tomar un día, hablaremos de ese del Puy de Dôme, de la crono de Ángel Arroyo y los grandes mitos que se derrumbaron en esa subida.

Para quienes no estén en sintonía, me gustaría invitaros al podcast que hicimos hace unos días con Pello Ruiz Cabestany y Ángel María de Pablos.

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Si al primero, seguro le tenéis ubicado, al otro deciros que fue la voz del ciclismo en TVE cuando ésta se adentraba en caravanas por media España a razón de la Vuelta.

Angel, como Pello, guarda recuerdos de esos años que deposita en una pieza sonora que es una joya y que, entre otras cosas ubica dónde estaba el ciclismo español hace más de 40 años.

Tras Tours de grandeza y notoriedad con Luis Ocaña, entre otros, llegaron vacas flacas que dejaron al ciclismo español completamente al margen de la elite mundial.

«Ir al Tour era un fastidio, todo el día a mil por hora y encima mal pagado» viene a comentar Pello en este podcast.

«Otro día de calor en Burdeos y los españoles sin aparecer» recuerda Angel de aquellos días.

No sé si la imagen es del Tour de 1983, pero tanto da, muchos de los que ahí salen son artífices de ese salto adelante que devolvió España al mapa del ciclismo mundial y consiguió torcer las cosas.

Para quienes nos atribuyen hostilidad para con Abarca, hoy gestor del patrocinio de Movistar, que vean que, recordando estos momentos, tenemos buena memoria.

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De aquella historia hubo un día muy glorioso, único diría yo.

Fue el 16 de julio de 1983, y la etapa, la cronoescalada al Puy de Dôme

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Entre Clermond Ferrand, la patria de Geminiani, y el Puy de Dôme, no hay más que quince kilómetros, los suficientes para que Ángel Arroyo escriba la historia en letra gruesa.

El abulense vuela en la subida al gigante prohibido del Macizo Central, por carácter militar y gana una etapa cuyo podio completa Pedro Delgado, Perico, el mismo que días antes había impresionado en las bajadas de los Pirineos.

Arroyo, descalificado en la Vuelta del año anterior, un día después de su conclusión, se redimía con un ejercicio en solitario que mejoró en 13 segundos el tiempo de Perico y en casi medio minuto el de Patrocinio Jiménez.

El futuro ganador de aquel Tour, Laurent Fignon se dejó casi dos minutos.

A más de cuatro minutos del líder, el desafortunado Pascal Simon, quien arrastraba las molestias de una caída que le acabaría por obligar al abandono, Arroyo iniciaba la reconquista del podio del Tour, que acabaría pisando en París.

Sólo le quedó por remontar a Fignon, aquel rubio era demasiado aquellos días, aunque la cosa hubiera sido diferente si en el camino de Ángel no se hubiera cruzado un tal Van Impe, que jugó a lastrarle en la etapa de Morzine, la misma en la que Perico se agarró el globo que le sacó de un podio que tenía casi seguro.

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