Ciclismo
¿Por qué el ciclismo no puede tener seis monumentos?
No hay carreras en ciclismo que puedan rivalizar con los cinco monumentos
El primero de los monumentos se corre en Italia, es mediados de marzo como dice el calendario perpetuo del ciclismo.
Será el que abra el ciclo de las cinco carreras más singulares del año, un ciclo establecido desde tiempos inmemoriales y que creo que va a ser así por muchos años.
Los cinco ya los conocéis y todos tienen varias cosas en común, pero en especial tres.
La antigüedad…
Todos los monumentos son centenarios y es materialmente igualarles en ese aspecto.
En ellos relucen todos los grandes nombres de la historia y eso, amigos, no lo tendrán nunca el resto de carreras, que tienen lo suyo, pero no la lista de ganadores de San Remo, Roubaix o Lombardía.
Nombres míticos…
En los monumentos se han forjado leyendas, auténticas franquicias cuya sóla pronunciación suena a ciclismo.
Poggio, Arenberg, Koppenberg, La Redoute o Ghisallo, la toponimia de los monumentos es única, elevada.
Distancias siderales…
El monumento que se precie debe superar los 250 kilómetros, cuando no coquetear con los 300.
A partir de los 200 kilómetros empieza la carrera de verdad, eso decían los manuales, aunque a veces tenemos recuerdos increíbles como aquella Roubaix de 2016 en la que todo estalló a más de 100 de meta.
He soltado todo este discurso, que creo no es la primera vez que entra en este mal anillado cuaderno a raíz de la sempiterna duda de si la Strade Bianche entrará o no como el sexto monumento, cosa que, la verdad, me parece innecesaria para explicar una carrera que en tiempo récord se ha granjeado una singularidad extrema, marcando incluso tendencia en otras grandes citas del calendario.
Pero la Strade adolece de los años necesarios en ciclismo que le permitirían tener casi todos los grandes nombres de la historia en su palmarés.
Los cinco monumentos están en otro nivel, incluso con el palmarés reciente de la Strade, y el ciclismo brilla especial cuando llega el día de su celebración.




