Ciclismo antiguo
Les Arcs vio la peor pájara de Miguel Indurain
Aquella tarde en Les Arcs, voló para siempre el sexto Tour de Indurain
Visto ahora entendemos que no era posible, no sólo por él, también por los muchos rivales que tenía, muchos de ellos mejores que él en esa carrera, pero aún me acuerdo del chute de adrenalina y optimismo que surgió de la hinchada aquella tarde de Les Arcs, cuando Miguel Indurain llegó roto a línea de meta.
Pero no sería posible, los cuatro minutos que le tocaba remontar ante Riis, Ullrich, Virenque, Dufaux y cia era mucho remar, incluso para un pentacampeón de la mejor carrera del mundo.
Poco o nada se podía presagiar sobre la suerte de Miguel Indurain en ese Tour de 1996 antes de llegar a Les Arcs.
Su dominio en la carrera había sido cada vez un poco mejor que el año anterior, e incluso esa temporada se había mostrado con mordiente y apetito, como se le vio en el Izoard en el Dauphiné.
Sin embargo, algo no marchaba para Miguel esos días, su musculatura, testigo mudo pero tangible de su estado de forma, acusaba en silencio las palizas de una primera semana de carrera inundada en agua y frio.
Así las cosas, la primera etapa importante de la carrera, un tránsito alpino con llegada inédita a la cima Les Arcs se hizo también con lluvia y frío.
El paso de los kilómetros ese día, por eso, no hacia sospechar nada del terrible final que nos aguardaba.
La carrera se había saldado con sustos como la caída de Johan Bruyneel por un terraplén, el líder Stephane Heulot llorando por tener que abandonar y Laurent Jalabert hundido en grupos traseros.
Un numeroso grupo afrontaba la subida final con la expectación de dónde daría el primer, y muchas veces definitivo, golpe Indurain.
Pero no, con un pelotón desprovisto de la ropa que les había abrigado durante la jornada, llamaba la atención el dorsal uno con unos guantes gruesos, como afelpados, y manguitos a final del brazo.
Llegados a cinco de meta, nadie se movía, lo que llevó a Rominger a probar a tirar, a ver qué pasaba.
Olano, en arcoíris, miró a Indurain y se percató que iba perdiendo plazas en un momento en el que todos esperaban verle volar en solitario.
Era el inicio del poema más triste del mundo, Indurain no sólo cedía plazas, estaba descolgándose.
En una toma aérea, la tragedia tomaba forma, el campeón vigente y el segundo el año pasado, Alex Zulle, quedándose al ritmo de Tony Rominger.
Como cuenta Carlos Tiguero en su libro sobre Miguel, el navarro iba zombi, ojos hundidos, pómulos marcados y lengua seca, sequísima.
Desde Gewiss le darían un bidón, pero no le valía, sólo portaba agua, él necesitaba sales, un chute potente y certero para seguir tirando hasta la cima.
El coche de equipo viene a socorrerle, pero los desperfectos son importantes.
La peor pájara desde Sestriere 1992 había tomado forma en el momento más insospechado, cuando todos esperaban ver volar al rey.
A diferencia de la estación italiana, que se pudo maquillar con la puesta del maillot amarillo, ésta era dura y áspera, una pájara para rompernos el corazón.
El ciclo más prodigioso jamás visto en el Tour tocaba a su fin,…
Imagen: Ciclo21




