Ciclismo
¿El Giro puede sobrevivir a su mal momento? Yo creo que sí
La materia prima y los aficionados son innegociables en el Giro
El Giro de Italia se encamina hacia su resolución final con una certeza aplastante: Jonas Vingegaard transita con más de cuatro minutos de ventaja sobre Felix Gall, un abismo labrado en cada final en alto sin más.
Va sobrado, y aunque su tiranía maquilla la irregularidad de rivales como Arensman, Hindley, Storer u O’Connor, la ronda italiana demuestra que su grandeza no depende exclusivamente del brillo de las estrellas del momento.
Esta carrera es un monumento vivo que atesora mimbres de sobra para salir adelante y reencontrarse con la mística que siempre nos enamoró.
De hecho la sigue teniendo, en parajes de ensueño, poblaciones abarrotadas y cada etapa como si de una clásica se tratara-.
A pesar del vacío de estrellas, quienes ganan aquí siguen siendo importantes, clase nombre que quiera una etapa del Giro en su palamrñes.
El Giro posee un alma centenaria y una mitología propia que permanece intacta, alimentada por epopeyas que aún resuenan desde los años treinta, cuarenta y cincuenta.
Su prestigio no se devalúa por un cartel de nombres más modesto; la maglia rosa pesa por su historia, por la pasión innegociable de sus cunetas y por un escenario geográfico que ninguna otra prueba puede replicar.
El problema actual no radica en los actores, sino en el escenario que RCS les propone.
El verdadero punto crítico de las últimas ediciones, incluyendo esta de 2026 que fía su montaña a un único “tappone” con Giau y Falzarego, se encuentra en el diseño del recorrido.
Existe una preocupante tendencia a evitar colosos históricos como el Stelvio o el Gavia, cimas que parecen haberse caído del mapa para esquivar el plante de un pelotón cada vez más reacio al desgaste extremo y a la incertidumbre meteorológica.
Al edulcorar la alta montaña para mantener la carrera ajena a plantes y cortes, la organización despoja al Giro de su verdadera esencia: la aventura y la imprevisibilidad.
Claro que si nos ponemos exquisitos, es un problema común para todo el ciclismo… salvo el Tour de Francia.
A pesar de encadenar varios años titubeantes en lo deportivo, la carrera conserva intacto su poder de seducción.
El Giro no necesita imitar el modelo hiperprofesionalizado del Tour de Francia para brillar.
Tiene leyenda entre los de fuera y pasión entre los suyos: cliente externo y cliente interno.
Su camino de retorno a la excelencia pasa sencillamente por recuperar el orgullo de su identidad, perdiendo el miedo a exigir el máximo a los ciclistas y devolviendo el protagonismo a esas cumbres legendarias que forjaron su leyenda.
La materia prima y la devoción de los aficionados siguen ahí, esperando que la organización vuelva a atreverse a ser el Giro.
Imagen: FB Giro d´Italia






