Ciclismo
Paul Seixas en Itzulia, el tiempo es relativ
La figura de Paul Seixas crece y crece abriendo la Itzulia en amarillo
Paul Seixas ha decidido que el tiempo es un concepto relativo y que el carnet de identidad no se le toma cuando la ruta se vuelve competición.
Lo visto en la crono inicial de la Itzulia no es normal.
Es un puñetazo sobre la mesa que retumba desde Bilbao hasta los más altos despachos del World Tour.
Ganar así, con esa suficiencia y ante una nómina de especialistas consolidados, confirma que estamos ante un prodigio que ha decidido saltarse las pantallas intermedias del videojuego para ir directo al nivel final.
En el ciclismo moderno, donde la precocidad ya no es noticia, lo de Seixas empieza a ser una anomalía por la rotundidad de sus formas.
El liderato en el País Vasco es una muesca más en un revólver que no para de hacer diana.
Ha ganado su primera carrera del World Tour, la tercera del año.
Sin embargo, ahora llega el momento de la verdad, ese donde el brillo del primer día debe transformarse en resistencia granítica.
El reto inmediato es mayúsculo porque la Itzulia no perdona los momentos de debilidad y la jauría que tiene por detrás no entiende de cortesías generacionales.
Nombres como Isaac Del Toro, Juan Ayuso o Primoz Roglic no han venido aquí a ejercer de figurantes; ellos querrán reclamar lo que consideran suyo por estatus y veteranía.
Dos han ganado ya esta carrera, el otro viene de pleno este año: vuelta que corre, vuelta que gana.
Seixas se enfrenta a la difícil tarea de defender un maillot que pesa toneladas en las carreteras ratoneras de Euskadi, donde el control de la carrera es un arte que se aprende a base de golpes.
Pero el horizonte de este corredor parece no tener fin.
Tras el test vasco, el calendario le sitúa en el epicentro del ciclismo de quilates: las Ardenas.
Allí le espera el jefe, un Tadej Pogačar que habita en otra dimensión, pero el simple hecho de que ya se nombre a Seixas como un posible opositor en ese terreno dice mucho del estado de gracia en el que se encuentra.
Lo intentó en Strade y, oye, ahí estuvo.
Estamos asistiendo a una aceleración de los acontecimientos que desafía la lógica deportiva tradicional.
Tanto es así que el Tour de Francia ya no suena a quimera lejana, sino a una posibilidad real si la progresión mantiene esta verticalidad.
Sólo pido que Decathlon, trasatlántico de la economía francesa, sea capaz de retener su joya.
Al ritmo que Seixas quema etapas, cualquier techo que intentemos ponerle hoy quedará obsoleto antes de que acabe la semana.
Es el hambre de quien sabe que su momento es ahora.







