Ciclistas
Retirada de Dumoulin: cuando no hay más, no merece la pena insistir
Con la retirada de Dumoulin perdemos un enorme ciclista
No es sencilla de digerir una retirada como la de Tom Dumoulin, pues sin él perdemos un ciclista único en tiempos raros, tiempos en los que este deporte ha cambiado y tomado una senda que no sé si es la más acertada, pero sí la que ha decidido tomar.
Cambios que afectan al ciclismo de abajo arriba, un modelo que no mira mucho al pasado y sí a lo que hoy se considera cool, en el caso de las grandes vueltas, que es donde Tom destacaba: kilometrajes más cortos, etapas de montaña trufadas de rampas imposibles e inexistencia casi total de la contrarreloj como forma de separar el grano de la paja.
Tom Dumoulin era otra cosa en este ciclismo, era ese atleta con el que crecimos, completo en todos los terrenos, correoso en montaña y superlativo contra el reloj
Un perfil de ciclista que está en peligro de extinción porque se le propone un ciclismo de achicar agua y salvar los muebles, con pocas, muy pocas oportunidades para sus características, roto en medio de cuestarrones que, con esa corpulencia, eran paredes, y cada vez menos kilómetros de lucha individual para lucirse.
En este ciclismo ha crecido y triunfado Tom Dumoulin hasta el mismo momento de su retirada.
Verle, por ejemplo, en el tramo final del Mundial de Innsbruck, salvando la cara muy al final, en aquel muro, es el ejemplo de lo que hablamos.
Lo mismo que en la Vuelta que tuvo a tocar, con una sublime crono en Burgos, pero salvando las cuentas en finales imposibles y quedando en medio de la nada, cuando su equipo no le acompañaba en la Sierra de Madrid.
Dumoulin ha sido un ciclista de hace treinta años en tiempo presente, y nunca, nunca, le hemos oído quejarse, al contrario, siempre ha recogido el guante y ha competido como ha podido contra ciclistas a los cuales les han hecho los perfiles casi a capricho, desde Fabio Aru a Nairo Quintana.
No nos hagamos trampas al solitario, por eso.
Que Dumoulin fuera más croner que escalador no le quitó un ápice de ambición y riesgo en la carretera.
Cuando podía asomar la cabeza, siempre atacaba y dejaba etapas para el recuerdo.
No olvido aquella decisiva del entonces Eneco Tour, entre la lluvia de agosto, frente a Tim Wellens en una persecución infernal entre ambos.
Dumoulin también plantó cara con lo que pudo a los Sky que auparon a Geraint Thomas al primer peldaño del Tour, hace a cuatro años.
Poco pudo hacer, pero buscó improvisar y anticiparse, hasta los hombres en esa ocasión de blanco le dejaron.
Pero si hubo una carrera con la que se ha identificado ha sido el Giro.
Es la grande que luce en sus vitrinas, incluso con un apretón, al pie del Umbrail Pass, por el camino.
Creo que en el Giro Tom ha vivido dos momentos decisivos para entender el presente.
En 2018, las dudas que tuvo en intentar seguir a Froome en Finestre le quitaron la posibilidad de renovar su título en el Giro.
Al año siguiente, en la primera etapa que gana Carapaz, sufrió una caída que le afectó tanto y de tal manera la rodilla, que la recuperación se convirtió en una tortura china de tal magnitud, que nunca más volvió a ser el mismo.
Fue importante en el apoyo para Roglic en el Tour de hace dos años, de cuya pelea se borró en favor del esloveno, e incluso pisó el podio olímpico una vez volvió al pelotón tras el parón que se dio fuera del ciclismo.
Pero no ha sido suficiente, cuando vi a Dumoulin quedarse en el Etna, en este Giro, pensé rápido en la palabra retirada.
Quería verle delante en Italia, pero no hubo más que dar.
El otro día me hablaron de él y del poder del coco en este deporte, Dumoulin dejará el ciclismo en unos meses y lo hará con la sensación, al menos por mi parte, que nos deja muchas cosas buenas sin ver.
Espero que le vaya muy bonito fuera del circo…




