Ciclismo
Los vaivenes de Vincenzo Nibali
La historia ciclista de Vincenzo Nibali acabó mucho mejor de lo esperado
Hace nueve años, el Giro de Italia tuvo uno de los mejores desenlaces de siempre gentileza de Vincenzo Nibali.
Cualquiera que siga este mal anillado cuaderno, sabe que el italiano es una de las debilidades, por eso, dejadme ser redicho que decir que hay historias que van mucho más allá de los trofeos, y ésta es una de ellas.
Vincenzo Nibali fue Un chaval que creció en una Sicilia nada fácil, que vivió una infancia dura, sin adornos, donde salir adelante era casi una hazaña. Por suerte, encontró su salida en una bicicleta.
A los 15 años ganó una carrera en Siena y tomó una decisión que cambiaría su vida: no volver a casa.
Se fue a la Toscana con la idea fija de ser ciclista profesional. Vivía con otros jóvenes en la casa del director deportivo y estudiaba en Empoli, aunque lo suyo nunca fueron los libros.
Lo intentaron muchos, pero solo él siguió pedaleando hasta el final.
Esa terquedad le llevó lejos. Muy lejos. ganó dos veces el Giro de Italia, el Tour de Francia y La Vuelta, algo que solo han conseguido unos pocos elegidos.
Todos esos triunfos tienen mucho de su sello, de esa terquedad.
Pero su carrera no estuvo hecha solo de victorias. También conoció el lado más feo del ciclismo: el dopaje.
Perdió carreras ante rivales que luego dieron positivo, y aunque nunca hizo un escándalo, no lo olvida. Aun así, lo que más le dolió fue vivir bajo sospecha.
Leemos que lo vigilaban, le revisaban el coche, el móvil… incluso cree que entraron a su casa buscando algo que nunca existió. Y nunca existió porque nunca pitó.
Ganar el Tour fue el pico de su carrera… y, curiosamente, también su momento más difícil.
Hace once años y lo recuerdo bien: La fama le pasó por encima. Salir a la calle con su hija era un caos, y junto a su mujer solo querían recuperar algo de normalidad.
Tardó años en volver a sentirse tranquilo, y admite que recién empezó a disfrutar la vida de verdad cuando colgó la bici.
También hubo golpes duros, como aquella caída en los Juegos Olímpicos de Río 2016, cuando tenía el oro casi en la mano. Arriesgó un poco de más, se fue al suelo y se acabó todo.
No busca excusas. Asume el error y sigue adelante, como siempre.
Durante años vivió entrenando en altura, en el Teide, casi como un monje moderno. Días y días de soledad, compañerismo y sacrificio, compartidos con otros ciclistas que se convirtieron en hermanos. Fue allí donde se forjó el carácter que lo mantuvo firme en cada subida.
Ya retirado, la vida tiene otro ritmo.
Se ha reencontrado con su tierra, esta vez como turista, redescubriendo lugares como Cefalú, Agrigento o los bosques de los Peloritani con su familia. Su hija le preguntó por un museo y él, orgulloso, le habló de Antonello da Messina, un genio del arte que, como él, nació en esa isla llena de contrastes.
Hoy forma parte de la historia grande del ciclismo italiano, junto a nombres míticos como Coppi, Bartali o Gimondi.
Más allá de los títulos, su legado es el de alguien que luchó siempre limpio, si no pitó, no será aquí donde se dude, que resistió las dudas, las caídas y las sospechas… sin dejar de mirar hacia adelante, con la espalda recta y la cabeza bien alta.






