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Julian Alaphilippe

Julian Alaphilippe y los corredores valientes

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El límite de Alaphilippe en el Tour siempre da un paso más allá

A los pocos segundos de cruzar la meta sobrado, muy sobrado, Julian Alaphilippe, un paracaidista con la tricolor se echaba sobre el cielo de Pau.

Le esperaba Emmanuel Macron en el podio al maillot amarillo que ahora es «maillot jaune», otra vez, tanto tiempo después.

No podía ser más gabacha la escena y el relato.

¿Ganará el Tour Julian Alaphilippe?

Complicado decirlo, pero ahí está.

Le llaman Dartacnan, es el corredor de moda, de antes, durante y después, de este Tour que llama a la puerta del Tourmalet.

 

Una crono de esas que puede marcar la suerte de más de uno, una crono que no ha dado grandes diferencias entre unos cuantos, a excepción de los Movistar, Landa y Nairo, que pueden dar suerte que este ciclismo moderno margine las cronos.

Pero dejadnos que nos deleitemos con lo de Julian Alaphilippe y el ciclismo espectáculo, ese ciclismo que no entiende de ahorros ni guardar, ni de pinganillos, ni mierdas que nos dejan el corazón frío.

Es el ciclismo de Julian Alaphilippe y de Thomas De Gendt, un ciclismo que te pone en escorzo en el sofá, sí en el sofá, que te hace sudar, que te abre los ojos y el ánimo.

 

 

La victoria de Julian Alaphilippe es de justicia poética, de un ciclismo «indigno», como alguno lo tacha, cuando en la primera jornada de montaña nadie se mueve o se deja hacer.

La victoria de Alaphilippe no queda en el olvido, es tremenda, extraordinaria, tan grande como las dudas que nos genera este ciclista de una polivalencia que no veíamos desde ¿cuándo? ¿desde Jalabert?

El «Recomendador» de Tuvalum, ese amigo fiel

Jalabert tocó techo en el Tour el año que quedó cuarto, pero su recuerdo queda siempre en la retina, su grandeza es imperecedera.

Julian Alaphilippe bebe de esas aguas.

 

Que le quiten lo bailado al maillot jaune, es líder, capo de la mejor carrera del mundo, a la salida de la primera mitad de la misma, con cosas importantes ya en el camino.

Para el líder le queda el sabor del triunfo, de las dos etapas, del maillot amarillo que colgará en su habitación, pero le queda lo conseguido.

Recuerdo una crono estratosférica de Alaphilippe en una París-Niza y desinflarse al día siguiente…

¿Qué ocurrirá ahora?

Pues que Deceuninck tiene la tostada encima de la mesa que muchos planteaban para Movistar.

Y ¿Enric Mas?

Una crono excelsa, de verdad, pero con el líder en casa.

Un líder que es la cuadratura del círculo: la estrella de la carrera, ganador de dos etapas, ídolo en Francia, renovado al alza por Lefevere…

Y Enric Mas, dicen, poniendo rumbo al Movistar. 

Es lo que hay.

 

Y en este percal ¿dónde queda Ineos?

Pues en una situación privilegiada, no sólo porque Geraint Thomas le saca un trecho a los rivales que sobre el papel le iban a discutir el Tour, también porque el equipo está fino, muy fino, por mucho que digan algunos que no es el de antaño.

Porque es difícil pensar que Poels esté en Francia y no se sienta top, como Kwiatko, como Castroviejo… 

No os engañéis estos están como motos, y en el Tourmalet lo demostrarán a más no tardar.

Mágico ciclismo, mágico deporte, el más bello, este Tour, que algunos llamaron indigno, está vivo y un puñado de gente con necesidad de hacer cosas ahí.

¿Un pronóstico?

Vemos a Geraint otra vez arriba, pero lo de Alaphilippe, este Julian, es de traca…

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Jakob Fuglsang

Alaphilippe & Fuglsang sí eligen el calendario que les conviene

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Si las grandes vueltas no son lo tuyo, mejor a otra cosa demuestran Alaphilippe y Fuglsang

Dándole vueltas al carisma, quién lo tiene, quién no, que si el Chava lo tenía, que si Landa lo disfruta… creo no equivocarme al decir que ahora mismo, el ciclista que mejor alinea el carisma a los resultados deportivos es Julian Alaphilippe.

El flaco francés es un tema recurrente en este mal anillado cuaderno, pero no por imposición del ambiente y sí por el admirable ejercicio que hace de su profesión.

El Tour de la Provenza que nos regaló ahí queda, una muesca más que sumarle a una historia de éxito y notoriedad con la que convive diríamos que casi adictivamente, le encanta salir en la tele.

Eso es innegable, como también lo es que sabe muy bien lo que hace y más leyendo lo que dice y cómo lo dice: «Toda carrera de aquí a Lieja será importante«.

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Una aseveración que no viene con palabras vacías, tenemos la certeza que el campeón del mundo que le disputa unos segundillos a Egan Bernal para quedar segundo en vez de tercero en la Provenza, vestirá de color, color irisado, cada participación que tome de aquí a Lieja, allá por finales de abril.

Vienen tiempos clave en la pandemia, pero bonitos para el universo cerrado y reducido del ciclismo, la primavera, la misma que nos robó el coronavirus hace un año, aunque sin público.

Y al menos cabe la satisfacción de poder disfrutar de lo que haya, y en lo que se celebre Alaphilippe promete ubicuidad: intentar repetir en San Remo, retomar Flandes donde lo dejó y optar, por fin, a la Lieja.

Todo eso, con un arcoíris enmarcándolo, si eso no es carisma.

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Rival hasta la extenuación de Alaphilippe hace dos años, el papelón de la Amstel fue lacrimógeno pero necesario, pues el danés iba al matadero con el francés, Jakob Fuglsang hace una excelente reflexión en la que demuestra ser muy consciente de sus limitaciones:

«Sé que las grandes vueltas tienen un gran impacto, pero si apuestas por ellas y te va mal, parece que la temporada no ha sido buena. El año pasado acabé sexto el Giro de Italia y se consideró un fracaso. La gente se había olvidado que había ganado Lombardía»

Así que con esa premisa, Fuglsang se va a los monumentos, a disputar etapas del Tour e intentar el oro olímpico, no olvidéis que hablamos de la medalla de plata en Río de Janeiro.

Con treinta y cinco años, Fuglsang tiene una de las trayectorias más longevas y curiosas del World Tour y ya tiene suficiente con el cartel de «vueltónamo»: no le cunde, no le sirve.

Fuglsang y Alaphilippe demuestran esa coherencia que tanto hemos echado de menos en otros, y no queremos señalar a nadie…

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Julian Alaphilippe

Este ciclismo necesita más Alaphilippes

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Con Alaphilippe siempre tienes más de lo que esperas

Este post ya lo habéis leído, sí, aquí, en este mal anillado cuaderno, este post sobre Julian Alaphilippe, su don de la ubicuidad, de llenarlo todo, de estar en portada, en titulares, lo habéis leído ya.

Aquí y en otros sitios.

Nos repetimos, lo sabemos, pero es una repetición gustosa, el día de la marmota, con Julian Alaphilippe siempre igual.

Desde que nos pusiéramos en harina el mes de agosto pasado lo dijimos en San Remo, luego en el Tour, donde no sólo gana etapa, viste y pierde absurdamente el amarillo, se pasa media carrera escapado, chupando cámara.

Seguimos por el mundial de Imola, un triunfo rotundo, luego Lieja y el show final en Flandes, cuando precipitó el duelo Van Aert-Van der Poel, antes de estamparse con una moto.

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En el Tour de la Provence, Alpahilippe abría fuego en su primera campaña a full de arcoíris escapándose a 70 kilómetros de meta, convirtió una etapa de trámite y final criminal trufado de de rotondas e isletas, en algo para recordar.

Lo hizo a su manera, de atrás adelante, cogiendo el mando a una eternidad de meta, sumando con los italianos Ciccione y Moscon, mareándoles a consignas durante la carrera, con gestitos, sí, gestitos que no pueden ocultar una actuación mayúscula, un rendimiento soberbio.

Les cazaron cuando se olía la línea de meta, pero mientras sus compañeros de fuga eran engullidos hacia atrás, Alaphilippe se mantuvo en cabeza, siguió en tensión hasta cerca de meta y ayudar en lo que fuera a Davide Ballerini, una bofetada ante la precipitación de Arnaud Démare.

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La de Alaphilippe fue la guinda a una actuación coral de un equipo en el que todos tuvieron su cuota

Como dijo Juan Carlos García en el balance, salvo Zdenek Stybar, todos brillaron en algún momento, desde los cortes de Lampaert y Cavagna, qué delicia verle rodar, al control de Asgreen y la ayuda de Mauri Vansevenant para su jefe.

Ballerini puso la guinda.

Eso fue el Deceuninck en el prólogo de Provenza, cuando esto no ha hecho más que empezar.

Qué bien le ha venido a este equipo la retirada de Boonen, entendiendo que con el astro belga todos estaban eclipsados, y jornadas como ésta demuestran el porqué de su lidererazgo en el casillero de triunfos.

Queremos más Alaphilippes, con sus defectos, gestos y teatro, corredores que tomen el mando, que acepten riesgos y den mucho más de lo que esperamos

En el ciclismo de la estandarización, el francés es un regalo en medio de a pandemia.

Imagen: ©Billy Ceusters

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Julian Alaphilippe

#Top2020 Julian Alaphilippe sólo puede gustarte

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Julian Alaphilippe
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Alaphiippe se ha propuesto ser y ha sido protagonista del año

Sabemos que con Julian Alaphilippe sucede una singularidad: la palabra indiferencia no existe en su diccionario, pero tampoco entre la afición cuando su nombre flota en el ambiente.
No será el mejor ciclista del mundo, tampoco en muchas de las facetas que componen este deporte, pero resulta omnipresente y abrumadoramente eficaz, un tipo de mirada que le delata que en tres meses de competición, ha protagonizado varios momentos top, sin olvidarnos que suya fue, allá por marzo, en una tarde de domingo lluviosa y heladora, la última gran exhibición ciclista antes del confinamiento.
Aquel Alaphilippe puso el cascabel al pelotón en la primera etapa de una París-Niza que no llegó ni a Niza, y ese mismo Alaphlippe ha sido protagonista estelar en la reanudación, desde su acoso a Démare en el campeonato francés y la derrota de San Remo ante Van Aert, al capítulo final en Flandes con el motorista.
Y aunque caigamos en el riesgo de volver sobre temas aquí ya escritos, la virtud de Julian Alaphilippe, al margen de la calidad que atesora, es la de estar, siempre aparecer, siempre dar que hablar, y eso en ciclismo entendido con la óptica clásica, no acaba de ser bueno, pero en el presente de redes sociales y gente despachando pasión, inquina y rabia a partes iguales, no es bueno, es buenísimo, significa alargar la inversión, hacerla más rentable, su cabe, y ponerla en valor.
Por eso no es sencillo pasar de puntillas sobre el fino francés y no torcer el gesto, sea para bien, sea para lo contrario.
Su campaña ha tenido de todo, en lo deportivo, pero en lo otro, ay en lo otro, ha sido casi el el hilo conductor de gran parte de lo noticiable que ha sucedido.
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Él por de pronto se sacudió la presión casi de inicio, el primer fin de semana de Tour, aún en Niza, sacando el manual de San Remo para ganar su etapa y el amarillo antes que la carrera hubiera roto a sudar.
Una pieza que estaba claro no le iba a durar hasta el final –pensar en el francés como aspirante al Tour no es objetivo– y que perdería por un avituallamiento de esos que demuestran que ni siquiera las figuras, pero tampoco los equipos, se saben el reglamento como deberían.
En todo caso, el Tour no acabaría para él: estuvo omnipresente, escapado casi todos los días, reventando, sucumbiendo al estrés de competirlo todo como si la vida le fuera en ello, pero sabedor que sus mecenas le estarían muy agradecidos.
Vestía, esos días, sin saberlo, por última vez en un año los colores del Deceuninck pues en el Mundial de Imola fue sota, caballo y rey.
La fórmula de San Remo que no le funcionó con Van Aert pero sí en el Tour, en Niza, le sirvió en la Emilia para llegar sólo al circuito de velocidad y calarse el arcoíris.

#Moment2020 El gran error de Alaphilippe en Lieja


Julian Alaphilippe le dio a la prenda irisada el estreno más surrealista posiblemente de su historia protagonizando una Lieja-Bastogne-Lieja de inicio a fin, llevándose las fotos en la salida y en la meta, abajo en el Boulevard, celebrando un triunfo que perdería dos veces: la primera por que Roglic no cejó hasta el final y el ganó en el golpe de riñón, por celebrarlo antes de tiempo, y la otra por el jurado que le vio perjudicar claramente a Marc Hirschi, el suizo que ha emergido para hacerle sombra.
A las dos semanas, el desordenado calendario finalizó en Flandes, tras armar la escapada clave y lanzar a los favoritos Van Aert y Van der Poel y acabar en el suelo por no esquivar una moto de carrera.
Incluso con dolor y cara de espanto, Alaphilippe no paró de figurar, de estar, ahí siempre, como el hilo que trenzó la temporada más trepidante de la historia.
Por sus piernas, sus carantoñas, sus trazadas imposibles, y los riegos que en ocasiones reparte por el grupo pasó una buena parte del ciclismo que hemos visto este veinte veinte.

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Julian Alaphilippe

#Moment2020 El gran error de Alaphilippe en Lieja

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Alaphilippe Lieja
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La imagen de Lieja acompañará para siempre a Alaphilippe

Hay llegadas que marcan una generación, de esas que por más vueltas que le das, no encuentras consuelo, finales como el de Purito en Florencia con Rui Costa o de Erik Zabel con Freire en aquella San Remo.

El ciclismo de gran fondo es un arte de resistencia y tenacidad bien mezcladas con la sapiencia de saber que la clave no sólo está en las sensaciones propias y sí en el paisaje, los rivales, sus sensaciones y las miradas que sabes te están escrutando.

El gran fondo tiene eso, que hace posible lo imposible, y en el carrusel de la vida, te pone cada día en un sitio diferente.

 

Qué ganas tendría Julian Alaphilippe de ganar la Lieja-Bastogne-Lieja para protagonizar ese final, tras más de 250 kilómetros para protagonizar ese final en la capital valona.

Qué ganas y que ingenuidad pensar que iba a resultar tan fácil.

Por que el último kilómetro de Alaphilippe en esta Lieja de septiembre, una semana después del mundial, dos tras el final del Tour, fue un manual que correrá por las escuelas de lo que no se debe hacer en la cumbre de una de las grandes del calendario.

Ahí llegaron cuatro, de los más fuertes del Tour, también del mundial para dar la medida de lo bonito que es un final de monumento en llano, tras una limada tremenda por las Árdenas y las fuerzas en zona roja.

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Alaphilippe irisado, se creyó la niña de todos los focos, trazaba raro, delante tenía rivales que sobre el papel debía ganar, pero era eso, sobre el papel, por que en el gran fondo, volvemos al inicio, corredores como Hirschi, Roglic o Pogacar te hacen un roto con una facilidad insultante.

Y a ellos les añadió, cómo no, otro esloveno, Mohoric, para complicarlo un poco más.

De esta guisa, el francés hacía alguna ese, ya de lejos, y esos quiebros eléctricos sacarían a Hirschi y Pogacar de la ecuación, inadmisible, corriendo como si la carretera fuera suya, echando por tierra una carrera bien ejecutada hasta ese momento, sabedor que no era el mejor en esos instantes, pero sintiéndose partícipe de la puja.

Ahí ya quedó sentenciado por los jueces, pero a la de éstos, se añadió el veredicto de Roglic quien aprovechó una celebración temerariamente temprana para acabar de ponerle en su sitio.

 

Alaphilippe es un ciclista que, gestitos y tonterías a parte, sólo puede gustarte, pero ese día encendió merecidamente la ira de la gente y la pólvora de las redes.

Si el ciclismo quiso estrellitas, ahí amortizó el maillot arcoíris, nada menos, en un malabar que acabó sin red, una historia que Alaphilippe llevará para consigo siempre y de la que echaremos mano como en su día Eric Zabel sembró el precedente ante el más listo de la clase, Oscar Freire.

Y es que para que eso ocurra, hay que ser un superdotado y el francés lo es, el perejil de todas las salsas…

 

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La Amstel que gana por los pelos Van Aert demuestra que cuando toma la iniciativa a veces tiene éxito y que si centrara la mira en las clásicas, sería casi imbatible.

https://joanseguidor.com/la-amstel-de-wout-van-aert/

#AGR2021

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