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Denominación de origen Flandes: los flandriens
Así nació el producto más genuino de Flandes, los flandriens
El aire es viscoso y denso, casi tangible al tacto de nuestros dedos. Plomizo. Cunetas por donde rara vez asoma un rayo del sol. Humedad, frío que se clava en los huesos, que amilana el alma. Que atenaza. Flandes es una tierra vecinal, íntima, pero pasional, de flandriens. Lo que fueron zanjas impracticables hoy son tesoros que atraen a medio mundo por que evocan lo que fue este deporte en su esencia.
Dos semanas después de la sofisticada San Remo, la rural región flamenca surge de entre los adoquines.
Fue en 1993 cuando alguien en esa cuña alargada entre Valonia, Países Bajos y Francia se le ocurrió hacer algo así como la denominación de origen Flandes.
Ante el rodillo de la modernidad que aplacaba los adoquinados senderos frente a alisadas rutas, se quiso salvaguardar un testimonio largo y alto de lo que ha sido esta tierra desde hace cien años. un diminuto lugar que guarda la esencia ciclista mundial.
Lessines es una localidad cercana a Geraardsbergen, justo al sur.
Si la visionáis en Google Maps veréis a que su izquierda se erige una enorme cantera. Un poco más al este está Quenast, en la frontera con la proscrita región valona. Otro lugar reventado, una cantera lo delimita por el sur.
De ambos sitios surgen los perfectos y aristados bloques que componen las alfombras adoquinadas de lugares de culto como Berendries, Koppenberg, Bosberg,…. S
on esos pedrolos grises y abruptos sobre los que rebotan los mejores “flandriens” desde hace cien años.
Pero… ¿qué es un flandrien?
Echando mano de literatura del lugar, encontramos una descripción muy exacta de la amplitud del término.
Amante del mal tiempo, su rostro está castigado, trabajado por los elementos.
El flandrien original llevaba en cruz el tubular, el último de estos fue, dicen Albéric “Briek” Schotte, un armario ropero de los años cuarenta con un físico que abrumaba con el cuchillo entre los dientes cuando olía el triunfo.
Aquellos personajes calzaban bicis de acero, plomizas y contundentes, de trece kilos y les gustaba saber que una “gélida brisa” les iba a acompañar por el recorrido.
Flandes, a diferencia de otras carreras, no paró ni siquiera por la ocupación nazi. S
u creador, del cual otros dieron cuenta de forma extensa, fue lo que en la época se llamaba un colaboracionista. Al punto fue su comunión con las fuerzas de ocupación que los cruces y cunetas flamencas se cerraron con policías alemanes esvástica en brazo. El diario que siempre alimentó su leyenda, el Het Nieuwsblad, tuvo que ver como otro, el Het Volk, emprendió una carrera del mismo nombre como respuesta a la alineación con el considerado enemigo en esas terribles fechas.
Aquí sin embargo, cuestiones políticas al margen, De Ronde son dos palabras mayúsculas que se impresionan en decenas de cajas de latas de Coca Cola en los supermercados.
Porque más de cien años no se cumplen todos los días y no desde en una carrera que hace de seña al mundo de una tierra que se conoce sobre ruedas finas y frágiles.
Foto tomada de Cycling in Flanders




@mnolin19
29 de marzo, 2013 at 20:13
Desconocía que el organizador de la carrera se alineó con los nazis, aunque sin duda eso explica porque durante la II Guerra Mundial se siguió disputando. Muy interesante la historia!!