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Ciclismo antiguo

Para Jean Robic las carreras duraban hasta el final

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DT – 2022 post

Un Tour ganado en la última jornada marca el carácter de Jean Robic

Al redactar estas líneas quisiéramos exponer a los lectores un hecho histórico insólito cuyo significado se escapó de toda la normalidad cotidiana. Este escrito refleja una noticia histórica que en su época causó un verdadero impacto deportivo. Se puede encuadrar como un hecho más bien chocante desde nuestra perspectiva y tiene por objeto a un histórico como Jean Robic.

Es una estampa del pasado que siempre he recordado con especial agrado y hasta nostalgia en mis años de adolescencia, y singularizo al decirlo. Fue en aquel entonces cuando empecé a interesarme por el deporte de las dos ruedas, sus grandezas y sus decepciones.

Aquel Tour de 1947 que volvió a ser noticia… 

El de que en el Tour de Francia, en el último día de carrera, no acontecieran eventos de importancia era una tradición que los aficionados bien asimilaban. Era una jornada de tono festivo y nada más; un día de asueto casi. La clasificación general se solía mantener inamovible. Es algo que se ha cumplido por lo general sin reparos. Basta repasar un poco por encima la historia del Tour. La excepción, sin embargo, alguna que otra se produjo; se rompió el molde de lo establecido.

Por eso queremos hacer referencia al Tour de Francia del año 1947, que volvió a ponerse en activo tras la finalización definitiva de la Segunda Guerra Mundial que asoló el territorio francés y el resto de Europa.

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Los organizadores galos, luchando contra viento y marea, no cesaron en su empeño de poner de nuevo en órbita la histórica e importante competición por etapas, el máximo acontecimiento ciclista de siempre. Había la necesidad de  hacer olvidar las ingratitudes que nos deparó una guerra bélica cruenta y sin concesiones, llena de muertes en ambos contendientes enfrentados sin piedad.

El golpe de teatro protagonizado por Robic

Quedaba pendiente la última etapa Caen-París, la vigésimo primera. Figuraba como líder el italiano Pierre Brambilla, afincado de tiempo en Francia, que se ganaba la vida ejerciendo de albañil.

Era un ciclista fornido con una voluntad de hierro que no se rendía así como así a los acontecimientos adversos.

En la citada jornada el bretón Jean Robic, así se llamaba, con su diminuta e inconfundible figura, atacó de firme en la cuesta denominada Bon-secours, situada a 140 kilómetros de la capital francesa.  Le secundó en la escaramuza y en el esfuerzo otro compatriota suyo, su  compañero de fatigas apellidado Edouard Fachleitner.

El pelotón quedó en consecuencia totalmente diseminado en varios grupos. Cada cual trató de salvarse como pudo ante el naufragio general vivido con particular rudeza.  La etapa al final la ganó el belga Alberic Schotte.

Pero el gran triunfador fue el pequeño Robic, que gracias a su inesperado ataque pudo enfundarse con todas las de la ley la casaca amarilla de líder en la misma París, en el famoso Parque de los Príncipes, sin haber tenido el honor de haberla lucido en el transcurso de todas las anteriores etapas de que constaba el Tour.

Toda la gloria fue para él ante la mirada atónita de miles y miles de aficionados que aplaudieron su improvisado cometido y su apurada decisión fraguada a última hora.

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Caso inédito el vivido en aquel Tour. Jean Robic, curiosidad aparte, fue considerado como regional bretón, cuando en realidad  había nacido en la localidad de Condé-lès-Vouziers, colindante a las Ardenas, no lejos de la frontera con Bélgica.

Se le apodaba comúnmente “Biquet” o “Tête de cuir” (Cabeza de cuero), dado que fue el primer ciclista que usó la consabida protección, cosa que llamaba poderosamente la atención en las pruebas  en donde él participaba. Se entiende en carretera abierta, dado que en los velódromos ya se usaba una defensa similar a la que usó Robic, siempre situándonos en una época ya lejana.

La fatalidad de un destino

Aquella protección vino como consecuencia de una grave caída acaecida contra unos malditos   adoquinados en la conocida clásica París-Roubaix, en el año 1944, con fractura de cráneo. Estuvo a dos pasos de la muerte.

Con todo nunca está de más el airear este hecho protagonizado por Jean Robic, que sufrió ¡qué fatalidad! otras seis fracturas en diversas partes del cuerpo a lo largo de su carrera deportiva como ciclista, quizá atenazado por su manera peculiar de correr guiada por su temperamento un tanto marcadamente impetuoso.

Hombre polémico pero de gran corazón, al que tuve la oportunidad de conocerle personalmente y entablar una buena amistad. Recuerdo cuando participó en el Campeonato del Mundo de ciclocross del año 1953, que tuvo lugar en nuestro país, en Oñate (Guipúzcoa), en el que venció su compatriota Roger Rondeaux. Nunca está de más decir en torno al polifacético Robic, que en el año 1950 conquistó el título mundial en esta durísima especialidad.

En 1980, retirado del deporte activo, un aparatoso accidente de automóvil le segó la vida a los 59 años, dejando un recuerdo imborrable entre los entusiastas aficionados de la bicicleta que habían seguido al dedillo sus pasos y su historial.

Poseía mucho tesón y admirable coraje frente a las adversidades que tuvo a lo largo de su carrera. Todos nosotros, sumergidos en nuestra edad juvenil, sentimos muy de veras su muerte, que llegó un tanto prematura por la incógnita del destino.

Por Gerardo  Fuster

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Ciclismo antiguo

Recuerdos del Txente García ciclista

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DT – 2022 post

Txente García, hoy popular director, fue un ciclista muy interesante

Han pasado once años desde el adiós del ciclismo pro de José Vicente García Acosta, también Chente o Txente, como prefiráis.

Lo hizo semanas después del final de Carlos Sastre, quien se evitó el trago de presenciar cómo un sponsor se esfumaba de un día para otro.

Hoy Txente García Acosta es uno de los directores más populares del World Tour, especialmente en este lado de los Pirineos, con sus sonadas participaciones en los documentales del Movistar, actuaciones que, ya lo dije, caen simpáticas en apariencia, pero que reflejan los tics del equipo, en esencia.

Con entonces 39 años, Txente era uno de los pocos testimonios en activo que convivió con Induráin en la pomada.

Hoy en esa tesitura está sólo Davide Rebellin… 

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Poco a poco se iban yendo los elementos que surgieron de aquella fabulosa época, expresando un adiós que nos dejaba ante la incertidumbre del futuro y eso que el tridente Purito-Valverde-Contador entraba en una fase de gran productividad.

Txente fue un tipo con suerte, lo sigue siendo hoy

Estuvo toda su vida deportiva, diecisiete añitos de pro, nada menos, siempre en la misma estructura, por mucho que ésta permutara su nombre ante las necesidades del patrocinio: Banesto- Illes Balears- Caisse d´ Epargne- Movistar.

Navarro, bonachón, buen ciclista,… tenía todos los números para culminar el tipo de carrera que ha desarrollado.

Siempre fiel al tándem Echávarri & Unzue, emprendió una trayectoria sin estridencias, abonado a la labor de equipo, con contadas perlas en su bagaje personal y ajeno a los muchos problemas que el pelotón español iba acumulando, desde que en 1995 diera el salto a profesionalismo.

Recuerdo la edición del Tour 1998, aquella que acabó con todos los equipos españoles ajenos a la contienda días antes de arribar a París.

Aquella fue una carrera sin victorias españolas.

Txente fue quien más cerca anduvo de ella, pero Danielle Nardello evitó su éxito, en un sprint in extremis que me dejó un mal sabor de boca enorme, pues aquel día Txente fue el más fuerte de la fuga.

Tomó revancha un año después, ganando una jornada antológica en el Macizo Central, con el plus de que aquel era el día nacional de “la France”.

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Ese regusto borró la sinergia negativa de un año antes.

Con el tiempo añadió dos etapas de la Vuelta a su escueto palmarés, que pudo ser un poquito más amplio en el caso de la grande española de no haber mediado aquella increíble jornada con meta en Ciudad Rodrigo, en el año 2000, cuando sus divergencias con Roberto Laiseka cerca del culmen, dieron aire a Vinokourov por detrás.

Esos años, quien más quien menos, soñábamos con aquel armario pamplonés liderando camino de Roubaix.

Pero eso no iba con el equipo y sus mentores.

Txente García Acosta se acopló al perfil de ciclista que querían en la casa,

De hecho Juan Antonio Flecha se había ido, años antes, al Fassa en busca de los estímulos que Banesto no le ofrecía.

Una doctrina que, en mi opinión, adormiló el potencial de Txente en el pavés, para la que muchos pensábamos que había nacido.

Sereno, dotado, fuerte, corpulento, forjado,… son algunos de los adjetivos que grandes del infierno del norte culminaron con el éxito final en el velódromo.

Como Txente coincidieron otros como Tchimil, Duclos Lasalle, Madiot, Tafi,…  que escribieron su fortuna en base a los mismos argumentos que siempre movieron al navarro.

Sin embargo éste nunca optó por ese camino de recompensa personal.

Nos quedará el beneficio de la duda en este tema, en el resto, haber sido leal a los mentores del equipo le ha resultado, como bien vemos.

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Ciclismo antiguo

Este sábado, una maravilla llamada Giro dell´ Emilia

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DT – 2022 post

Aunque no esté en el WT, en el Giro Emilia siempre hay mucho prestigio en juego

Este sábado, una semana después del mundial, viene el Giro dell´ Emilia, una de esas joyas que pervive en el tiempo y sobre los tiempos.

Todo en Bolonia, donde no hay momento que no suceda bajo una arcada.

Una ciudad bajo arcos, de espacios interiores, ajenos a la intemperie.

Un urbanismo paralelo, íntimo, a veces oscuro, testigo de negros eventos y peores presagios.

El Giro dell´ Emilia no es ajeno a esa estampa: Allí donde la ciudad pierde su nombre, trepa un tentáculo de ese pulpo callejero en forma de arcada, desde Porta Saragozza, no lejos de San Petronio y los grandes templos de la gastronomía boloñesa.

Una arcada que al principio es llana, paralela a la vía y que, en el espectacular Arco del Meloncello, corre montaña arriba para concluir en San Luca, iglesia que por fuera promete una belleza que no se corresponde con el interior.

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De entre los lugares que el ciclismo marca en la geografía, éste de San Luca no es el más conocido, pero aquí siempre lo hemos tenido como un sitio especial, muy especial.

Porque en pocos sitios el ciclismo entra en comunión con el entorno como aquí, con la carrera, los ciclistas subiendo paralelos a una arcada barroca que cobija peregrinos desde el siglo XVII hacia las entrañas de la basílica de arriba.

Una basílica que es un teatro, el escenario de una de esas carreras que perviven, a pesar de los tiempos del ciclismo superprofesionalizado.

Hablamos del Giro dell´ Emilia.

Recuerdo una vez que escribimos de ellos, y cómo desde un humilde despacho boloñés consiguen sacar adelante una competición que es un oro, un asidero a donde agarrarse porque todo es pequeño, cercando y amigable, como era el ciclismo que movía masas en la belle époque.

El pasillo hacia San Luca tiene, desde abajo, desde el tramo llano, 666 arcos, la cifra de la bestia, y acoge llegadas del Giro della Emilia desde hace unos años, los suficientes para ver ganar a Jan Ullrich, Gilberto Simoni, Michael Boogerd, Nairo Quintana y Esteban Chaves.

San Luca también ha visto el Giro de Italia, con triunfos de Moreno Argentin y Simon Gerrans.

El último de Primoz Roglic hace tres años, siendo el primer líder del Giro de Carapaz.

El esloveno es además el vigente ganador de la clásica.

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El Giro dell´ Emilia nació en 1909, es una carrera más que centenaria con Constante Girardengo en lo más alto.

Cinco triunfos le avalan.

En el lugar, antes que los citados, ganaron Moser, Coppi, Bartali, Motta, Leoni… hasta Eddy Merckx no ganó un internacional, y eso fue en 1972

Italia es esto, el sitio que se creó para que el ciclismo fuera más bello, el envoltorio perfecto para que este deporte encuentre donde hacerse grande, pero también cercano, un país que sigue presentando un calendario de final de temporada riquísimo, denso y variado, con un muestrario de carreras que ha sobrevivido a los tiempos de la crisis, que por esos lares fue también cruda.

Y todo porque al final del camino hay un monumento, está Lombardía con sus pocas hojas muertas.

Imagen: FB Giro dell´ Emilia 

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Ciclismo antiguo

Criquielion en la llegada más dramática de un mundial

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DT – 2022 post

El Mundial de Renaix coronó a Fondriest pero condenó a Criquielion

No he hablado mucho en este mal anillado cuaderno de Claude Criquielion, uno de los primeros apellidos que me suenan en mi infancia ciclista, ni siquiera había recordado ese mundial que un día perdió ante los suyos, en los confines de Flandes, en el límite con Valonia, en las calles que le vieron crecer.

Pero así fue, Claude perdió la opción de renovar el irisado de la forma más cruel y truculenta que uno puede imaginar.

Renaix es el nombre que suele salir en el palmarés de los mundiales, aunque si digo Ronse, quizá os suene más.

Al sur de Oudenaarde, esta ciudad es punto de paso de no pocas carreras de la primavera flamenca, siendo presente del ciclismo, pero también pasado con historias potentes.

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A la que protagonizaría el personaje de este artículo, cabría añadirle el polémico sprint mundialista que habían disputado muchos años antes Beheyt y Van Looy, con triunfo para el primero.

Aquello había sido 25 años antes de esta historia que nos lleva al año 1988, el mismo del Tour de Perico, de la etapa del Gavia en el Giro.

Aquella carrera era el típico mundial celebrado en Bélgica, con una expectación fuera de norma y una emoción que iba a más con el paso de cada giro.

En el penúltimo, el pelotón había dado cuenta del ataque de Laurent Fignon, quien no contento con el destrozo hecho, buscó la aventura de nuevo en la vuelta final, hasta que una rampa en el pie le dio la señal de que el físico no le daba para más.

No era el caso de Claude Criquielion.

Motivado por correr en casa, Criqui atizó fuego en la última vuelta, sacando de rueda a todos en el Kruisberg, con excepción hecha de un joven llamado Maurizio Fondriest, italiano de 23 años llamado a cosas grandes, como habríamos de ver.

Por cierto, que ver al trentino hoy en día es un espectáculo, Maurizio creo que está más flaco ahora que en su época de ciclista activo.

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Criqui, campeón años antes en Barcelona, volaba hacia meta con el italiano al son de los «Claudy, Claudy» que chillaban los suyos desde la cuneta.

El ritmo era fuerte, pero no suficiente como para evitar que Steve Bauer, líder aquel año en el Tour justo antes del asalto de Perico, les diera caza a medio kilómetro de meta.

El canadiense se fue cerrando de cara a meta, delante del trío, yéndose hacia su derecha para dejar un pequeño pasillo por el que Criqui quiso pasar sin que hubiera espacio físico.

El belga hacía el afilador, se iba al suelo, Bauer se descentraba y Fondriest tomaba el mando para celebrar su título de campeón.

La desgracia de Criquielion, cruzando a pie la meta de aquel mundial, fue legendaria, formando parte de uno de los episodios más recordados de la historia de la carrera más bonita del año.

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A mí me gustaba Voeckler

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Ciclistas como Thomas Voeckler levantaban a la afición

Aunque Thomas Voeckler es historia pasada del ciclismo desde hace más de cinco años, su figura emerge al primer plano en cada mundial.

El otro día, tras la competición australiana, hizo un ejercicio de autocrítica sobre la estrategia francesa que habla bien del personaje.

Habían logrado la plata con Laporte y sido una de las mejores selecciones en el tapete austral, pero no le resultó deficiente.

El palmarés del Thomas Voeckler ciclista no fue el más amplio del pelotón.

No se midió con el de Fabian Cancellara o Purito, otros dos grandes que lo dejaron más o menos cuando él, pero su bagaje manejó dosis calidad y simbolismo.

Voeckler convivió con la peor crisis de la historia del ciclismo francés, durante esos años que el mejor “enfant de la patrie” en el Tour se iba más allá del top ten, años en los que ganar una etapa era un imposible para el 99% del pelotón francés.

Voeckler, como Sylvain Chavanel, esquivó esa realidad.

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Fue en 2004, en aquel Tour de meteorología de perros, por entre los chapiteles de la enorme catedral de Chartres, cuando Voeckler dio el paso al frente.

Cogió un amarillo que defendió hasta la extenuación, una extenuación alicatada en caras extrañas y poses maniqueas.

Lo defendió hasta las entrañas de los Pirineos, mientras Armstrong y Basso se daban hasta en el carnet y dejaban víctimas a su paso.

Aquella numantina resistencia le situó en el imaginario.

Pasaron los años, y sus actuaciones se contaban por la cantidad de teatro que era capaz de desplegar, podía gustar o no, pero era lo que había, ni más ni menos.

Y casi suena la flauta, en el Tour de 2011 cuando alargó su periplo en amarillo, iniciado en aquella famosa etapa que vio como un coche enviaba a Hoogerland a un alambrado, hasta los mismísimos Alpes.

Su antológico cabreo en el Galibier fue una de las postales de la edición.

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Quedó cuarto, pero no satisfecho.

Al año siguiente, más teatro del bueno, por los Pirineos, ganando dos etapas, metiéndose la hinchada en el bolsillo en el Tour que marcó el plomo del Team Sky sobre la carrera.

Ese fue Voeckler, ambición en estado puro, un ciclista que no escondía amargura cuando perdía, que no acudió al podio de una París-Tours, porque la segunda plaza le reconcomía, en el sumum del paroxismo.

Su personalidad, su “carácter pestoso” en el pelotón, todo, se echará de menos, pero son los tiempos, nada es eterno, aunque el recuerdo de este singular ciclista perdurará mucho tiempo en el ánimo.

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