Primoz Roglic
La París-Niza que no figurará en el palmarés de Roglic
La París-Niza acaba evidenciando que Roglic hace bien en no perdonar
Cuando dentro de unos años hablemos de Primoz Roglic, como hoy lo hacemos de los tiempos de Tony Rominger, recordaremos que en ese palmarés faltan tres carreras francesas, la última esta París-Niza.
Un año después que el ciclismo se despidiera aquella tarde del 14 de marzo del veinte veinte, con Nairo triunfando en el final precipitado de la carrera hacia el sol en La Colmaine, y Schachmann vistiendo el último amarillo antes del confinamiento, el ciclismo nos ha ofrecido una tarde de esas que, por tan memorables, siempre tendremos a mano para poder explicar lo que nos gusta del ciclismo.
Un camino de curvas y repechos, preñado de peligro y sorpresa en cada giro, una sucesión de emociones empalmadas de Tirreno a Niza, con el único trenzado de nuestro amor por este deporte.
Menudo día de ciclismo!!!
La cara y la cruz. #TirrenoAdriatico#ParisNice pic.twitter.com/qVDxwC97fE— Turista de la Vuelta (@TuristaVuelta) March 14, 2021
Cuando Van der Poel cruzó medio grogui la meta de Tirreno, pensamos en cambiar de canal para ver el trámite de Roglic en París-Niza con el desdén que nos causa una carrera, a priori, sentenciada.
Pero en Franca estaban por rivalizar con Italia y donde las cosas parecían sentenciadas emergió eso que el ciclismo, a veces también el moderno, nos sabe regalar: impagables instantes de incertidumbre y descontrol cuando todo parecía ya escrito.
Cuántas crónicas hechas por adelantando habrá jodido el epílogo de la carrera que un día vistió de blanco sus líderes
La imagen de Primoz Roglic con sus cachetes desnudos y raspados, el culotte roto y el pelotón sacando metros prendió en nuestra memoria como aquellas del ciclista destrozado por la remontada de Pogacar en Planche des Belles Filles y los quemazones definitivos del Dauphiné que acabaría abandonando.
Tres golpes, tres, durísimos en menos de un año, en escasos siete meses, tres carreras, las tres en Francia que nunca figurarán en el palmarés de Roglic, por mucho que se las atribuyéramos a poco del final.
Ojo que la dimensión del desastre no es pequeña. es un plomo para la moral de cualquiera, ahora que hablamos tanto de psicología ciclista y gestión de frustración.
Primoz Roglic podría escribir un manual, qué digo un manual, un libro sobre psicología, de lomo grueso y letra pequeña
Una caída, en un giro mal tomado, a unos veinte de la última meta de la París-Niza, y el consiguiente problema con la cadena han sido un lastre muy grande para Roglic.
Leemos que ha completado los últimos 70 kilómetros de la carrera con un hombro dislocado,
La carrera iba lanzada, y la letra pequeña dice que no se para, Bora estaba ahí y no perdonó, Schachmann mantuvo la corona, incluso con ayudas cuyo trasfondo un día quisiéramos conocer de Ineos y Cofidis.
Mientras Roglic se hundía, nadie le perdonaba por delante, lícito y legal, tanto como que el esloveno ganara tres etapas del tirón cuando pudo y agrandó un palmarés que apunta a legendario.
Para Roglic el ciclismo es un profesión, entiendo que cierta pasión también le guía, pero esto es un negocio y como tal ejecuta, de la misma manera que le aplican la lija cuando vacila o se descuelga.
Es quizá por eso que su capacidad de rehacerse y rearmarse sea tan admirable.
Ahora la revancha le viene en Itzulia contra un tal Pogacar, eso puede ser épico



