Ciclismo
Van Aert ya no sale en las fotos de Van der Poel
La brecha entre Van der Poel y Van Aert se ha vuelto insostenible para el segundo
Ya lo dijimos hace un tiempo, la distancia entre Van der Poel y Van Aert estaba en máximos históricos.
La estampa de Mathieu van der Poel alzando los brazos en la Tirreno-Adriático es la síntesis de un dominio que ha dejado de ser una alternancia para convertirse en una tiranía deportiva.
En esa foto falta alguien, o mejor dicho, sobra un vacío que antes ocupaba Wout van Aert.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el duelo entre ambos era el motor que movía el ciclismo moderno, una rivalidad que parecía escrita en mármol y que tuvo su punto de inflexión cuando el belga le birló aquella San Remo por un tubular.
Pero ese equilibrio se ha roto de forma cruel.
Mientras el neerlandés ha sabido pulir su instinto hasta volverse infalible, gestionando sus esfuerzos con una precisión quirúrgica para aparecer siempre en el encuadre del éxito, Van Aert parece haber quedado atrapado en un bucle de infortunios que desafía cualquier lógica competitiva.
La distancia que hoy separa a los dos colosos no se mide solo en vatios o en el palmarés acumulado, sino en el aura que desprenden.
Van der Poel ha crecido hasta alcanzar una dimensión de infalibilidad que asusta; corre con la confianza de quien sabe que el final de la historia ya está escrito a su favor.
Por el contrario, la trayectoria de Van Aert se ha ido poblando de sombras, caídas y una mala fortuna que se ha vuelto estructural.
¿Cambiará esta primavera?
No lo sé, pero es doloroso observar cómo uno vuela hacia la leyenda mientras el otro se ve obligado a reconstruirse tras cada golpe, encadenando percances que minan la moral de cualquier atleta. Lo que nació como un pulso de igual a igual en el barro del ciclocrós y se trasladó con la misma intensidad a la carretera, hoy presenta una asimetría evidente.
El neerlandés no solo gana, sino que lo hace con una solvencia que minimiza a sus rivales, convirtiendo finales caóticos en exhibiciones personales.
En esta Tirreno vemos otro paso en ese proceso de maduración donde el talento salvaje se ha aliado con la eficacia extrema.
Al otro lado queda el ciclismo de las desgracias, la cara amarga de un deporte que no tiene memoria y que ha sido especialmente severo con un Van Aert que parece no encontrar la salida del túnel.
La brecha es real y profunda: mientras uno habita en la luz constante del triunfo, el otro pelea contra los elementos en una resistencia que parece no tener fin ni recompensa a la altura de su clase.
Imagen: FB Tirreno Adriatico





