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Ciclismo antiguo

El episodio más curioso entre Indurain y Chiapucci

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Indurain entró en la historia de la Cima Coppi a costa de Chiapucci

Entre los grandes palos de la temporada presente estuvo la no celebración de jornada reina del Giro, seis mil metros de desnivel repartidos por más de doscientos kilómetros que incluían la Cima Coppi de la corsa rosa, el Pordoi de Fausto, pero también de uno de los episodios más curiosos en la rivalidad entre Indurain y Chiapucci.

Fue en mayo de 1993, camino de los treinta años que vamos y la etapa presentaba un perfil muy similar al de la etapa de 2021 mutilada por la nieve, según la oficialidad, por manejos poco claros, según el aficionado medio que esperaba ese día ver un día de esos que pasaba por esquivar eso que llamamos “ciclismo de Youtube”: quemar kilómetros y kilómetros para acabar reventando en las vallas, a 800 metros de meta como muy lejos, haciendo prescindible el resto de la etapa, por mucho que ésta pese en las piernas del ciclista.

Ahora nos vamos a la etapa de Corvara Alta Badia, una jornada de 5000 metros de desnivel y una dureza que vino aliñada por dos elementos que ofrece este rincón de los Alpes: frío y lluvia.

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Era, como decimos, mayo, en concreto 6 de mayo de 1993

El Giro de 1993 tenía un buen puñado de estrellas y un grandísimo favorito, Miguel Indurain, que además de portar el dorsal uno, conocía los entresijos de una carrera que le había prendado desde el primer momento que pisó por su terreno.

Aunque la jornada más famosa de esa edición fue la de Oropa y el ataque in extremis de Piotr Ugrumov, hubo una, días antes, que fue un canto a la épica.

Salida y llegada en Corvara Alta Badia, por medio 250 kilómetros de penar dolomítico con doble ración de Pordoi y la guinda de la Mamorlada, la enorme recta en la que bajo el diluvio, Miguel Indurain tuvo que tomar el mando para neutralizar un ataque a tres entre Pulnikov, Ugrumov y Lelli.

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Salvada la cima del Fedaia, donde Gianni Bugno pagaba caros sus tempranos ataques y Fondriest perseguía y perseguía.

Por su parte, Indurain compactaba el grupo noble con Chiapucci y un joven y blanco Pavel Tonkov a su estela 

El control del navarro era tal que nadie se movió, teniendo el grupo junto hasta que en la cima del Pordoi decidió no dejar pasar primero al líder de la montaña, Claudio Chiappucci.

El inminente doble ganador del Giro quería para sí el honor de hoyar primero que nadie la cima dedicada a Fausto Coppi, el campeón de leyenda con quien se miraba en el espejo de tú a tú.

Coppi no sólo ponía nombre a la cima, también era el objeto de una estela en su recuerdo en la coronilla del Pordoi.

Chiapucci sorprendido miró a Indurain, y éste prosiguió como si nada.

Su homenaje, en silencio, totalmente premeditado, estaba hecho.

En meta el llamado “diablo” se llevó el triunfo en una de esas jornadas que flotan en la memoria de los tiempos.

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Ciclismo antiguo

¿Qué le dio Indurain al ciclismo?

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Indurain fue un referente para una generación de amantes del ciclismo, la mía, que mantiene el convencimiento que nunca verá nada igual

Seguro que en un mes leeremos sobre el día que Miguel Indurain anunció su retirada del ciclismo.

Recuerdo aquel día que seguro muchos de mi generación tendréis también tan presente.

Fue una línea gruesa en la historia del ciclismo español, mundial y si me apuráis de nuestro país en general, pues Miguel Indurain creo que ha sido una figura que ha trascendido más allá de su deporte y lo ha hecho ganando mucho, pero también con gestos y formas que algunos querríamos para nuestros hijos, pues si un deportista pondría como ejemplo de algo a mis hijos, ese sería este navarro de grandes dimensiones y un corazón que no desentona, que fue digno en la victoria, pero más fuera de ella.

La llegada de Miguel Indurain al status que goza en la actualidad provocó movimientos tectónicos en este país, y no sólo deportivos, también sociales y políticos.

Me voy a esta entrevista a José Miguel Echávarri, cuando habló de aquella jornada entre Jaca y Val Louron, hace treinta años, cuando le contactaron desde España para asegurarse de la magnitud del logro de Indurain en la España de Perico.

En ese clima, que rápido se desvaneció, rompió en Miguel una de las maduraciones más medidas que hasta entonces había visto este deporte, que hoy será todo lo tecnológico que queráis, pero que hasta no hace tanto fue de “alpargata y andar por casa” como le gusta decir a nuestros mayores.

Indurain inició con su salto al profesionalismo un proceso de envejecimiento, digno de los mejores caldos navarros.

Bebió del ciclismo de Bernard Hinault, también del de Roche, de Perico, de Lemond y de Fignon, pero trazó una frontera con todos ellos, dio una vuelta de tuerca. Fue más allá.

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Prescindió de la visceralidad de Hinault y Fignon, del foco mediático de Perico, del recalcitrante pragmatismo de Lemond, y construyó un perfil de campeón propio e íntimo, basado, si cabe, en aquel que había cincelado tres décadas antes Jacques Anquetil, el ganador que abría la mano a los demás cuando era menester hacerlo, el campeón que trazaba una línea en el esfuerzo y de ahí no pasaba, el campeón que alargaba el rédito de las cronos hasta hacerlo definitivo en la lucha por los grandes triunfos.

Indurain no fue de alardes, pero sus exhibiciones no fueron gratuitas

Su exuberancia física le servía para abrir huecos imposibles en los rivales y al tiempo dejarles tocados en el ánimo.

Ahí residía la grandeza de sus grandes días, la grandeza de La Plagne, de Luxemburgo, de Lac de Madine, de Bergerac,… el triunfo era doble, tomaba el mando y el desánimo cundía a su alrededor.

Era una forma de ganar vestida con guante de seda, fina y elegante, que no ofendía, que enamoraba a los menos afines, aunque a veces frustraba un poco a sus acólitos, que esperaban verle amasar un palmarés aún mayor.

Indurain ha acabado segundo o tercero más veces que primero en el Tour 

Leblanc, Bruyneel, Rominger, Chiapucci, Bugno,… han ganado con él a rueda, sabedor de que el premio gordo, el que te hace eterno, estaba a buen recaudo.

Ese ahorro diario de energía le daba esa recompensa, pero también le sirvió para alargarse en el tiempo y conseguir algo que nadie había cuajado hasta el momento, esos cinco Tours que lucen cuales soles, de forma consecutiva y cada uno más contundente que el anterior, pues, si se me permite, para mí su mejor victoria de siempre fue la última, la de 1995, cuando contó con un equipo que en ocasiones se vio superado y él nunca vaciló.

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Indurain fue un referente para una generación de amantes del ciclismo, la mía, con el convencimiento que nunca veremos nada igual.

El día que dijo que lo dejaba se abría un periodo que veinte años después creo que seguía vigente, pues la llamada “edad de oro” del ciclismo español, eso que algunos han llevado por lema en sus editoriales, ha sido ninguneada por los grandes medios, los mismos que lamentaron que no hubiera relevo, a su juicio.

Sin embargo no nos debe extrañar su singularidad, Indurain hay uno cada muchos años, no en cada hornada que surge.

Mirad grandes naciones ciclistas, mirad Bélgica, que aún bebe en la nostalgia de Merckx, mirad los Países Bajos, que no huelen el Tour desde Zoetemelk, mirad Francia, camino de las cuatro décadas sin ganar la carrera que es tarjeta de presentación de un país o Italia, que a pesar de Nibali, sigue nadando en el glamour de los grandes siempre.

Verle en el podio era un protocolo de buenas maneras, lejos de los campeones desaliñados y descafeinados que a veces abordaban el cajón exhibiendo indiferencia o mala educación.

Nunca dejó nadie por saludar, azafatas, políticos, empresarios, todo aquel que le requirió tuvo su gesto, su apretón de manos, a ello se le añadía la presión de torear circunstancias complicadas como la evidente competencia entre el banco que la patrocinaba y el que sigue aún pagando el gran premio del Tour.

Indurain triunfó en una época que con los años saltó por los aires por cuestiones turbias.

Sí, el dopaje campó a las anchas en aquellos años.

Gran cantidad de sus rivales cayó en la acusación o directamente en la admisión de sus pecados.

Punto álgido de lo grotesco que fue aquello recuerdo aquella Flecha Valona del 94, con tres Gewiss andando tres o cuatro puntos por delante del resto.

A Indurain nadie le ha tosido hasta la fecha en este tema, y si se ha insinuado, legiones han salido en su defensa.

Eso es haber calado muy hondo.

Indurain está en ese estadio de los mitos, es inmaterial, su legado nos llena y enorgullece, sobrepasa su tiempo, y veinte años y pico después le seguimos teniendo muy presente, conscientes de que quizá el tiempo no nos regalará otro como él.

Imagen tomada de www.ciclografias.com

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Ciclismo antiguo

Así fue el primer gran ataque de Luis Ocaña

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Viajamos al primer ataque, el momento que cambió la popularidad de Luis Ocaña

Y así, el primer día, casi en el primer kilómetro de su primera carrera con el maillot del Fagor, la Vuelta a Andalucía, el sábado 10 de febrero de 1968, Luis Ocaña dijo quién era con un ataque que nadie se esperaba camino de Nerja. Primero fue Rinus Wagtmans, el holandés del mechón blanco, el acróbata rey de los descensos según consenso universal del pelotón, el que se exhibió.

Fue bajando el puerto de Fuente de la Reina camino de Colmenar, en los toboganes de Riogordo y Alfarnate, donde huele a aceite y a tomillo y a humo de leña de las chimeneas de las casas diseminadas, y donde la luz de la Axarquía no es tan diferente a la luz de las sierras de Cuenca que iluminaron al niño Ocaña. Por allí, cuesta abajo, por su territorio de expresión habitual se lanzó Wagtmans y por allí, por donde nadie le conocía, apareció repentino e inspirado Ocaña. Se habían corrido 50 kilómetros, la mitad justamente, de una etapa corta y sin pausa.

Ocaña sacó la chepa, pasó veloz por los toboganes tan aromáticos, adelantó ligero a Wagtmans, quien intentó seguirle pero cejó impotente en la subida a Periana, y siguió solo Ocaña, como solía siempre en las carreras de su juventud en Francia, sin mirar atrás. Por detrás fue el caos, un totum revolutum de nervios, juramentos, frenazos y amenazas. En el frenesí de la persecución Carmelo Morales despeñó un coche de La Casera y tuvo que ser el jefe del equipo, Bahamontes en persona, el que tomara el mando de las operaciones.

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Chillando a los suyos “¡Echadle huevos!, ¡los campeones se demuestran en la carretera!, el Águila, un director del pasado aún joven, lanzó a Sahagún, Sanchidrián y Martínez por la vieja carretera de Almería tras Ocaña, que ya llegaba a Nerja. Y tal fue el ímpetu de los muchachos de Bahamontes que rompieron el pelotón junto a tres más, pero nunca alcanzaron a Ocaña. El Francés, como le decían, pese a pinchar dos veces, llegó solo a Nerja, con 53 segundos de ventaja.

Ese era él. Y ese volvió a ser él al día siguiente, para desesperación de Matxain, quien aceleradamente empezaba a conocerle. Como a Ocaña, líder hermoso, le atacaban desde todos los lados, alfileretazos agudos dirigidos por Bahamontes y Morales, que compartían coche, qué remedio, azuzando a sus Caseras, Ocaña decidió irse del pelotón y atacó subiendo al elevado Vélez de Benaudalla, en la carretera que de Motril asciende a Granada.

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Demasiado para los nervios fáciles de Matxain, que aceleró juramentando y haciendo rechinar las ruedas, adelantó al pelotón y cruzó el coche delante de su ciclista para obligarle a desistir de su lejano ataque. Contra todo pronóstico, Ocaña pareció aceptar la consigna, puso las manos en la parte superior del manillar y se dejó atrapar. Pero en la segunda ocasión en la que atacó, subiendo el puerto del Suspiro, ya no hubo quien le parara. Ni siquiera quien lo intentara. Ocaña volvió a ganar la etapa, y aumentó su ventaja en la general en 43 segundos más sobre el belga Tony Houbrechts, del Flandria, su principal rival.

Y fue justamente la noche que siguió a esa etapa, en el hotel intranquilo de Granada, cuando Mendiburu le dijo aquello de “eres un elemento con carácter, con mucho carácter”, una frase que no logró interpretar hasta el día siguiente.

El día siguiente era la tercera etapa, la Sevilla-Jerez de la Frontera, solo 100 kilómetros por las llanas campiñas del Guadalquivir, las tierras ricas y los campos de remolacha. Debería haber sido el día más tranquilo, pero para Ocaña fue el día del desastre, y, por ello, el día en el que se le abrieron los ojos, en el que comprendió aquello del “elemento característico”…

Fue el día en el que el Flandria, el equipo belga dirigido por Brieck Schotte, pelirrojo y duro como un ladrillo, dominador del Tour de Flandes durante décadas, escogió para hacer una demostración de su arte. Aprovechando un ligero viento de costado, los belgas, que llevaban arropadito a su líder Houbrechts, empezaron suavemente a meter cuneta y como quien no quiere la cosa enseguida organizaron un abanico que cobró impulso según el viento crecía en fuerza. Ocaña intentó aguantar, pero al final cedió, 200, 300 metros, kilómetros…

Por detrás de él se habían quedado muchos compañeros del Fagor que podrían haberse organizado en la derrota para minimizar sus efectos pues eran grandes rodadores, salvo Mariano Díaz. Allí estaban, además, Ginés García, Otaño y Vélez. Y Ocaña tuvo la impresión de que ninguno le echaba una mano de verdad, y llegó a Jerez  a 9 minutos de los Flandria y los cuatro fuertes que les habían resistido a los belgas.

Extracto del libro “Ocaña” escrito por Carlos Arribas y publicado por Cultura Ciclista

Imagen: Happy Birthday

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Ciclismo antiguo

El primer récord de la hora de Indurain fue en la carretera

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Una crono del Tour vio un récord de la hora de Miguel Indurain

Debo confesar que estoy contento: Esta vez no me ha pillado” dijo Claudio Chiapucci tras no ser doblado por Miguel Indurain en una crono que cubrió en ritmo de récord de la hora.

El Tour de Francia de 1992, el de hace 25 años y segundo de Miguel Indurain, tuvo grandes momentos, icónicos algunos de lo que fue el ciclo de dominio navarro en la mejor carrera.

Cuando hablamos de ese Tour, lo hacemos de la salida de Donosti, de las etapas del norte, de la contrarreloj de Luxemburgo, nunca hemos visto nada igual, de la maratón hacia Sestriere, y la irrepetible gesta de Claudio Chiapucci….

Un Tour cargado de emociones, un Tour que rompió en los Juegos Olímpicos de Barcelona, que tuvieron un previo, un entremés histórico pero ciertamente “opacado” por el tiempo.

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Fue la crono entre Tours y Blois, dos enclaves hoy famosos por estar en la ruta del Loira, ahora que todo el mundo sale a conocer mundo.

Dos enclaves que pasaron a la geografía de Miguel Indurain como Bergerac, Luxemburgo, Lieja, La Plagne, Hautacam o Lac de Madine.

La prueba era una bestialidad, 64 kilómetros de mano a mano entre los supervivientes de un Tour que pisó varios países por los progresos acaecidos en la Unión Europea.

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Kilómetros hora de propina

Tras una semana salpimentada por alguna tormenta y muros del Macizo Central, la obsesión en Banesto era atar lo mejor posible un amarillo que en realidad estaba más que adjudicado.

Prudente, José Miguel Echávarrari fijó los cronos sobre Claudio Chiapucci.

Dos o tres referencias fueron suficientes. 

Cuando vio que la cosa estaba atada, con el diablo más allá de los cuarenta segundos, dio vía libre al potencial de su pupilo.

La igualdad entre Indurain y Bugno, que se movían entre el segundo y los tres, se esfumó.

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Miguel abrió gas y sacó cuarenta segundos al campeón del mundo en los últimos 19 kilómetros. Espectacular.

El navarro ponía la guinda a su segundo Tour y a su primer doblete incluyendo rondas francesa e italiana.

Un premio redondo, una secuela a la gran aventura del 92 y una previa a la inauguración a los Juegos Olímpicos de Barcelona, que recuerdo quiso tener al astro navarro entre sus asistentes.

Sin embargo aquel día hubo otro efecto. 

Indurain marcó aquel día 1 hr 13 minutos y 21 segundos rodando a 52,349 kilómetros a la hora, eso es decir, un kilómetro más rápido que Francesco Moser, ocho años antes en la altitud de México DC, uno de esos logros singulares, que posiblemente pocos valorasen en ese momento, pero que dio la talla del atleta que fue el navarro.

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Ciclismo antiguo

La trágica muerte de Francisco Cepeda

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Francisco Cepeda fue el primer ciclista que perdió la vida en la Grande Boucle

Fue un 12 de julio, han pasado más de 85 años cuando Francisco Cepeda falleció compitiendo en el Tour de Francia, siendo el primer ciclista que perdió la vida en la carrera más importante. Queremos recuperar este extracto de “El primer campeón“, pues Cepeda fue compañero de Mariano Cañardo.

Aquella muerte se produjo en un sitio que muchas veces hemos visto, el descenso del Galibier, por Lauratet, hacia Le Bourg d´ Oisans.

Así fueron aquellos días y la convivencia entre ambos:

Entre Amélie-les-Bains y Barcelona pasaron los meses que dieron la bienvenida a 1931. Mariano arrancó algo más pronto la campaña, un inicio aguado por su amigo y gran velocista José Cebrián Ferrer, quien le ganó el Gran Premio de Calatayud. Aquello fue en marzo. Poco después le reclamaron de Francia para disputar la Mont Faron, donde un choque, literalmente hablando, con Montero durante la salida lo dejó parcialmente fuera de combate, haciéndolo hacer a una posición discreta. A aquella cita, al margen de Montero, viajó con Mariano Francisco Cepeda, a la postre el mejor de los tres.

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Cepeda fue un ciclista vizcaíno, buen profesional, con palmarés eminentemente doméstico. Sin embargo su recuerdo se asocia con el descenso del col del Galibier, y más exactamente en la carretera que desciende del Lautaret a Bourg d’Oisans, trecho donde se dejó la vida en el Tour de Francia de 1935. Cepeda fue el primer ciclista que perdió la vida en la Grande Boucle. Con Vietto y compañía bajando temerariamente, Cepeda se dispuso a darles caza, hasta que un coche le atropelló provocándole una caída que le hizo imposible continuar.

Los sanitarios le atendieron sobre el mismo arcén pero no hubo manera, el corredor no presentaba signo alguno de recuperación y se lo llevaron con urgencia al hospital de Grenoble. Allí las horas iban pasando sin síntomas de mejoría. A última hora de la noche, con el corredor aún sin conocimiento, se decidió practicarle una trepanación, pero su suerte estaba echada.

Cepeda falleció aquel 12 de julio. Sus compañeros, los pocos españoles que quedaban en carrera, quisieron estar con él en un momento donde la victoria que se disputaban Romain y Sylvère Maes, Ambrogio Morelli y Félicien Vervaecke, quedaba convertida en una nimiedad. 

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La muerte de Cepeda fue un antecedente doloroso y gravísimo en la historia del ciclismo. El pelotón ya no soltaba un genérico “sois unos asesinos”, como el de Lapize veinte años antes, cuando les hicieron atravesar los Pirineos a merced de los lobos; ahora se hablaba de materiales deficientes, de seguridad precaria y de condiciones míseras. Los artistas del circo eran, paradójicamente, los peores tratados. Eran la purria del negocio, cuando efectivamente eran la clave de bóveda de todo.

Cepeda tuvo una amplia relación con Mariano, de hecho compitieron en pista haciendo pareja en alguna ocasión y ambos estaban juntos en aquel Tour de negro recuerdo. La edición de 1935 del Tour fue la vigesimonovena de la carrera más prestigiosa. España se presentó con un combinado interesante que estaba formado por Trueba, Ezquerra, Cardona, el mentado Cepeda y Mariano, entre otros. Un buen plantel a priori, pero un desastre desde el primer minuto de competición.

Mariano lo dejó en la quinta etapa, sumido en un mar de anonimato en el que nunca llegó a estar por encima de la quincuagésima plaza. Se dijo mucho y se escribió más. “Son tantas las cosas que he leído que ya ni me enfado”, dijo en un primer momento. Luego argumentó: “No es cierto que Trueba nos indujera a abandonar. Trueba no carbura y decidió dejar la carrera. Ezquerra perdió en la etapa del Ballon d’Alsace toda confianza en lograr una buena clasificación y eso le desmoralizó. Yo no podía con mi alma y de un momento a otro esperaba que me pusieran la linterna. Ya veía la llave cerrando el control. Cuando uno no marcha no es necesario que vayamos malgastándonos inútilmente por la ruta”. Mariano supo del terrible desenlace para su compañero Cepeda, el peor de los posibles, cuando aún se albergaban esperanzas de recuperación.

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𝐄𝐓𝐀𝐏𝐀 𝟏: 𝐆𝐂 𝐒𝐮𝐫- 𝐄𝐬𝐭𝐞⁣
⁣En unas horas, 𝐆𝐑𝐀𝐍 𝐂𝐀𝐍𝐀𝐑𝐈𝐀 vuelve a convertirse en la sede oficial del 𝐂𝐈𝐂𝐋𝐎𝐓𝐔𝐑𝐈𝐒𝐌𝐎.⁣
Tras el pistoletazo de salida en el Faro de Maspalomas, nuestros bikers recorrerán 110 km. con un desnivel de 1.500 m. 🚴🚴‍♀️💨

El primer récord de la hora de Indurain fue en carretera abierta y vestido de amarillo

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El camino a Lavaredo compensa cuando llegas arriba y ves uno de los paisajes más irreales del ciclismo

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Entre los hobbies de Freire se cuentan montar muebles, construir altavoces, conducir coches clásicos de carreras...
Éste no se aburre

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