Mundo Bicicleta
“Mira, es el jodido Tyler Hamilton”
Tyler Hamilton relata, en riguroso orden cronológico, la tempestad que sacudió su calma mental
El otro día me devolvieron el libro de Tyler Hamilton, una historia que nació cuando moría la sucesión de los hechos que cuenta.
Una espiral, una vorágine.
Como esa agua que abandona aturullada el desagüe de un lavabo.
Tyler Hamilton relata, en riguroso orden cronológico, la tempestad que sacudió su calma mental.
Sí. Aquí nos hicimos eco de la obra que sinceramente pone al descubierto muchas cosas.
Su valor es doble, a dos aguas.
Por un lado, documental, prueba y atestigua varias verdades, a saber…
Lance Armstrong fue un gánster de la peor calaña surgido sobre las cenizas de una enfermedad.
España era, quiero pensar que no sigue siéndolo, el paraíso del dopaje.
El sistema que rodea al ciclismo no invita a ser coherente con tu ética ni valores de niñez.
Sin embargo, y por una regla de tres que se nos escapa, el ciclismo sigue vivo, es motivacional y mucha gente se sigue inspirando en él. Paradójico.
Empecemos. Tyler Hamilton lleva una vida piramidal.
Arriba, Lance Armstrong, hilo conductor de la narración, presente en presentación, nudo y desenlace.
Si el tejano no quisiera salir, sería imposible la concepción de la obra.
En medio dos médicos listísimos, uno, Michele Ferrari, el otro Eufemiano Fuentes, el tipo más avispado que ha pisado los aledaños del pelotón.
Trabajó con tantos y tanto tiempo a la vez, que es increíble cómo una persona puede mantener tal omnipresencia.
Abajo, en los vértices, dos directores, desalmados, carentes de escrúpulos, hijos directos de los milagros de los noventa.
Uno Johan Bruyneel, el otro, el “forzudo en persona” como él llama el ciclista en su redacción, Bjarne Rijs.
Salen otros muchos nombres, otras muchas situaciones, otros muchos lugares.
El libro de Hamilton responde a muchas preguntas.
Desconozco su grado de sinceridad.
Su forma de hacer es conocida, se introduce en un mundillo, admite verse “obligado”, acepta las reglas, las ejecuta y cuando se ve expulsado, canta como un pichoncillo.
Su confesión fue detallada, exacta, acusadora pero también tardía, al calor de una editorial y múltiples traducciones.
Ello le quita valor, qué duda cabe, como el obvio retoque de un autor, Daniel Coyle, sin embargo damos por buenas muchas de las mierdas que cuenta.
Porque Hamilton no hace más que retratar la vida misma. Wall Street en el ciclismo.
Hay un párrafo sobre Thom Weisel, impulsor del US Postal, en una reunión californiana en enero de 1997.
“Hacerlo de una jodida vez” les dice a los chicos.
Hartos de descolgarse de las furibundas carreras europeas, donde se ven lejos de los mejores, el patrón les espolea.
No dudó en poner los mejores medios. No hubo cortapisas.
Pasados los 1000 días de gracia en el profesionalismo, el ciclista pasa de ser un inocente ser en proceso de aprendizaje a introducirse en las catacumbas éticas y morales.
Querían la fama, pero como decía la serie “la fama cuesta”
La expresión que titula este post es el sumun, la cima.
Tyler Hamilton, en el cénit de su fama, recién venido de aquella trepada kilométrica con final en Bayona, abrió una jornada en el American Stock Exchange, un honor enorme, bíblico, en el mundo de halcones que se movió este tímido ciclista.
“Eh, mira, es el jodido Tyler Hamilton” canturreaban los agentes.
Esa fue la realidad que vivió Hamilton. Una realidad bien retratada, un buen trabajo, tardío, pero bueno y con ello nos debemos quedar.
Imagen: Aeon






La Biciteca
18 de enero, 2014 at 18:40
Fantástica, reseña, Iván.
Joseba
28 de enero, 2014 at 22:38
Desde mi punto de vista la participación de los tres médicos españoles es lo más triste para esta profesión: Dr. Pedro Celaya; Dr. Luis Del Moral; Dr. Eufemiano Fuentes. Son artistas necesarios. Pudieron negarse como lo hicimos otros Médicos. Aún más triste es saber que siguen ejerciendo, que todas las denuncias no sirven para alejarlos del deporte.
JoanSeguidor
28 de enero, 2014 at 23:11
Ahora que citas los tres médicos Joseba, me llamó la atención la reflexión de Hamilton sobre que se sentía seguro y tranquilo en manos de profesionales como ellos. Es como si el ciclista desarrollara un síndrome de Estocolmo con su galeno.