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Noticias de ciclismo

Esta vez le tocó a Wout van Aert

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Esta Roubaix premia los muchos y buenos servicios de Wout van Aert

El ciclismo es un deporte de memoria corta, pero la París-Roubaix tiene una forma muy particular de cobrar las deudas a quienes no dejan de creer.

Recuerdo a varios, a Van Avermaet, a Hayman…

Lo comentaba Juan Antonio Flecha durante la retransmisión, justo cuando Mathieu van der Poel navegaba a dos minutos de la cabeza tras el calvario de Arenberg: en esta carrera nunca se puede dar nada por perdido.

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Es una máxima que Flecha ha repetido como un mantra en ediciones anteriores y que este domingo cobró un sentido casi místico en la figura de Wout van Aert.

Esa misma fe inquebrantable fue la que sostuvo al belga cuando el Infierno del Norte se empeñaba en cerrarle las puertas, una estrategia de resistencia psicológica que el propio corredor confirmó al cruzar la meta, roto por un esfuerzo que trascendía lo físico para entrar en lo emocional.

En la liturgia del pavé, la fortuna suele ser un factor caprichoso, pero la inteligencia táctica es la que termina decantando la balanza.

En este escenario, la figura de Christophe Laporte emergió como el contrapeso perfecto.

El francés, que años atrás recibió el regalo de una Gante-Wevelgem de manos de su jefe de filas, devolvió el favor con una lealtad absoluta por detrás, desactivando persecuciones y ahorrándole a Van Aert esos relevos agónicos antes del Carrefour de l’Arbre.

Son precisamente esos vatios gastados a destiempo los que terminan pasando factura, tal como se vio en un Van der Poel que acabó pagando los excesos de su propia persecución.

Para Van Aert, este triunfo supone un bálsamo necesario tras una trayectoria marcada por la resiliencia.

Atrás quedan los sinsabores, las caídas inoportunas y las lesiones que amenazaron con limitar su techo competitivo.

Ha superado pinchazos en momentos críticos y derrotas que parecían definitivas en este mismo escenario.

Esta vez el éxito no era una pieza más en el engranaje de los triunfos de Vingegaard, Roglic o Yates; era su momento, un sorbo de gloria individual que se siente propio para todos los que entendemos que el palmarés de un ciclista de su calibre, a pesar de las diez etapas en el Tour o sus conquistas en Giro y Vuelta, necesitaba imperiosamente el peso del adoquín de Roubaix para considerarse completo.

Imagen: A.S.O./Billy Ceusters

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