Ciclismo
Salida del Giro en Bulgaria
El Giro en Bulgaria: bonito de ver, vacío de contenido
Vaya por delante que a mi me gustan las salidas internacionales para las grandes vueltas, aunque empiezan a estirarse más allá de lo razonable.
La salida del Giro de Italia desde Bulgaria me despertaba, de inicio, esas reservas propias de quien ha visto demasiadas caravanas pasar por lugares remotos para no dejar luego ni el rastro del tubular.
No es que reniegue de la expansión; entiendo el negocio y la exportación del “saber hacer” italiano a parajes vírgenes, pero me invade a menudo la sensación de que estas incursiones en países sin pedigrí ciclista profesional son meros formalismos financieros.
Pasan, cobran, dejan el pozo de color rosa y se marchan, dejando al territorio igual de huérfano de tradición que antes de su llegada.
Sin embargo, el tránsito búlgaro ha tenido algo distinto, una estética que ha sabido entrar por el ojo.
No diré que Bulgaria se haya convertido de la noche a la mañana en una potencia o que el paso de la Corsa Rosa vaya a mutar el ADN deportivo de sus gentes, porque sería caer en una ingenuidad.
Hemos visto postales de una belleza incuestionable que han servido de lienzo para una carrera que, pese a la lejanía, se sintió bonita, por mucho que en lo deportivo, una caída haya copado los titulares.
Ni siquiera esas caídas, especialmente esa horrorosa de la segunda etapa, empañan el balance visual; accidentes de ese calibre, por desgracia, ocurren igual en la Itzulia de hace dos años pueden suceder en cualquier giro: El ciclismo es cruel en cualquier coordenada.
Lo vivido el domingo, con ese duelo al sol entre Paul Magnier y un Jonathan Milan que pecó de precipitación, ha sido el broche a tres días más costosos y accidentados de lo previsto, pero indudablemente plásticos.
Ver esas multitudes agolpadas para presenciar el desenlace de la etapa reconcilia a uno con la idea de sacar la carrera de casa, aunque solo sea por el impacto momentáneo.
Al final, el Giro ha cumplido su parte del trato estético.
Me cuesta creer que la estructura del ciclismo búlgaro vaya a experimentar un seísmo tras esta experiencia, ni que el país centroeuropeo vaya a poblar el pelotón internacional de repente, pero al menos el álbum de fotos del Giro 109 guardará un recuerdo digno de este inicio.
Mereció la pena por la estampa, aunque sepamos que, cuando la caravana cruce la frontera, en Bulgaria todo volverá a ser como antes.
Imagen: FB Giro d´Italia





