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Mundo Bicicleta

Ciclismo en Flandes, por las rutas que construyeron la fe

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Ciclismo en Flandes JoanSeguidor
DT – 2022 post

Recortes peregrinos de una ruta que abrió para nosotros la profundidad del ciclismo en la tierra de Flandes

Nos cuentan que el «flandrien» es un ciclista duro, que compite hasta que su rostro se torna irreconocible, que cruza la meta con un brillo especial en la cara y el pelo húmedo, que angula sus brazos, acerca el mentón al manillar y baja la espalda porque no ve más acá del umbral del dolor.

Es un tipo que no se queja, que no mira al cielo cuando pone el pie en la ruta.

El «flandrien» auténtico» calzaba bicicletas de acero de trece kilos, llevaba el tubular a modo de chaleco y desparramaba su capacidad física, que no era poca, por el itinerario.

Oudenaarde JoanSeguidor

Ni Toni ni un servidor somos «flandriens», somos en todo caso, admiradores venidos del sur, para acercarnos lo más posible en esas sensaciones originales que cincelaron uno de los ciclistas más idealizados del universo de la bicicleta.

Nosotros no partimos hacia la conquista del Tour de Flandes, en todo caso, ser parte del lugar, donde no es difícil pasar desapercibido si vas en bicicleta.

El cielo está blanco, a veces azul «habéis traído el sol con vosotros» bromean, pero la lluvia nos va a respetar.

El frío flota en el ambiente, es noviembre, mediados, la hoja ha caído, y la que no mecha de ocre un paisaje por lo demás lineal, salpicado de alguna pequeña colina, que seguramente encierre algún adoquinado tramposo.

Son unos cinco grados.

Dries Verclyte, nuestro anfitrión de Cycling in Flanders, nos invita a una ruta por algunos de los parajes que cada año vibran no sólo con De Ronde, también con muchas de las grandes carreras del calendario belga y otras, las menores, que sirven para inocular este amor por el deporte, el paisaje y la tierra que en Flandes se llama ciclismo y que es una cultura que trasciende a lo meramente cotidiano.

ciclismo en flandes ruta en bicicleta JoanSeguidor

Los primeros kilómetros nos llevan de Oudenaarde hacia la base del Oude Kwaremont.

«Recibiréis un gratificante masaje y gratis» bromea Dries que aprovecha para señalar al horizonte: «Ahí, donde ese pequeño campanario blanco, tienes la cima del Koppenberg».

El ciclismo en Flandes es relajante: rodar sin más intención que respirar su aire, cortante por el frío, algo reseco, estamos a unos 100 kilómetros en línea recta de la costa, entremezclado con los «aromas» que vienen de las continuas granjas que dejas a los lados.

Es relajante por que no vamos enfilados en un pelotón con cien lobos jugándose el pan y por que el viento ese día estuvo en calma.

Los elementos también hacen el ciclismo de Flandes.

También lo es por el tráfico, casi inexistente en muchos tramos, con una completa red de carriles exclusivos para bicicletas que dejan ajeno a ese peligro que quita el sueño a muchos ciclistas.

Pronto llegaremos a la base del Oude Kwaremont, desde hace siete años, el punto clave en la decisión del Tour de Flandes, desde el momento que instaurara el circuito que actualmente decide la carrera.

Es una subida de dos tramos, unidos por un falso llano intermedio.

En él adivinamos que los laterales permiten «navegar» ajenos al adoquín, que es molesto, maltrecho, llevando tu ruta a un completo azar.

«Aquí no es tan importante la cadencia, como en los grandes puertos del Tour, aquí hay que tirar de cuádriceps, de fuerza, chepazos, parte central del manillar y para arriba» sugiere Dries en el asfalto que precede la subida.

El adoquinado tiene algo de «panza» por el centro, conviene irse a los lados, pero no mucho para no correr la suerte de Peter Sagan, a cuarenta por hora, cuando se enganchó a la valla y se fue al suelo Naessen y Van Avermaet con él.

Fue en la edición que ganó Gilbert, cincuenta kilómetros escapado, desde la escabechina de Boonen en la capila, Geraldsbergen, emblema que no podemos visitar, pues queda algo más alejado.

El Kwaremont queda atrás y viramos hacia el Paterberg

Si el primero se va a más de dos mil metros, éste no llega a los 400.

En su base, momentos antes de abordarlo, a nuestra derecha dejamos una granja, una más, podríamos pensar, per ésta es curiosamente de un animal andino, de llamas ¿qué haría ahí?

El Paterberg es un espejismo, una recta en mejor estado que el Kwaremont que parece una rampa de despegue, que gana desnivel según subes.

La inclinación final brilla, el sol ciego del otoño, casi invierno, flamenco, ilumina pero no calienta, le da al lugar un aspecto onírico que nos distrae de la verdadera dureza de la rampa.

En la cima del Paterberg tomaremos ruta a la izquierda, deshacemos por otra carretera el camino hecho, porque Flandes en estos lados, es estrecho, íntimo y revirado, un sorteo de curvas y contracurvas que pone en ventaja a la gente del lugar, de ahí que dos tercios de las ediciones De Ronde hayan sido para ciclistas del lugar.

De Ronde: Si el Kwaremont ha sido el muro + frecuentado el Paterberg tiene el desnivel + pronunciado, un 20,33% en su aliento final


Dries nos pone al corriente, vamos camino al Koppenberg.

Sobre el Kopperberg alecciona: «Ninguna otra carrera lo cruza, sólo el Tour de Flandes y eso que estuvo varios años sin subirse. Es sin duda el tramo más duro y en peor estado de todos los de la zona«.

Si una subida ilustra el ciclismo en Flandes es el Koppenberg.

Y así nos sumergimos en esa atmósfera que estrecha, recargada, no diría que asfixiante, pero sí mística, oscura, con recodos ponen en alerta nuestra máquina, una suerte de «toro bravo» que no se deja domar.

El Koppenberg es salvaje, el espacio es el que es, escaso y la estrechez obliga a ser certero en la trayectoria, más si eres parte de la manada de lobos que opta a la gloria en la meta de Oudenaarde.

Su pico de pendiente rebasa el 19%.

Ciclismo en Flandes Koppenberg JoanSeguidor

Nos sentimos «flandriens», no tanto por nuestro rendimiento, como por formar parte del paisaje, participar de la tortura de un firme hostil, cuyo hormigueo te acompaña durante los primeros metros de llano que siguen cada adoquinado.

Pero al ciclista medio le gusta sentir ese dolor que le aproxima sus ídolos, en un escenario que tiene árboles por techo y restos del reciente Koppenbergcross, el de «todos los santos» que tuvo lugar días atrás.

Coronar su recta final es haber atravesado el tramo más auténtico de De Ronde, un espacio para la ensoñación que habla de lo complicado que es todo esto para un pro.

«Decididamente son de otra pasta» convenimos arriba.

La ruta, perfectamente señalada de forma perenne, prosigue hacia la calle del Tour de Flandes.

La sucesión de ganadores escritos en el suelo, con su año, nos advierte de lo trascendente del lugar.

ciclismo en Flandes estatua creador del Tour de Flandes JoanSeguidor

Antes de llegar a la mitad, el memorial de Karel Van Wijnendaele recuerda al creador de la carrera, hace más de cien años, siguiendo el patrón de otras grandes competiciones ciclistas: ante la necesidad de contenidos que ayudaran a vender más diarios, se organiza una carrera que no era otra cosa que una vuelta a Flandes, en el más estricto sentido de la palabra, con salida y llegada a la ciudad de las tres torres, Gante.

324 kilómetros tuvo aquella locura en 1913, años previos a la Gran Guerra que tantos capítulos se cobraría en los campos de Flandes, los que hoy mecen el mejor ciclismo del mundo.

La ruta prosigue por las flechas del Tour de Flandes dirección la cota favorita de Tom Boonen, ahí donde siempre gustaba tensar la cuerda.

El Taaienberg es una recta de medio kilómetro en la que la primera selección tenía lugar.

El sitio de Tom, el corredor que venera una esta región entregada al ciclismo, el digno portador del tesoro que un día guardó Johan Museeuw, como Stijn Devolder, como Peter Van Petegem y esos contemporáneos que un día nos abrieron la puerta de ese sueño que es el ciclismo en Flandes por un viaje que justo acaba de comenzar.

Continuará…

 

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En Pailhères tendrás el puerto total

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DT – 2022 post

Pailhères fue el primer gran escenario de Nairo en el Tour

Un puerto soberbio, a 2001 metros de altitud con una magnífica carretera para ascenderlo tanto si lo hacemos desde Axat como desde Ax-les-Thermes. Admiración. ¡Oh! Pailhères, sí. Eso es.

Si tuviera que explicarlo lo primero que saldría de mis labios sería esta exclamación.

Asombro. Fue lo que yo sentí cuando lo ascendí por primera vez en julio de 2013, como cuando Nairo explotó en la grande boucle. Aquel año, aquel verano en el Tour. ¡Qué gran recuerdo! Estaba fuerte aquella temporada y quizás haya sido una de mis mejores ascensiones a un gran puerto, a todo un hors catégorie, donde yo encontré mi mejor golpe de pedal en uno de los escenarios más sorprendentes que yo pueda recordar. “De dibujos animados”, lo llaman algunos.

Shimano Sep 2022 – Post

Fascinación. Y eso que lo tuve que ascender con una corona trasera de 25, que era lo único que pudo ponerme el simpático alemán Wolfgang, mecánico de Focus, marca de bicis por la que había sido invitado a sentir toda una experiencia en la Grand Boucle. “Tendrás que tirar de piernas”, recuerdo que me dijo en su día, medio en alemán, medio en francés.

Seducción. A pesar del “dolor”, del sufrimiento en un día de sol radiante de mucho calor, el típico día de verano de la alta montaña del julio francés, decidí disfrutarlo, y vaya si lo hice.

Atracción. Aquella jornada nos pusimos en marcha tres alemanes, un inglés, un francés, un italiano y yo (sí, como en los chistes, je), iniciando desde Axat, bonito pueblo del Languedoc-Roussillon situado a 405 metros de altitud, y cruzando el puente sobre el Aude, una preciosa ruta de unos 20 kilómetros en suave ascenso dirección a Usson-les-Bains (785 m) pasando por una carretera encajonada entre rocas: el bello paso de Les Gorgues de St. George atravesando el Valle del Aude.

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Maravilla. A ritmo de cháchara y de risas, mientras pudimos, llegamos al cruce a mano derecha donde se desataron todas las hostilidades: los alemanes se descolgaron y yo me fui detrás del francés que inició la subida como alma que lleva el diablo.

Hechizo. Al final lo tuve que dejar y poner intermitente a la derecha porque aquel ritmo me iba a reventar. Además hacía muchísimo calor. Me preparé para sufrir, puse el 25 y para arriba, sin prisa pero sin pausa, notando el aliento en mi cogote de algunos que ya se me iban acercando.

Encanto. En Rouze (980 m), un pequeño descanso alivió mis piernas y me hizo bajar piñones. Pasado este pequeño suspiro las rampas volvieron a endurecerse. De pronto me giré y vi al inglés poniéndose a mi lado, asfixiado. Me adelantó unos 25 metros y se bajó de la bici. Abandonaba. No podía más. Yo seguí a mi ritmo, pasando mucho calor, pero más o menos bien. Luego supe que el resto también plegaron, incluido el italiano. Aquí también recordé la etapa del Tour de 2003, cuando un villano llamado Lance las pasó canutas en una jornada como la de aquel día, en plena ola de calor y a más de 30 grados: maillot abierto, boca abierta buscando aire, y mirada baja, que hizo que hasta se le desencajara el rostro y pareciera algo más humano.

Embrujo. Recuperando fuerzas, aprovechando un pequeño rellano entre agradecidas sombras de hayas, a mitad de puerto y a la salida de aquel bosque, es cuando pude contemplar hasta dónde tenía que llegar. Vistas impresionantes de la cima del puerto de Pailhères, en la que aún quedaban rastros de nieve en sus laderas rodeadas de verdes prados. Unas montañas bellísimas. Un paraíso pirenaico espectacular.

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Embeleso. Uno de los puertos más hermosos que yo haya ascendido nunca con esa poquita de razón ante tanta locura, porque Palhières (“la razón de la locura”) es así, te aprieta pero no te ahoga, te deja hacer sin que te vuelvas loco, sino padeces de síndrome de Stendhal porque es inmensa la belleza que se presentó delante de mí, algo que, por otra parte, hizo que mi sufrimiento encima de la bici lo tuviera bastante distraído a la espera de que por fin saliera la fiera de escalador que llevaba dentro, que por algún sitio tenía que estar, y pudiera vencer sin problemas al coloso.

Furor. Como siempre, de menos a más, y sobre todo en la zona de curvas, nada menos que hasta 19 según han contado algunos, es donde mejor me encontré y donde di mi mejor golpe de pedal. Así es, en los lacitos es donde más fácil subí.

Éxtasis. Ya estaba a punto de coronar. Las cunetas llenas de auto-caravanas y mucho público que jaleaban nuestro pequeño Tour particular, esperando el de verdad para el día siguiente. Una experiencia extraordinaria. En aquel momento estar rodeado de gente que animaba me daba alas literalmente, soltando el pedaleo, demostrando que iba bien, porque notaba ese empujón invisible que hizo que lo diera todo y coronara con fuerzas, tras 15 kilómetros de duro ascenso hasta llegar a los 2001 metros de altura.

Wolfgang, ¿cuándo volvemos? Pero como alguien dijo, la próxima vez «mon Dieu, ¡ponme un 28!»

Por Jordi Escrihuela

 

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El Circo de Litor es la antesala del Aubisque

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DT – 2022 post

Antes de coronar el Aubisque, el Circo de Litor aguarda al ciclista incauto

Del Aubisque ya hemos hablado de sus bicicletas gigantes, pero esta vez, la historia va por otros derroteros…

«¡Ohh…bisque!» -grité a los cuatro vientos.

Frené la bici. Una parada suave. Me quité las gafas y me quedé unos momentos en actitud contemplativa. Estaba en el Soulor después de un dulce ascenso atravesando el paradisíaco Val d’Azun, si bien los últimos kilómetros de subida de este renombrado puerto me habían exigido lo suficiente como para tomarme un respiro.

Las vistas a este otro lado del valle bien valían la pena y merecían olvidarme del tiempo y de mis pulsaciones: contemplaba el Pirineo en todo su esplendor. El paisaje se extendía frente a mí de una manera que pocas veces había visto.

Venía de Argelès-Gazost, buscando mi particular teatro de los sueños, esos que me habían llevado a imaginarme estar ahí, después de haber visto esas imágenes una y otra vez: cicloturistas disfrutando de la hermosa carretera colgante que comunica el Soulor con el Aubisque: la larga y estrecha cornisa del Circo de Litor, que se mostraba majestuosa ante mí y que había quedado al descubierto nada más poner pie a tierra. Un corte de precisión con bisturí en la ladera. Una cicatriz en la montaña. Una lombriz arrastrándose por la tierra.

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En mi recuerdo, la escena de aquellos mismos ciclistas atravesando un túnel natural abierto en mitad de la roca. Eran tantas las galerías de fotos que me venían a la mente, una detrás de otra, que era difícil quedarse con tan sólo una. Pero ya estaba allí, a 1474 metros sobre el nivel del mar, y lo admiraba con mis propios ojos.

Nada ni nadie me iba a impedir saborear de ese instante. Después de recrearme lo suficiente, aunque después siempre me supiera a poco porque el recuerdo que me dejó aquella panorámica en el tiempo fue muy fugaz pero a la vez muy intensa, me dispuse a seguir adelante.

Me coloqué las gafas y con pedalada fuerte inicié el suave descenso que me esperaba, un par de kilómetros que me iban a dejar a las puertas de la escalada decisiva al col de las bicicletas gigantes: 7,5 km al 5% de media. Me sumergí en el valle y me dejé invadir por mis sensaciones. Abrí los sentidos en aquella cinta de asfalto que bordeaba los escarpados picos, atravesando los míticos túneles tallados en la montaña.

Me sorprendió el segundo, oscuro, prolongado y angosto, no así el primero, apenas un suspiro rebasando el corazón del macizo de Litor.

Dicen los que la han visto que este tramo recuerda al primer acto de la película The Italian Job, pero la original, la del año 1969, un film de culto protagonizado por Michael Caine, en el que un Lamborghini Miura se estrella, saliendo de un túnel contra una excavadora, en una memorable carretera de los Alpes. Lo comprobaré.

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Inmerso entre altos acantilados de piedra caliza, el sueño de Napoleón III de cruzar el Circo de Litor (del griego λίθος -litos-) uniendo los balnearios de Pirineos entre Eaux-Bonnes y Argelès-Gazost se hizo realidad en el año 1860, abriendo la pared para salvar un desnivel de 200 metros de caída libre.

Un paseo de vértigo que no deja indiferente. Un teatro al aire libre que muestra su espectacular naturaleza en todo su esplendor y donde la belleza no se esconde. Un lugar tocado por los dioses, donde uno no sabe bien dónde dirigir su mirada.

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Podía elegir entre contemplar los caballos y las vacas que pastaban al lado de la carretera, o bien observar las ovejas merodeando por los verdes prados, rebaños de ganado que después proporcionan a estas tierras la excelente leche con la que elaboran sus afamados quesos.

Pero también había que pedalear con cuidado, no sea que a alguna de estas bestias le diera por echar una cabezada en mitad de la carretera. Algo habitual y peligroso, ya que podías encontrar una durmiendo en medio del túnel, único sitio llano donde lo pueden hacer. Así que ojo.

Mientras me dejé atrapar por la sintonía de una canción como Glacier, del compositor irlandés James Vincent McMorrow, que me sonaba una y otra vez en la cabeza, empecé a subir de nuevo por la pintoresca carretera: ”I wanna go south of the river, glacier slow in the heart of the winter” (“quiero ir al sur del río, glaciar lento en el corazón del invierno”, me repetía a mí mismo, aunque estuviera en verano y me dirigiera cuesta arriba hacia el norte.

Seguía sin saber dónde elevar mi mirada.

El escaparate del Circo de Litor está diseñado para nuestro completo disfrute. Este escenario me permitía deleitar con la visión del cielo, siempre espectacular, a veces soleado, otras nublado, o de la tierra, allá abajo, fijándome en las cabañas de los pastores y escuchando las campanas que suenan alrededor del cuello de las vacas. ¿Las oís?

18Por Jordi Escrihuela

Imagen: Bicis en ruta

 

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Países Bajos: un ancestral amor por la bicicleta

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DT – 2022 post

Así se vive la bicicleta en cualquier viaje por los Países Bajos

Poned un pie en Amsterdam, en los Países Bajos. Si usamos la vía normal será a través del principal aeropuerto del pequeño estado que ganó terreno al mar, Schiphol. Luego cogeréis un tren dirección estación central y allí accederéis a la vida normal de una ciudad que parece no dormir nunca.

Y lo veréis, un parking de varios pisos de altura donde se sitúan encajadas que digo cientos, miles de bicicletas, perfectamente acopladas, situadas y alineadas en grandes hileras.

Un espectáculo de civilización. Daréis dos pasos y os pitarán por izquierda y derecha, quizá hasta por arriba y abajo, son bicicletas que van y vienen. Gente de todas las edades, chicas con falda, ejecutivos con traje.

Todo armonía. Todo simple.

Shimano Sep 2022 – Post

Apreciaréis riadas, continuos movimientos informes de personas sobre su bici, también que el tráfico es menos denso, como más fluido.

Atascos habrá, como en todas las grandes urbes, pero mucho más llevaderos. Coger un bus, llamad a un taxi. Comparadlo con Madrid o Barcelona. Aquello va como más ligero.

Coged un tren e id a La Haya, o Delft, ciudades preciosas, modernas con sus enclaves de siempre, acanaladas en algún caso y sembradas, auténticamente trufadas de bicicletas.

Disfrutad de los bajos de las estaciones de tren con bicis que van y vienen, mirad el parking para bicis en Delft.

Acercaros a la que dicen ser la más católica de las ciudades de los Países Bajos, id a Utrech, la que vio la salida de Tour de 2015 o la de la Vuelta 2022.

Es una ciudad por y para ciclistas.

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Sinceramente, las flacas abruman, es terrible, son las reinas del paisaje, de la calzada y casi de las aceras, los coches frenan al verlas pasar, son el auténtico motor del lugar y del país.

Una isla en medio de países fuertemente motorizados, porque en sus senos crecieron grandes industrias automovilísticas.

Al norte Suecia, donde el respeto al ciclista no es la norma, al oeste Francia, al sur Alemania.

Ahora estos países y otros se quieren subir a los beneficios de la la bicicleta, pero estos ya se respiran en los Países Bajos desde hace tiempo ¿por qué? ¿de dónde viene ese arraigo?

Pues le viene de lejos, de tan lejos que hay que irse al 1870. Mientras Alemania sueña en grande con Bismarck, los neerlandeses adoptan la bicicleta como elemento propio y diferenciador, un instrumento que además perdura ante la inexistente industria del coche del país, lo que le confiere autonomía en la planificación de las ciudades.

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En esas fechas surgen las primeras asociaciones de velocipedistas, que hacen un ímprobo trabajo en la promoción de la bicicleta, esa máquina que entroncaba con la época de los grandes navegantes que yacen en las iglesias de Amsterdam, tiempos de esplendor que se recrean a través del equilibrio, libertad e independencia, valores que transmite la bicicleta, hoy la reina del lugar.

Y si no mirad lo que era Amsterdam en los años setenta, una utopía que casi cincuenta años después muchas ciudades europeas sueñan con ser.

Ellos ya lo eran entonces, nos llevan mucha ventaja.

Imagen: Amsterdam Bikes

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Pedaleando por el techo del mundo

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El Semo La, en el Tíbet chino, les esperaba en el techo del mundo

En el techo del mundo. Así se podían sentir, en la montaña más alta del planeta que se puede ascender en bicicleta: el Semo La, en el Tíbet chino. La fecha, 14 de julio de 2005 y allí estaba en su cima la expedición catalana a este reto: Xavier Romero, Manel García y Jordi Pons, nuestro protagonista de hoy (en la foto, en el centro). Querían demostrar que el Semo La era unos 150 metros más alto que el Khardung La (Tíbet indio) -el «Highest Motorable (y ciclable) Pass»- que figura en el Libro Guiness de los récords. Y lo consiguieron y así lo certificaron.

Aquel mes de julio, saturados de estudiar fotografías aéreas y mapas, volvieron al Tíbet donde tuvieron la satisfacción de ascender y medir el puerto ciclable que probablemente sea el camino para vehículos más alto del planeta: el Semo La, 5565 m, 206 m más alto que el Khardung La, que en la medición dio 5359 m en lugar de los 5602 m que erróneamente figuraba en muchos lugares.

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En el puerto tomaron muchos datos de los satélites y los grabaron en un GPS profesional durante una hora, para tener pruebas irrefutables del hecho. La ascensión al Semo La fue muy dura. Fue un día de mucho viento y frío. Y lo hicieron sin poner pie a tierra en este gigantesco puerto, tal y como nos explica Jordi Pons.

Nacido en Barcelona, biólogo y profesor de ciencias, y gran amante de la bicicleta de carretera y montaña, a pesar que «de pequeño no tuve ni bicicleta y no fue hasta que tuve 20 años que me pude comprar una«. Recuerda que su primera gran aventura en bici fue ir a Burdeos y ya desde entonces no paró. Con su bici recorrió desde los Pirineos y los Alpes hasta la Península de Kamchatka (2003), pasando por el Himalaya (2002) y participó en maratones y triatlones como el de Embrunman, en 1989.

Es coautor de «Altimetria dels ports de Catalunya» (1991) y es un gran aficionado a la escritura en épicos relatos donde nos explica sus aventuras extremas, como en el libro que auto editó «Pedasalcel, buscando los puertos más altos del Planeta», basado en sus viajes en bici por el Himalaya. «Pedasalcel» fue precisamente el nombre de este proyecto, porque «montar en bici nos saca, literalmente, los pies del suelo, y pensábamos subir lo más arriba posible, buscando el lugar más alto del planeta donde se pueda ir sin motor ni tocando los pies en el suelo, sino pedaleando».

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Y eso que a aquella altitud pedalear por aquellas pistas les costaba más que caminar y tenían que mantener una velocidad mínima para no caer, añadido todo a una vasta zona donde no había poblaciones, con lo que eso suponía de falta de alimentos, recambios, suministros y abrigo, y donde las aguas eran salobres. La bici que utilizó fue una de montaña con doble suspensión, bielas de 180 mm y Rotor.

Aquel 14 de julio, día de la ascensión y medida del gran puerto, hicieron 73 km por encima de los 5100 metros, una buena paliza. «Realmente la ilusión ayuda mucho en las montañas».

Jordi, explícanos tus mayores proezas encima de la bici:

Prefiero mejor hablar de recuerdos: con mi primera bici, que era de paseo, me fui hasta Burdeos, con 20 años. ¡Vaya aventura! Luego acabé la Marmotte en 1990, con un «hierro». También he subido el Angliru, donde no puse pie a tierra pero tuve que hacer alguna “S”: la rampa al final de la Cueña de les Cabres es monstruosa. Y luego los grandes viajes: de Lhasa a Katmandú (y campo base tibetano del Everest) en bici de carretera el 2002. En bici de montaña la travesía por Kamchatka (Siberia oriental) el 2003 y este recorrido para medir los puertos más altos del mundo en el 2005.

¿Qué problemas pueden surgir en una aventura de estas características?

Un viaje en bici por el Himalaya comporta muchas molestias y gastos en los aeropuertos para llegar a tener tu propia bici en buen estado en el punto de partida. Pero esto no es nada comparado con los trámites burocráticos que hacen falta para que te dejen viajar de forma autónoma las autoridades chinas que ocupan el Tíbet. Superado todo esto sólo queda pedalear y ya no parece tan difícil.

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¿Cómo fue la experiencia?

Pocos lugares están tan aislados del resto del mundo como el Tíbet. Esto añade un aliciente al que quiera recorrer en bici este desolado país. El exotismo se agradece, pero la falta de oxígeno, de comodidades y de comida, hacen que no sea un lugar para un viaje de placer y menos aún en bici. Fue una experiencia dura donde nos dejamos una parte de nosotros mismo, 7 kg exactamente.

¿Seguiste algún entreno específico?

Jo hacía unos 6 mil km al año. No es mucho y para hacer este tipo de travesías no hace falta ser un superhombre. Lo puede hacer cualquier persona bien entrenada y aclimatada.

¿Cuánto tardasteis en hacer la ruta?

Fue muy larga. Cogimos hasta siete aviones para llegar y necesitamos cuarenta días. Hicimos entre 30 y 100 km diarios.

Por Jordi Escrihuela

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