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Rasos de Peguera, paso de bandoleros

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WorldTour 2022 – TopPost

Rasos de Peguera es otro coloso olvidado

Joan García Ayllón, en su libro:”Ciclistes! Altimetries de totes les carreteres de Barcelona (1994)”, mi biblia cicloturista, nos presentaba esta joya llamada Rasos de Peguera de la siguiente manera:

“1ª Especial: Rasos de Peguera o Creu del Cabrer. Considerado el 4º más duro de Catalunya. Desde Colonia Rosal pasando por Berga hasta la estación de esquí a 1892 m de altura, 18 km, siendo los 15 finales a más de un 7% de media y para ciclistas muy bien preparados”.

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Conocida como la subida a los Rasos de Peguera, o simplemente los Rasos, Joan nos daba a conocer esta otra curiosa denominación del coll: Creu del Cabrer, por la gran cruz que corona el puerto y que nos acoge al finalizar la escalada, parada obligada de todos aquellos ciclistas que quieran echarse unas fotos junto al Sant Crist y el cartel del puerto.

Todo un hito para guardar y enmarcar.

Pero puede que ese nombre haya sido labrado por una leyenda que narra que, en el siglo XIX, en las cuevas de esta montaña, se escondía un famoso bandolero: Josep Costa “El Cabrer”, un bandido que robaba a los ricos para dárselo a los pobres.

Pastor de cabras en una rica masía de Berga, fue un ladrón idealizado que destacaba por su carácter pacífico.

Nunca utilizó la violencia, sino su inteligencia y astucia, maestro en el disfraz, escogía siempre víctimas ricas, sintiendo predilección por robar a rectores.

Como suele suceder, a El Cabrer, solo lo pudieron capturar por una traición, aquí mismo, en los Rasos de Peguera, donde de camino a Berga los mossos d’esquadra lo fusilaron.

Si subís este puerto, podréis acordaros de esta historia cuando en el kilómetro 11 de ascensión, ya a 1482 m de altitud, antes de afrontar uno de los tramos más difíciles del puerto, atraveséis el curioso Pas del Lladres (paso de ladrones), un bello tramo de carretera encajonado entre grandes rocas.

Dejando de un lado mitos y bandoleros, Rasos de Peguera tiene el honor histórico, y esto no es leyenda, de ser el primer núcleo de pistas de esquí de Catalunya, que se remonta a principios del siglo XX.

Aquí nació la práctica y la pasión por este deporte de invierno en tierras catalanas, con esta pequeña estación de montaña, ideal para iniciarse en familia y dar los primeros pasos con los esquís, aunque sean con pocos centímetros de nieve.

Mi primera vez

Rasos fue mi primer grande, mi primera experiencia en un gran puerto.

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Lo subí en una de las recordadas «marxes» que organizaban algunos clubes catalanes que lograban pequeños milagros como celebrar este tipo de marchas que pertenecían a un selecto circuito de pruebas (todos lo conocíamos como La Xallenge).

Era un caluroso 4 de julio de 1993.

Por delante, un corto y duro recorrido de solo 80 km entre Gironella y Rasos de Peguera, todo un desconocido para mí.

Sabía a la altura que se ascendía, la longitud, y que a todo el que le preguntaba solo sabía contestarme que “era muy duro”.

Con temor, empecé a subir con los desarrollos que se movían entonces, en mi caso un 42 x 24.

¡Qué valor! ¿Verdad? No teníamos otra cosa.

Pero lo subí, vaya si lo subí, y del tirón…

Lo pasé mal, junto a otros que como yo íbamos bastante atrancados, pero aún tengo grabado en mi memoria aquel día como el de haber hecho una gran faena.

Había ciclistas que no podían más y se tumbaban en la cuneta, otros que subían andando, y los que pedaleábamos como podíamos.

No era frecuente meter tanta dureza en aquel tipo de marchas, pero fue todo un descubrimiento para mí, donde quedé enamorado definitivamente de la alta montaña y sus paisajes.

Recuerdo ascender más de medio puerto con un jovencísimo chaval de la U.E. Sants.

Debería tener la edad mínima para participar, unos 16 años, charlando con él y dándonos ánimos mutuamente fuimos superando rampa tras rampa.

Llegamos a la parte final de la carretera, donde se bifurca, siendo el carril de la derecha de subida y el de la izquierda de bajada, formando un curioso bucle, antes de encarar la última y dura cuesta con la visión de la gran cruz por encima de nuestras cabezas.

Mantenimiento: ¿Cómo darle años de vida a la bicicleta?

La llegada fue indescriptible, cruzamos juntos la imaginaria línea de meta alzando nuestras manos en señal de victoria.

No me acuerdo del nombre de aquel chico, pero si estuviera leyendo estas líneas y se acordara de este hecho, me encantaría saludarlo afectuosamente. Han pasado 27 años.

Después de esta primera escalada, lo volví a subir cuatro veces más.

 

La segunda, al poco tiempo en aquella misma marcha, que iba alternando la ascensión al coloso con otra bastante más corta (4,5 km) pero muy explosiva (7,5% de media) con rampas máximas al 12%: la subida al Santuari de Queralt, con unas vistas privilegiadas sobre la ciudad de Berga.

Luego volví en 1999, un día de excursión que me tomé para ver en directo la 13ª etapa de la Vuelta entre La Farga de Moles y los Rassos de Peguera, una escalada que realicé entre aficionados, cicloturistas, senderistas, boletaires y gente de todas las edades que subían andando para contemplar en directo a sus ídolos y ver en primera línea…

…la reivindicación de Zülle

Lo vimos pasar como una exhalación, subiendo rápido y fuerte en busca de la victoria, encarando la dura rampa final del puerto.

El genuino Álex Zülle conseguía el segundo triunfo de etapa para el Banesto, en la recordada edición de la Vuelta a España del 99.

Zülle levantaba por fin los brazos en la meta de un gran puerto, con aroma a Tour, este poco conocido Rasos de Peguera, en lo que a ciclismo profesional se refiere.

Ascendido en solo tres ocasiones en la ronda española: en 1981, con victoria para Belda; 1984 con victoria para Caritoux, seguido de Perico que nos dio la alegría de salir de amarillo de este Gigante del Berguedà, y en aquel 18 de septiembre de 1999, donde el suizo se reivindicaba después de un año 98 horrible y de haber fallado desde el principio en aquella Vuelta, cayendo de la lista de favoritos a las primeras de cambio.

Yo estaba ubicado en una cuneta a 500 m de la llegada, contemplando una panorámica excepcional, con la visión de toda la carretera en sus kilómetros finales.

Aquí fue donde Zülle tuvo claro que iba a ganar, demarrando en seco en cuanto vio la pancarta del premio de la montaña, dejando atrás a su compañero de escapada Miceli.

Detrás de ellos, como motos y a menos de 40 segundos, pasaban Jiménez, Piepoli, Heras y Ullrich, que consiguió aguantar el amarillo y proclamarse vencedor en Madrid.

Fue una etapa decisiva: Tonkov quedaba fuera de combate, Olano sufría con su costilla rota por la caída sufrida en el Cordal, Igor González de Galdeano pasó muchas dificultades y los Banesto (Jiménez, Beltrán y Piepoli) no podían atacar teniendo a Zülle delante.

Solo le probaba Roberto Heras, pero en cuanto se movía, Jiménez no le dejaba escapar, lo que a Jan le vino muy bien: “Es un puerto difícil que se ha subido muy fuerte, pero en todo momento he tenido buenas sensaciones”, comentó el alemán.

Para los que aún no habéis degustado esta cuesta, no se os ocurra menospreciarla.

Quizás no tenga la dureza de otros puertos vecinos, como el terrorífico Pradell, pero es un coll que hay que tomárselo muy en serio, sin confianzas, y que a vuestro paso por el Pas del Lladres, creyéndoos ya cerca de la victoria final, que no venga alguien por detrás y os robe la cartera.

Foto: https://www.1001puertos.com

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Ciclismo antiguo

Centrum De Ronde Van Vlaanderen: La caja que guarda la esencia

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Centrum De Ronde Van Vlaanderen
WorldTour 2022 – TopPost

En el Centrum De Ronde Van Vlaaderen hay una Tour de Flandes diario

Este primer domingo de abril, dicen que han corrido un Tour de Flandes virtual que cumplió con el deseo, disfrazado de pronóstico, que muchas veces hemos lanzando al aire, que Greg Van Avermaet ganara en Oudenaarde

Van Avermaet ha ganado la que esperamos que sea primera y última edición de Flandes virtual

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Obviamente Greg Van Avermaet no entrará en el hall of fame que viste el epílogo de la vista al  Centrum Van Vlaanderen.

 

Oudenaarde es un típico pueblo flamenco, tranquilo, reposado, cerrado en las tardes de otoño, frío e inhóspito, que cae en la euforia cada primavera, presa de la pasión y calor que el ciclismo desierta en estas tierras.

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En el corazón de Oudenaarde, tenemos el Centrum Van Vlaanderen, la caja que guarda los secretos de la mejor carrera de Flandes y posiblemente una de las mejores del mundo.

Centrum De Ronde JoanSeguidor

Su visita es una inmersión en la atmósfera que fija ojos de medio mundo en este pequeño territorio encajado entre Francia, Valonia y el mar del norte.

Es la caja de las esencias, entrar en él, desde la gran plaza de Oudenaarde ofrece un Tour de Flandes diario.

Saborear una cerveza acompañada por las frites, mientras las imágenes de Tchmil, Bugno o Van Petegem en bucle llenan nuestra mirada y tocan los recuerdos.

Una sorpresa, y no es raro, cruzarse con un tal Johan Museeuw, inquirirle sobre el dominio que alcanzó en esta carrera, de las pasiones que desató, y sigue desatando, pues una marabunta se concita alrededor suyo, justo en la entrada de la exposición permanente.

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Y aquí el Centrum Ronde Van Vlaanderen pone sobre la mesa los recortes de la historia, una historia que escribieron las leyendas del «hall of fame», pero también periodistas, gente, equipos y sobre todo lugares.

Y entre ellos el Kappelmur…

Lo cierto es que lo que nos cuenta Sander, responsable de marketing de Centrum Van Vlaanderen, lo compartimos al 100 x 100, creemos que aquel recorrido que empalmaba Kappelmur y Bosberg era mucho más atractivo, primero por el valor icónico de ese encadenado y segundo porque el circuito actual parece enfriar los ánimos a los ataques cargados de épica.

Y no es para menos, las pantallas de aquella edición de 2011, memorable carrera, no paran de poner en bucle el duelo Cancellara vs Chavanel que ganaría Nick Nuyens.

Antes habremos pasado por rotativas flamencas, por estudios de radio, por plazas flamencos y pululado entre kioskos de patatas y cervezas, viajando de esas ediciones que se salvaron del veto de los nazis a la carrera global que es hoy en día.

Si queréis una experiencia ciclista basada en uno de los grandes símbolos de este deporte, si queréis partir hacia el Kwaremont o el Koppenberg, si queréis echar una cerveza con Johan Museeuw id al Centrum Ronde Van Vlaanderen, en Oudenaarde, donde la bicicleta y el ciclismo se plasman hasta en los pasillos de los hoteles.

 

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Ciclismo antiguo

¿Cuántos Indurain vs Rominger hemos visto?

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Indurain Rominger JoanSeguidor
WorldTour 2022 – TopPost

Si echamos cuentas sobre duelos directos entre Indurain y Rominger no recordamos tantos

En estos tiempos en los que estamos viendo un Van der Poel vs Van Aert cada poco, incluso en meses de invierno, echamos cuentas sobre otros grandes duelos y no hemos tenido la misma suerte con otros pulsos míticos tipo Cancellara vs Boonen o Indurain vs Rominger…

Recuerdo los días duros de confinamiento el año pasado, cuando Teledeporte nos rescató dos piezas que explican el punto de inflexión de Tony Rominger y su acceso a la primera línea de rivales históricos de Miguel Indurain.

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Si en el Galibier puso su pica en el Tour, cabe decir que en la jornada de los Lagos de Covadonga el suizo alcanzó la convicción que la Vuelta del 92 estaba a su alcance.

Tras el estreno de Luz Ardiden en la Vuelta, durante aquella jornada de primavera hostil, en la cima astur Rominger tuvo la certeza que el pequeño murciano, Jesús Montoya, era asequible.

Entre ambas etapas pasaron 14 meses, más o menos, y entre, las dos Rominger se erigió como el rival directo de Indurain, incluso más peligroso de lo que Chiapucci y Bugno habrían soñado jamás serlo.

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Sin embargo, visto hoy, lamentamos que estos dos gigantes no nos dieran la cantidad de duelos que muchos habríamos querido.

No, al menos, en la cantidad que imaginábamos, pues si quitamos ese Tour del 93, las coincidencias de los dos astros y en plenitud de condiciones no fueron tantas.

Y lo lamentamos, viéndoles destrozar el Tour mano a mano en el Galibier, sin olvidad que los dos sumaron once grandes vueltas en cinco años, una barbaridad de dominio al que sólo se escaparon talentos como Chioccioli, Mauri, Berzin y Jalabert.

Si hiciéramos una pinza entre el primer y último Tour de Indurain, la lista sólo tendría un nombre extraño: Eugeny Berzin, ganador del Giro 94 

En medio, dominio total de ambos.

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Pero ¿cuántos Indurain vs Rominger vimos?

Pues el Tour de 1993 y poco más.

Esa carrera pudo haber estado más igualada de no haber mediado el desastroso inicio del suizo, que llegó muy perjudicado a la gran montaña.

Hizo falta aquel prodigio hacia el Galibier entre ambos, para que Rominger entrara en aquella carrera que se le había cruzado.

Una subida en la que los dos talentos fueron en paralelo, sacando un mundo al resto, aguantaron Hampsten, Mejía, qué clase tenía, y ese polaco de la goma, Jaskula.

Fuera de esos días, poco más dio esta rivalidad.

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Rominger no volvió a ser rival de Indurain en el Tour.

En los años sucesivos llegaría al Tour con Vuelta, la tercera y la mejor de largo, y Giro en el zurrón, pero quizá pasado de forma.

Otra cosa fue ese particular pulso por la hora que mantuvieron en otoño de 1994, en el que el suizo voló por muy delante.

Y es que la historia, caprichosa ella, muchas veces nos pone y nos quita los grandes del mapa, con azar e improvisación, dejándonos con las ganas de lo que pudo ser y no fue.

Foto: Parlamento Ciclista

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Ciclismo antiguo

Esta sería mi Copa del Mundo de ciclismo

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Una Copa del Mundo de quince pruebas con final sorpresa para el ciclismo más clásico

Pues sí, yo extraño la Copa del Mundo, especialmente estos días de Lombardía y Tours, ese ranking de clásicas que empezaba en la Milán-San Remo y acababa en Lombardía, cuando no en el Gran Premio de las Naciones o una contrarreloj por equipos, recuerdo que una en Eindhoven con el nombre de Gran Premio Liberación.

Aquel ranking de siete meses largos distinguía al primero con un maillot que llevaron referentes del tipo de Paolo Bettini, Michele Bartoli, Johan Museeuw, Olaf Ludwig, Sean Kelly, Maurizio Fondriest o Gianni Bugno.

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Casi nada, pronunciar su nombre es la «flor y nata» de las clásicas durante los ochenta, noventa y bien entrado el nuevo milenio.

Copa del Mundo ciclismo JoanSeguidor

De esos años guardamos un cariñoso recuerdo y aquella prenda no pervivió más allá de 2004 con el grillo portándolo hasta el final.

Si ahora nos dijeran de configurar una Copa del Mundo nuestra apuesta iría a por quince carreras, repartidas un poco como las etapas de las grandes: cinco para adoquines, esencia clásica donde las haya, seis «wallonées», es decir para vueltómanos, tres de velocidad o veloces y una sorpresa contra el reloj.

Una Copa del Mundo que se jugaría en el periodo fértil de clásicas, es decir la primavera, salvo las excepciones de verano con San Sebastián y otoño como Quebec, Tours y Lombardía, junto a la recuperación de una crono.

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Hete aquí nuestra humilde apuesta y el porqué…

Arrancaríamos con la Het Nieuwsblad, la apertura belga, final de siempre de De Ronde y por ende inicio de la campaña de clásicas a nivel mundial.

Strade Bianche: símbolo del nuevo ciclismo, carrera que ha crecido una barbaridad en tiempo récord, siendo un referente que excede a veces el mismo ciclismo.

Con la Milán-San Remo: huelgan las palabras, 300 kilómetros donde se cincelan las grandes leyendas y ciclistas veloces.

Gante-Wevelgem: lo vemos cada año, la clásica flamenca más original y alejada del prototipo, donde el adoquín influye tanto como otras vicisitudes.

El Tour de Flandes es la fiesta nacional de Flandes, el día que se para al mundo en este rincón del mundo.

La Epic Gran Canaria, en versión otoñal

París-Roubaix es la clásica con mayúsculas.

Entraríamos en la Amstel Gold Race abriendo el mal llamado tríptico de las Ardenas, que seguirían Flecha Valona y Lieja-Bastogne-Lieja, mucho mejor en su versión de meta en el corazón de la ciudad.

Mayo sería el momento de la clásica alemana, Frankfurt, en un ciclismo alemán que poco a poco recupera brillos del pasado tras caer en el ostracismo más oscuro.

La vuelta de la competición tras Giro y Tour sería como en los buenos tiempos, en San Sebastián, la clásica de este lado de los Pirineos, que aunque haya desdibujado su esencia con el Murgil Tontorra, es una buena opción para los clasicómanos completos.

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El cierre sería otoñal, Quebec o Montreal, una de las dos, ambas espectaculares, junto a Lombardía y Tours, que son carreras centenarias y muy diferentes entre ellas, la primera preñada de dureza en un escenario de magia como el Lago di Como -no Bérgamo- y la otra con su renovado brío en los caminos de viñas, que rompen totalmente con el guión de una de las carreras más antiguas del mundo que ofrece un espectáculo y unas persecuciones interesantes.

Y para el cierre la recuperación del Gran Premio de las Naciones, haciendo dupla con el mundial como reducto recuperado para los croners.

No en vano sería devolver a la vida una carrera que nació en 1932 y aguantó a duras penas hasta 2004, contándose entre sus ganadores buena parte de los mejores especialistas, destacando Jacques Anquetil.

Eso lo dice todo.

Esta sería nuestra Copa del Mundo, dejando en la cuneta muy buenas carreras, sobre todo adoquinadas, pero pensada para volver a esos años de Kelly, Bugno, Bartoli y Bettini, en los que una prenda más movía la pasión del buen aficionado.

Imagen: @gzlz11

 

 

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Las primeras Vueltas en los Lagos de Covadonga

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En los Lagos de Covadonga el ciclismo se vestía de gala

Aseguraban desde la moto, Emilio Tamargo en concreto, aquella tarde de abril de 1985, que algunos colombianos ponían una corona de 22 para subir a los Lagos de Covadonga.

Era el tramo más duro de aquella etapa con final en los Lagos, en la Vuelta del 85.

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Robert Millar, de quien bromeaba Angel María De Pablos, con música de fondo, que iba bien «especialmente por el whisky», hizo un derroche en aquella subida que llevaba primero a Ercina, luego a Enol.

Millar, que con el tiempo sería Philippa York, apuraba aquellas rampas imposibles de Covadonga, imposibles para la época.

Un 15% entonces era el 22% de ahora.

Aquella subida a los Lagos de Covadonga era silvestre, salvaje, con los primeros hervores de la primavera, un sol que no siempre fue tan generoso hacia la cima la asturiana, y de lana y acero.

La gente del ciclismo somos curiosos: vemos hoy aquella subida, hace ya 35 años a los Lagos, y decimos aquello sí que era ciclismo.

Con una pléyade de nombres, Álvaro Pino, Raimund Dietzen, Fabio Parra, Peio Ruiz Cabestany, Perico Delgado, Pedro Muñoz… que eran mitos en vida, adorados en las llegadas y salidas de media España, aquel ciclismo posiblemente sería peor que el actual, pero sí que estaba más interiorizado entre la gente,

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Bahamontes se lamentaba que hubieran tantos juntos, tan cerca de meta, él tan racial, tan de romperlo todo cuando se terciaba.

«Hay que hacer hueco en las rampas duras» repetía Bahamontes, con Jesús Álvarez desde el estudio.

Y sí, vemos aquellas imágenes y nos entra nostalgia, esa carretera que dudo no tuviera boñigas de vaca entre los socavones del frío y el invierno, esos maillots, esas retransmisiones sin conocer el recorrido, como las actuales, en las que el periodista de meta, Alberto Barcia se picaba por que había compañeros muy agresivos para conseguir las palabras del ganador.

Pero ya entonces recuerdo, lo mucho que nos gustaría saber sobre los ciclistas, su vida menos pública, sus entrenamientos, los lugares por donde competían, tener 24 horas de ciclismo, como puede suceder hoy en día.

Entonces queríamos lo de hoy, hoy queremos lo de entonces, somos así, inconformistas, nunca es suficiente, y si nos permitís viajaremos a la primera vez que los Lagos de Covadonga iluminaron la televisión y la historia de la Vuelta.

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Recuerdo perfectamente aquel día de primavera del año 1983.

Por primera vez la Vuelta se retransmitía en directo por TVE.

La expectación era enorme.

Nadie conocía aquella subida que iban a afrontar los corredores.

Decían que era muy dura.

Y muy bella.

No decepcionó a nadie.

Aquella tarde pegado a la pantalla de televisión asistí al nacimiento de una estrella en la montaña asturiana de los Picos de Europa: los Lagos de Covadonga, y también por extensión al ganador de aquella épica jornada: Marino Lejarreta, que dio toda una exhibición en sus espectaculares rampas batiendo en los porcentajes más duros al mismísimo Hinault.

Desde entonces la leyenda de los Lagos creció a pasos agigantados y ganar en su cima daba prestigio y se convirtió en toda una hazaña para todos los que alzaban sus brazos junto al lago Ercina.

Por recordar algunos pocos, y épicos nombres, me vienen a la memoria ciclistas como Perico, Millar, Lucho o Pino. Vencer allí arriba, a 1070 metros de altitud, no era fácil en los años 80 que tenían que mover desarrollos mucho más duros que los de hoy en día para superar muros como la Huesera o el Mirador de la Reina que por aquel entonces, muy lejos aún de los descubrimientos de Mortirolo, Angliru o Zoncolan, eran paradigmas de dureza extrema ya que no se conocían los exagerados porcentajes que actualmente sufren los corredores.

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Ascender los Lagos en aquella época era el sueño dorado de muchos iniciados al cicloturismo que, como yo, veíamos en fotos las imágenes de aquella espectacular ascensión. En mi caso fue una que debí ver en alguna de las muchas revistas que tenía por ahí amontonadas.

En la imagen tres cicloturistas, de espaldas y sobre las monturas de sus bicis, contemplando el hermoso lago de Enol.

El de en medio apoyado en sus dos compañeros, manteniendo el equilibrio.

No se les veían las caras, pero era fácil imaginarlas.

Una estampa preciosa.

Esta fue mi primera visión onírico-cicloturista que resumía a la perfección los valores que buscaba en este deporte: amistad, satisfacción, naturaleza y esfuerzo, el que suponía llegar en bici hasta la orilla de los lagos, y me dije: “yo quiero estar ahí”.

No tardé en cumplir aquel deseo junto a otros tres amigos y recuerdo, una vez superadas sus cuestas más duras, descender un corto pero duro repecho que nos mostraba, allá abajo a la derecha, en medio del verde asturiano, el anhelado lago.

¡Ya me encontraba allí! Pero para coronar la mítica montaña teníamos que llegar hasta arriba.

No pudimos ver bien el lago de la Ercina ya que una espesa niebla nos lo impedía.

Dimos media vuelta y la foto de rigor nos la hicimos donde años antes soñaba con estar.

Un paraje venerado por muchos asturianos que año tras año han puesto el nombre de Enol a sus hijos.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de www.eyeonspain.com

 

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Juanpe no ganará el Giro, lo veo complicadísimo, un top ten sí que lo veo probable.
Sea como fuere su experiencia está siendo brutal y el aprendizaje, una universidad en cámara rápida.

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#Giro2022

Una buena idea que al final no ha resultado.
Me gusta mucho la creación de un maillot exclusivo para salida de #Lavuelta2022 de los Países Bajos, pero el diseño deja bastante que desear

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Si por algo se distingue el #Landismo es en perder adeptos a la velocidad de ganarlos... veo euforia descontrolada que convendría enfriar, las sensaciones son buenas, pero queda una eternidad y... también está Pello

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#Giro2022

🎙️🎙️🎙️ "Yo le tengo mucho aprecio a Pello, pero está claro que hoy por hoy, el líder es Mikel Landa" @IgorAntonH

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#PodcastJS con @Tuvalum

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