Ciclismo
Ciclocross: Mathieu van der Poel puede ser el “special one”
Si gana su octavo mundial de ciclocross, nadie discutirá el cetro de Mathieu van der Poel
Mañana el cielo del ciclocross se despejará sobre los Países Bajos para coronar, salvo catástrofe mayúscula, a un Mathieu van der Poel que entrará en una dimensión estadística desconocida.
Alcanzar el octavo título mundial no es solo un número redondo o una medalla más en el pecho del nieto de Poulidor, es el acto final de una colonización que deja atrás la sombra eterna de Eric de Vlaeminck.
Durante décadas, los siete cetros del belga, fallecido hace ya más de diez años, fueron una frontera inexpugnable, un muro de carga que sostenía la mística de un ciclismo de barro, técnica depurada y una elegancia casi aristocrática en el salto de los obstáculos.
Eric fue el precursor de esa dictadura del talento que hoy vemos en Mathieu, pero desde una esquina diferente del tiempo donde el barro pesaba más y las cámaras grababan menos.
Resulta difícil no imaginar cómo habría digerido Eric este adelantamiento.
En la memoria queda aquel gesto de su hermano Roger cuando Tom Boonen alcanzó su cuarta París-Roubaix, igualando el récord histórico que el “Gitano” defendía con un orgullo casi feroz.
El linaje de los De Vlaeminck siempre llevó implícito ese sentido de pertenencia a la historia, una guardia de corps de sus propios hitos.
Roger miraba a Boonen con la distancia de quien sabe que los tiempos han cambiado pero la dureza es innegociable.
Con Eric y Mathieu sucede algo similar pero elevado a la potencia del apellido.
Hablamos de dos estirpes que han definido el ciclismo de invierno.
Por un lado, el clan De Vlaeminck, con Eric como el artista capaz de dominar el equilibrio y Roger como el caníbal de las piedras.
Por el otro, el sello de los Van der Poel, que hoy brilla con Mathieu pero que se cimentó en la versatilidad de Adrie.
El padre de la actual bestia ya fue campeón del mundo en 1996, un corredor que entendió que para ganar había que ser el más listo además del más fuerte.
Sin embargo, lo que Mathieu está logrando es una síntesis perfecta de ambos mundos: la finura técnica que encumbró a Eric de Vlaeminck y la potencia bruta que le permite dinamitar las carreras en el primer giro.
La comparación con los De Vlaeminck no es solo una cuestión de palmarés, es el choque entre dos eras donde el apellido pesaba tanto como el desarrollo de la bicicleta.
El octavo título de Van der Poel en suelo neerlandés cerrará un círculo que Eric dejó abierto hace medio siglo.
Es el fin de un récord que parecía tallado en piedra y el inicio de una contabilidad que solo Mathieu parece capaz de gestionar.
El ciclismo de hoy devora mitos a una velocidad de vértigo, pero conviene recordar que antes de que el joven maravilla dominara los circuitos, existió un hombre llamado Eric que convirtió el ciclocross en una disciplina de autor, estableciendo una marca que ha necesitado cincuenta años y un talento generacional para ser superada.




