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Ciclismo antiguo

¿Qué le dio Indurain al ciclismo?

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Indurain fue un referente para una generación de amantes del ciclismo, la mía, que mantiene el convencimiento que nunca verá nada igual

Seguro que en un mes leeremos sobre el día que Miguel Indurain anunció su retirada del ciclismo.

Recuerdo aquel día que seguro muchos de mi generación tendréis también tan presente.

Fue una línea gruesa en la historia del ciclismo español, mundial y si me apuráis de nuestro país en general, pues Miguel Indurain creo que ha sido una figura que ha trascendido más allá de su deporte y lo ha hecho ganando mucho, pero también con gestos y formas que algunos querríamos para nuestros hijos, pues si un deportista pondría como ejemplo de algo a mis hijos, ese sería este navarro de grandes dimensiones y un corazón que no desentona, que fue digno en la victoria, pero más fuera de ella.

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La llegada de Miguel Indurain al status que goza en la actualidad provocó movimientos tectónicos en este país, y no sólo deportivos, también sociales y políticos.

Me voy a esta entrevista a José Miguel Echávarri, cuando habló de aquella jornada entre Jaca y Val Louron, hace treinta años, cuando le contactaron desde España para asegurarse de la magnitud del logro de Indurain en la España de Perico.

En ese clima, que rápido se desvaneció, rompió en Miguel una de las maduraciones más medidas que hasta entonces había visto este deporte, que hoy será todo lo tecnológico que queráis, pero que hasta no hace tanto fue de “alpargata y andar por casa” como le gusta decir a nuestros mayores.

Indurain inició con su salto al profesionalismo un proceso de envejecimiento, digno de los mejores caldos navarros.

Bebió del ciclismo de Bernard Hinault, también del de Roche, de Perico, de Lemond y de Fignon, pero trazó una frontera con todos ellos, dio una vuelta de tuerca. Fue más allá.

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Prescindió de la visceralidad de Hinault y Fignon, del foco mediático de Perico, del recalcitrante pragmatismo de Lemond, y construyó un perfil de campeón propio e íntimo, basado, si cabe, en aquel que había cincelado tres décadas antes Jacques Anquetil, el ganador que abría la mano a los demás cuando era menester hacerlo, el campeón que trazaba una línea en el esfuerzo y de ahí no pasaba, el campeón que alargaba el rédito de las cronos hasta hacerlo definitivo en la lucha por los grandes triunfos.

Indurain no fue de alardes, pero sus exhibiciones no fueron gratuitas

Su exuberancia física le servía para abrir huecos imposibles en los rivales y al tiempo dejarles tocados en el ánimo.

Ahí residía la grandeza de sus grandes días, la grandeza de La Plagne, de Luxemburgo, de Lac de Madine, de Bergerac,… el triunfo era doble, tomaba el mando y el desánimo cundía a su alrededor.

Era una forma de ganar vestida con guante de seda, fina y elegante, que no ofendía, que enamoraba a los menos afines, aunque a veces frustraba un poco a sus acólitos, que esperaban verle amasar un palmarés aún mayor.

Indurain ha acabado segundo o tercero más veces que primero en el Tour 

Leblanc, Bruyneel, Rominger, Chiapucci, Bugno,… han ganado con él a rueda, sabedor de que el premio gordo, el que te hace eterno, estaba a buen recaudo.

Ese ahorro diario de energía le daba esa recompensa, pero también le sirvió para alargarse en el tiempo y conseguir algo que nadie había cuajado hasta el momento, esos cinco Tours que lucen cuales soles, de forma consecutiva y cada uno más contundente que el anterior, pues, si se me permite, para mí su mejor victoria de siempre fue la última, la de 1995, cuando contó con un equipo que en ocasiones se vio superado y él nunca vaciló.

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Indurain fue un referente para una generación de amantes del ciclismo, la mía, con el convencimiento que nunca veremos nada igual.

El día que dijo que lo dejaba se abría un periodo que veinte años después creo que seguía vigente, pues la llamada “edad de oro” del ciclismo español, eso que algunos han llevado por lema en sus editoriales, ha sido ninguneada por los grandes medios, los mismos que lamentaron que no hubiera relevo, a su juicio.

Sin embargo no nos debe extrañar su singularidad, Indurain hay uno cada muchos años, no en cada hornada que surge.

Mirad grandes naciones ciclistas, mirad Bélgica, que aún bebe en la nostalgia de Merckx, mirad los Países Bajos, que no huelen el Tour desde Zoetemelk, mirad Francia, camino de las cuatro décadas sin ganar la carrera que es tarjeta de presentación de un país o Italia, que a pesar de Nibali, sigue nadando en el glamour de los grandes siempre.

Verle en el podio era un protocolo de buenas maneras, lejos de los campeones desaliñados y descafeinados que a veces abordaban el cajón exhibiendo indiferencia o mala educación.

Nunca dejó nadie por saludar, azafatas, políticos, empresarios, todo aquel que le requirió tuvo su gesto, su apretón de manos, a ello se le añadía la presión de torear circunstancias complicadas como la evidente competencia entre el banco que la patrocinaba y el que sigue aún pagando el gran premio del Tour.

Indurain triunfó en una época que con los años saltó por los aires por cuestiones turbias.

Sí, el dopaje campó a las anchas en aquellos años.

Gran cantidad de sus rivales cayó en la acusación o directamente en la admisión de sus pecados.

Punto álgido de lo grotesco que fue aquello recuerdo aquella Flecha Valona del 94, con tres Gewiss andando tres o cuatro puntos por delante del resto.

A Indurain nadie le ha tosido hasta la fecha en este tema, y si se ha insinuado, legiones han salido en su defensa.

Eso es haber calado muy hondo.

Indurain está en ese estadio de los mitos, es inmaterial, su legado nos llena y enorgullece, sobrepasa su tiempo, y veinte años y pico después le seguimos teniendo muy presente, conscientes de que quizá el tiempo no nos regalará otro como él.

Imagen tomada de www.ciclografias.com

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Ciclismo antiguo

París-Niza 1989, el primer gran Indurain

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Con esa victoria en la París-Niza, Miguel Indurain se postulaba en los escenarios grandes

En el baúl del recuerdo, mirándolo ahora, y gracias a la invitación de los amigos de Pedal Vintage, uno se percata del valor que tuvo aquella París-Niza de 1989 para Miguel Indurain.

El mocetón ya había dado algunas claves de su clase, un crecimiento contenido bajo las recomendaciones de reputados médicos que hablaban del portento que estaban cultivando en el inolvidable Reynolds.

El año anterior, 1988, había formado parte del equipo que acompañó a Perico en su Tour, con ese famoso capítulo del Peyresourde en el que empezó a descolgar a gente y casi se quedó solo.

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A las pocas semanas ganaría la primera de sus tres Voltas.

Pero el año 1989 fue otra cosa, fue pisar suelo francés y seguir su idilio con el país vecino, donde ya había triunfado en un Tour de la CEE, lo que hoy sería el Avenir.

En esa París-Niza, Miguel Indurain anticiparía cosas que habrían de pasar durante los años venideros.

El inicio en París, lo ganó el prologuista por excelencia, Thierry Marie, pero con Indurain ceca, a cinco décimas de segundo, y por delante de los dos grandes favoritos, Laurent Fignon y Stephen Roche.

El navarro ya había puesto el pie en la carrera y de ahí nadie le apartaría, ni siquiera una mala crono por equipos de 58 kilómetros en medio de una carrera de una semana de duración.

Aquel era otro ciclismo.

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Pese a la mala crono por equipos, y eso que Reynolds iba con Gorospe y Mauri, entre otros, Indurain utilizó un par de jornadas consecutivas para de remontarle el minuto veinte que el joven Laurent Bezault, el «nuevo Jeff Bernard» le llamaron, le había tomado al final de aquel test colectivo.

Fueron dos movimientos tan significativos como premonitorios.

En el Mont Faron, Indurain se pone en cabeza del grupo de los grandes desde el inicio, y hace de la preciosa subida a orillas del Mediterráneo el primer gran filtro de la carrera.

Uno a uno, un goteo sin fin tras la estela del ciclista del Reynolds que le sacó los colores hasta el mismo Stephen Roche, el gran favorito, toda vez que Laurent Fignon se había retirado (ganaría en San Remo a los pocos días.

Al día siguiente, una jornada de media montaña hace el resto. a poco de coronar el Col de Vignon, el vigente ganador del Tour, Pedro Delgado hace destrozo en el pelotón y lanza a su compañero cuesta abajo.

Miguel Indurain cogería al fugado, su futuro compañero en Banesto, Gerard Rué, y entre ambos disparan la diferencia hasta más allá del minuto.

Con el navarro de líder, sólo quedaba defender la renta en el Col d´Eze ante el «hiperespecialista» Stephen Roche quien se queda a 13 segundos de la gesta.

Sin saberlo, había perdido el irlandés ante el inminente monstruo del ciclismo, un poderío latente que en ese 1989 despertó del todo, incluso en el Tour, en un lugar llamado Cauterets.

Imagen: @crstobalcabezas

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Ciclismo antiguo

Briançon, Lieja & Valkenburg, las 3 esquinas del ciclismo

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Grandes vueltas, monumentos, ciclocross… esto ocurre en Lieja, Briançon y Valkenburg

Hay lugares en el bello globo bendecidos por la naturaleza, la belleza o el azar. En ciclismo hay tres en concreto que beben de su ubicación y extraordinaria tradición. Supongo que podréis añadir alguno más, pero a mi se me ocurren estos tres: Lieja, Briançon y Valkenburg.

La primera la conocéis de sobra, es noticia una vez al año, fijo, cuando no más.

Es la cuna de la decana, la Lieja-Bastogne-Lieja porque era el trayecto que encajaba para que los periodistas fueran y vinieran en tren el día de carrera, siguiendo al pelotón.

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Por Lieja además pasa el Tour de forma recurrente, si no es directamente, en tránsito

Por Lieja discurrió incluso una edición de la Vuelta a España y en Lieja se han jugado varios campeonatos del mundo.

Incluso Lieja ha albergado el mundial, recuerdo uno en tiempos de Mariano Cañardo cuando los italianos monopolizaban la contienda.

Luego está Briançon, ahí en el valle, encajada entre Izoard y Galibier, en medio de un océano de cimas con nieves perpetuas, en una encrucijada, cerca de Italia, de Sestriere, la puerta al valle de Aosta.

Briançon y su ciudadela han visto el mismo año el Giro y a las pocas semanas el Tour de Francia 

Si no es final de etapa, es ciudad de paso. En el olimpo de los lugares ciclistas, está tocada.

Ciudades bendecidas por el ciclismo: Lieja, Briançon y… Valkenburg.

Aunque si queréis que os seamos sinceros, lo de Valkenburg es rizar el rizo.

Encajada en el Limburgo, la ceja de las Árdenas donde los Países Bajos dejan de ser bajos.

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En el corazón de la vieja europa la ciudad neerlandesa es al ciclismo lo que Old Trafford al fútbol, la catedral del circo de las dos ruedas, un idilio del lugar, de la gente y el paisaje con la bicicleta.

Valkenburg tiene por descontado el ciclismo anualmente siendo ciudad de paso, mil veces, y meta de la Amstel Gold Race, la fiesta nacional neerlandesa de la bicicleta y el ciclismo.

Valkenburg ha puesto en el mapa un enclave como el Cauberg, la violenta subida en la que Philippe Gilbert hace estragos, habiendo ganando varias veces la Amstel Gold Race y siendo, incluso, campeón del mundo.

La ciudad del Valkenburg, modesta en dimensiones y población ha sido sede de los Campeonatos del Mundo de ciclismo en carretera cinco veces. Nada más y nada menos.

Cinco mundiales de ciclismo han acontecido en Valkenburg

Viajamos a 1938 y conocemos a marcel Kint, alemán, que se convierte en campeón mundial.

Diez años después, y tres ediciones más allá, por el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, Valkenburg corona a Alberico Schotte, el belga que sacó petróleo de la increíble rivalidad de Bartali y Coppi, anulados en un marcaje imposible.

Año 1979. Jan Raas, el especialista en la Amstel, saca oro de Valnkenburg que bate al sprint a Thurau y Bernaudeau.

Ya en el 98, Oskar Camenzind, suizo de Mapei, se corona campeón el día que todos miraban a Michele Bartoli bajo el diluvio de septiembre limbugués.

El Tour tambièn ha aterrizado por Valkenburg, dos veces además. Ganaron Giles Delion, prometedor francés, en 1992, y Matthias Kessler, alemán de final infeliz, en 2006.

Pues bien, con este bagaje, con una infinidad de carreras, pruebas y eventos relacionados con las dos ruedas, el Campeonato del Mundo de ciclocross aterrizó hace cinco años en Valkenburg.

Imagen: G.Demouveaux

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Ciclismo antiguo

1994: La Flecha Valona que cambió el ciclismo

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Nada fue igual tras la Flecha Valona de 1994 y los azules haciendo pleno

La primera parte de los noventa se tiene como la época más oscura de la historia del ciclismo y muchos toman la Flecha Valona de 1994 como el cénit.

No son pocos los testimonios que hablan de un ciclismo psicodélico, de corredores que no corrían, volaban, de cosas raras, de podencos hechos caballos de carreras,…

Testimonios no faltan.

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Dos son elocuentes. Greg Lemond justifica parte de su declive por las dos velocidades de aquel ciclismo, un salto de rendimiento que apuntaba una sustancia cuyas siglas eran EPO. David Millar habla en su libro de sus primeras carreras como algo inalcanzable, no había ni roto a sudar que el pelotón ya les había dejado de rueda.

#DiaD 20 de abril de 1994

En el año 94, la Vuelta a España seguía disputándose en abril.

En la antesala de la misma estaba el tríptico de las Ardenas, pero en orden diferente al actual. Una semana después de Roubaix, se corría la Lieja, luego la Flecha Valona y finalmente la Amstel, posteriormente vendría la Vuelta que en esa ocasión dominaría a placer Tony Rominger.

La Flecha Valona se presentaba como la reválida para Eugeny Berzin. El ruso de rubia cabellera había ganado en Lieja días antes y era la punta de lanza del potente Gewiss. Por nombres el equipo celeste copaba las apuestas, sin embargo, los italianos no querían ganar, querían sencillamente coparlo todo.

En el llano que precedía el muro de Huy, Berzin, que iba insultantemente fácil, tomaba unos metros sin que nadie osara seguirle, salvo sus dos compañeros Moreno Argentin y Giorgio Furlan. En la cima de Huy Argentin culminaba la masacre, siendo primero por delante de sus dos colegas.

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Ellos ruedan y nosotros nos quedamos. Hacen que ir en bici parezca sencillo, no necesitan ni preparar estrategia alguna” dijo Gérard Rué, el gregario de Miguel Indurain, preso de la incredulidad.

Los peores temores que circulaban por el pelotón se hacían realidad y las sospechas no tardaron en plasmarse cuando al día siguiente en una conversación entre Michele Ferrari y varios periodistas, en una pedanía de Lieja, el galeno afirmaba sin pudor:

Si yo soy ciclista y sé que hay una sustancia que mejora el rendimiento y otros la usan, yo también la utilizaría. La EPO no es mala, sólo lo es si abusas de ella, como si te atiborras de zumo de naranja”.

En efecto, el ciclismo de dos velocidades ya era un secreto publicado y público, la caja de pandora se había abierto, estallaría en pocos años…

Imagen: Cronoescalada

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Ciclismo antiguo

Amstel Gold Race by Jan Raas

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Nadie dominó la Amstel Gold Race como Jan Raas

Jan Raas fue una de las esas buenas figuras que tuvo el ciclismo a finales de los setenta y principios de la siguiente, que hizo de la Amstel Gold Race su feudo, se la llamó «Amstel Gold Raas».

Nacido en 1952, fue posiblemente el primer ciclista con pinta de intelectual.

Todo un espejo donde se miró el maître Fignon.

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Fue posiblemente el gran valedor de esa megaestructura neerlandesa llamada Ti Raleigh comandada por Peter Post.A Raas la victoria le gustaba más que a un tonto un lápiz 

Era perrete, parecía italiano más que ciudadano del respetable reino neerlandés.

Gustaba, además, de tomar el pelo a los rivales.

Su último gran triunfo fue en el Tour de 1984, una etapa donde puteó con tino al visceral Marc Madiot, hasta que le rebañó la victoria toda vez que le había asegurado que no estaba para dar relevos.

Sin embargo tuvo gestos encomiables, como cuando renunció al amarillo en un prólogo muy condicionado por la furiosa lluvia.

Eso sí, al día siguiente se empleó a fondo para vestirlo en buena lid.

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Éste era Jan Raas

Integraron con él el Ti Raleigh, Gerrie Knetemann, Henk Lubberding y un ciclista de apellido impronunciable, Bert Oosterbosch, quien posiblemente alimente parte del exorcismo presente que mantienen en Países Bajos frente al dopaje.
El de Eindhoven pudo ser por edad y ciclo competitivo uno de los pioneros en el uso de EPO.
Hay opiniones encontradas, pero lo que es constatable es que fue encontrado muerto por paro cardiaco a la edad de 42 años.
Con el tiempo Raas sería mentor de otro gran equipo holandés, la Buckler, ese bloque de los noventa compuesto por tremendos gigantones, el origen del actual Jumbo.

En 1977 Jan Raas ganó su primera Amstel, poco después de hacerlo en San Remo

Abrió por entonces el mejor periodo jamás logrado a título individual en la fiesta ciclista nacional y holandesa.
En sus orígenes, la Amstel debió partir de Amsterdam para acabar en la zona del Limburgo, lo que viene a ser la única montaña del plano estado bañado por el mar del Norte.
Las primeras salidas se tuvieron que ir finalmente a Breda, donde la rendición.
Mucho más joven que sus coetáneas valonas, la Amstel nació en 1967 si bien antes su creador, Herman Krott, logró que la empresa cervecera patrocinara un equipo amateur.
La Amstel surgió en cierto modo como culminación a los muchos critériums que poblaban el calendario nacional.
Eran muchos pero casi sin entidad.
Los Países Bajos que tan buenísimos ciclistas tenían necesitaban un acontecimiento de primer orden.
Si Limburgo es su hábitat, el Cauberg, su faro.
Raas tiene aquí su lugar fetiche, pues al margen de ser campeón del mundo, encadenó cuatro éxitos aunque alguno embarrado en la polémica como en un raro transitar de los coches de carrera que le acabó por beneficiar frente a Francesco Moser en 1979.
El ciclo de Raas lo interrumpió Bernard Hinault, cuando lo relegó a la quinta plaza una vez batió a De Vlaeminck.
Al siguiente Raas volvería a ganar.
Cinco veces campeón, el fenomenal ciclista tulipán es destacadísimo recordman de esta carrera pues lejos se ubican Knetemann, Merckx y Jaermann, dos veces ganadores, y Gilbert, con triple corona cervecera

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