Ciclismo
Het Nieuwsblad y el retrato de Ian Stannard
Cómo olvidar la Het Nieuwsblad de Ian Stannard
Aquel día de febrero de 2015, el ciclismo nos recordó que la superioridad numérica, si no viene acompañada de una neurona activa, no es más que un decorado de cartón piedra.
Lo que sucedió en la Het Nieuwsblad no fue una victoria de Ian Stannard, fue una claudicación en toda regla de un Etixx-Quick Step que se vio ganador antes de tiempo y acabó retratado en la galería de los horrores tácticos.
Tres contra uno.
Tenían a Boonen, a Terpstra y a Vandenbergh.
Tenían la carrera en el bolsillo y, sin embargo, permitieron que un tipo duro de los de antes, un ciclista de roca y frío como Stannard, les robara la cartera delante de su propia gente.
Fue la derrota de la soberbia frente al oficio más elemental.
Patrick Lefevere debió de sentir un escalofrío al ver cómo sus pupilos gestionaban aquel final.
Con tres piezas en el tablero contra un solo peón negro de Sky, lo lógico hubiera sido asfixiar a Stannard a base de ataques alternos, obligarle a cerrar huecos hasta que el ácido láctico le saliera por las orejas.
En lugar de eso, el Etixx se comportó como un equipo de aficionados, tirando de frente, llevando a Stannard en butaca y permitiéndole que se recuperara de cada mínimo esfuerzo.
Tom Boonen, que ya por entonces buscaba reencontrarse con su mejor versión, pecó de una confianza impropia de su palmarés.
Tom nunca ganó esta carrera.
Cuando Stannard decidió pasar al ataque, lo que debería haber sido una respuesta coral se convirtió en un sálvese quien pueda donde nadie supo leer que el enemigo no estaba cansado, sino esperando su momento.
La imagen final, con Stannard batiendo a Niki Terpstra con una facilidad pasmosa, es el resumen de lo que nunca debe hacer un bloque dominante.
El británico se limitó a seguir el manual de la supervivencia: no desesperarse, aprovechar la indecisión ajena y golpear una sola vez, pero con la fuerza de un martillo.
Mientras los azules se miraban entre ellos buscando una explicación que no existía, Stannard ya estaba celebrando su segundo triunfo consecutivo en el pavés inicial.
Fue una lección de humildad necesaria para un equipo que, a menudo, confunde tener el mejor bloque con tener la mejor estrategia.
Los de Lefevere se irían de vacío esa primavera.
Aquella tarde, el ciclismo fue justo con el que más quiso ganar y cruel con los que pensaron que el dorsal y el número de efectivos bastarían para levantar los brazos en Ninove.





