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Ciclismo

Giro: Vingegaard sólo puede ganar en el Blockhaus

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Si Merckx abrió su cuenta del Giro en el Blockhaus ¿por qué no Vingegaard?

Como cuando Pogacar, primero, y Vingegaard a los dos años ganaron en el Berguedà, durante la Volta, como Eddy Merckx en su día, esta vez estamos en el Giro, en el Blockhaus.

Esto no es un puerto, es un muro de viento y asfalto rugoso que se levanta en los Abruzzos para recordar que el ciclismo fue supervivencia.

Su nombre suena a búnker alemán porque lo es; hace referencia a las construcciones de piedra que los destacamentos militares usaban en el siglo XIX para vigilar a los brigantes.

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En el Giro de Italia, esa vigilancia se traduce en una tortura de rampas que rozan el 14% y una altitud que despoja al corredor de su elegancia.

La historia del Blockhaus en la Corsa Rosa nació el 31 de mayo de 1967.

Aquel día, el ciclismo cambió la historia.

Un joven belga de veintiún años, que corría para el equipo Peugeot y al que todavía no llamaban El Caníbal, decidió que no necesitaba permiso de los capos.

Eddy Merckx se impuso en la cima tras una ascensión agónica, logrando su primera victoria de etapa en una gran vuelta. No fue una victoria más; fue el aviso de que el orden establecido por los escaladores puros de la época estaba a punto de saltar por los aires.

Merckx no solo subió más rápido, sino que lo hizo con una suficiencia que resultó insultante para el pelotón.

Cinco años después, en 1972, la montaña volvió a ser escenario de un duelo fratricida. Fuente contra Merckx.

El español atacó con una violencia inusitada, “raro en él”.

Fue una de esas jornadas donde el Blockhaus se cubrió de niebla, transformando la subida en un purgatorio invisible.

Fuente ganó la etapa, pero la montaña se cobró un peaje de fatiga que suele pasar factura en la tercera semana.

El Blockhaus es una ascensión que no admite medias tintas ni tácticas de conservadurismo.

A diferencia de los pasos dolomíticos, aquí el viento juega un papel crucial por su exposición constante.

En ediciones más recientes, como la de 2017 con el triunfo de Nairo Quintana o la de 2022 con Jai Hindley, la subida ha mantenido esa esencia de juez implacable.

El colombiano no ganó ese Giro, fue de Dumoulin, el australiano, sí.

No es una cima para lucirse, es una cima para eliminar y Vingegaard lo sabe, más con Merckx abriendo la historia.

El asfalto que serpentea no ofrece descansos, y cada kilómetro ganado es una pequeña victoria contra la gravedad.

Es, en esencia, el lugar donde el Giro se vuelve crudo, despojado de cualquier artificio comercial, devolviéndonos a ese ciclismo de raíces, búnkeres y tipos que, como Merckx en el 67, descubren su destino entre las piedras de la Majella.

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