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En Plateau de Beille…

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“À pied, s’il vous plaît, à pied!”. Los gendarmes, con caras de pocos amigos, nos obligaban a desmontar de nuestras bicis. Estábamos a pocos metros del inicio del col, donde la gendarmería francesa había instalado un control con vallas por el que deberíamos pasar todos los que queríamos acceder al puerto para ver el final de etapa. Podíamos entrar con las bicis… pero de la mano. Pensamos que no podía ser que no nos dejaran subir montados. No podía ser, pero de momento así era.

Habíamos llegado al pequeño pueblo de Les Cabannes (Ariège) con nuestras mochilas cargadas de ilusión, además de  bocadillos, bambas y gorras para el sol. Nuestra aproximación había sido en coche hasta la vecina población de aguas termales de Ax-les-Thermes, a unos 16 km del inicio de la subida, donde aparcamos y coincidimos con otros muchos ciclistas, la mayoría de ellos catalanes. El sitio ideal para empezar a pedalear. El tráfico comenzaba a ser bastante intenso y la entrada a la ciudad ya estaba colapsada de buena mañana.

Así, sorteando coches, pudimos salir por fin dirección Les Cabannes junto a otros pequeños grupos de ciclistas que se iban formando. Rodando bastante rápido llegamos en seguida al cruce a la izquierda que en 16 duros kilómetros nos debía de llevar hasta Plateau de Beille, todo un coloso a 1783 m de altitud, una media del casi 8% para salvar 1248 m de desnivel. Bueno, eso creíamos nosotros, que podríamos llegar hasta arriba.

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En el pueblo, engalanado para la ocasión, ambiente por todo lo alto: ciclistas de un lado para el otro  o parados charlando animosamente, gente andando también, mucha, y gendarmes, muchos también. Aroma y color de Tour. Pero al llegar al control de acceso nos obligaron a echar pie a tierra, ante la estupefacción de todos los que íbamos en bici. No tendríamos más remedio que hacer toda la subida a pie. “Sí, hombre”, pensamos muchos. Y en cuanto despistamos los primeros gendarmes nos volvimos a subir pensando que ya había vía libre, pero para nada… en seguida nos topamos con otro poli que nos obligó, de nuevo y más autoritario, a bajarnos de  las bicis (“à pied!, à pied!”).

La primera rampa del puerto, delante de nosotros, impresionaba de verdad (12%). No la pudimos atacar en bici y la tuvimos que patear, pero la cuesta se las traía. Cuando los gendarmes quedaron a nuestras espaldas, de nuevo nos subimos a las bicis y aprovechamos para iniciar la escalada. Destacar otra vez el ambientazo, ciclistas de todas las nacionalidades tirando para arriba, destacando algunos noruegos con sus banderas, y de todo tipo: fuertes, altos, bajos, gordos, delgados, jóvenes y no tan jóvenes, chavales y niños. Todos buscando su sitio en la subida, intentando quedarse en alguna cuneta o rampa donde poder ver bien de cerca a los pros.

El puerto, con pocos descansos y rampas muy mantenidas, lo ascendíamos durante estos primeros kilómetros a buen ritmo, con buen desarrollo y tranquilos. No se trataba de subir rápido, si no de intentarlo hasta arriba, disfrutar del ambiente y luego bajar buscando el sitio ideal para ver pasar a los ciclistas. Poco a poco la gente que iba subiendo andando, y que íbamos sorteando, la vamos dejando atrás, quedando la carretera casi en exclusiva para los ciclistas. A estas alturas los gendarmes ya no nos obligan a bajarnos de la bici, de momento, y nos dejan hacer.

Las cunetas, a esta hora, abarrotadas de público, de caravanas, de tiendas de campaña, de aficionados comiendo y bebiendo, divirtiéndose hasta el paso de la carrera. Y ciclistas, muchos. Unos pasando como auténticas motos, otros más pausados, otros más tocados. Y es que el puerto se las trae, con muchas curvas por encima del 12%. Gente haciendo pintadas en el asfalto, otros animando a los que vamos subiendo o haciendo fotos.

En una curva a izquierdas ¡sorpresa! ¡Si es Manolo!, ¡Manolo Saiz! Allí estaba, muy moreno, echado en una tumbona y tomando el sol, viendo pasar el rosario de cicloturistas que ascendíamos con más pena que gloria el tramo más duro de toda la subida:

                                                  -¡Manolo!

                                                  -¿Qué pasa majete? 

Lo había reconocido perfectamente y me dejó una grata impresión verlo allí, en una cuneta, esperando el paso del Tour, como un aficionado  más y en medio del anonimato de los aficionados.

Seguíamos pedaleando y cada vez hacía más calor. Empezábamos a sudar a chorros. Hicimos una parada técnica para rellenar bidones en una fuente que manaba a nuestra derecha. La cola de ciclistas que había esperando para beber agua y refrescarse la delataba.

Al final de una tremenda rampa se vislumbraba un descanso y llegábamos al rellano de la cabaña Pierrefitte, unos 500 m planos en medio de una enorme campa que se había convertido en todo un recinto ferial, un mercadillo al aire libre, donde no faltaba de nada: chiringuitos donde poder comer y beber, tiendas con ropa y material de ciclismo, stands de importantes marcas,  más caravanas y más tiendas de campaña y hasta música en vivo. Un tremendo espectáculo urbano en pleno Pirineo. Hasta las vacas y los caballos parecían haber huido de allí. Esto es el Tour.

Para pasar por semejante embudo de nuevo los gendarmes nos obligaban a poner pie a tierra, ya que el ir y venir de la gente, cruzando de lado a lado la carretera, hacía muy difícil el poder continuar en bici. Aún y así, al darse la vuelta los gendarmes, intentamos subirnos pero ya no nos dejaron, a ninguno, aunque siempre había alguno que esprintando burlaba el control de la policía y se marchaba como un poseso en busca de la cima. Estábamos a unos 3 km del final y ya barajábamos la posibilidad de quedarnos allí, donde había muy buen ambiente y podríamos tomarnos unas cervezas bien frías.

Decisivo fue el preguntar a  unos ciclistas que bajaban si se podía seguir en bici el resto de la ascensión. Ante su respuesta negativa, de que los gendarmes ya no dejaban subir montados lo que quedaba de puerto, decidimos quedarnos. Así pues, no pudimos cumplir el sueño de escalar todo el puerto y eso que en teoría quedaba lo más fácil, pero nadie nos puede quitar lo ascendido y el hecho de poder estar allí, en medio de aquel precioso paisaje pirenaico, un poco estropeado por las carpas y el tremendo ruido que producía la megafonía que tenían allí instalada.

Aún quedaban unas dos horas para ver el paso de la caravana publicitaria del Tour y otra más para ver por fin a los ciclistas. Era la hora de comernos los bocadillos, bebernos unas cervezas y tumbarnos un rato a descansar viendo como pasaba gente disfrazada de todo tipo: pitufos, policías sexys con tanga, gorra, cinturón y liguero, novias, un Spiderman, luchadores de sumo, una chica tremenda vestida de militar, ¡pero sólo con las botas! En fin, frikis dando el cante, intentando salir por la tele.

También ciclistas de todas las nacionalidades: franceses, ingleses, algún australiano, catalanes, vascos (¡y del Athletic!) que llegados a este punto, y ante la postura de la gendarmería, o bien se quedaban allí o se daban la vuelta. Mucho ambiente, mucho color, sol y calor. Suerte de las gorras, las bambas y la crema protectora que habíamos traído con precaución.

Así se nos pasaron rápidamente las horas de espera, muy entretenidos, hasta que empezaron a subir los primeros vehículos de la colorida y animada caravana del Tour repartiendo sus famosos obsequios. Pues no pillamos ni uno. Un pareja de sexagenarios franceses que teníamos a nuestro lado, y en muy buena forma, se hicieron con un botín ese día porque no pararon de pillar todo lo que tiraban desde los coches, mostrando tener muy buena experiencia ya que llenaron una bolsa entera de regalos.

Por fin el momento esperado, ¡llegaban los ciclistas! Los íbamos siguiendo a través de una pantalla instalada en un stand de una gran casa comercial y ya pudimos comprobar que aquí no se iba a mover nadie, salvo el escapado, y a la postre ganador, el belga Vanendert, perseguido por un gran Samuel Sánchez. Y ya estaban aquí, a nuestra altura. Los aficionados ocupando buena parte de la calzada. El gendarme que controlaba nuestra zona empujando, empujando… Los frikis haciendo de las suyas. Emoción, fotos, gritos de ánimos y detrás el resto de favoritos. No se mueve nadie. Todos a rueda de todos. Voeckler tirando, los Schleck a rueda y Contador que llevaba muy mala cara. Pasaron muy rápido, eso sí. Luego iban llegando el resto que pasaban como una exhalación y después los diferentes autobuses con los sprinters… y se acabó.

En apenas un margen de pocos minutos habían pasado todos, corredores, motos y coches de equipo. La etapa no había sido gran cosa pero habíamos estado allí. Disfrutamos, reímos y vimos a nuestros ídolos por unos instantes. ¿Había valido la pena? Rotundamente sí. El Tour es puro espectáculo, hagan lo que hagan los corredores, un gran circo ambulante. Sólo se puede disfrutar una vez al año y hemos sido espectadores de primera fila de uno de los acontecimientos deportivos más importantes del mundo, según dicen, sólo superado por los Juegos Olímpicos y los Mundiales de fútbol.

Por Jordi Escrihuela 

Imagen tomada de http://www.les-actus-du-cyclisme.com/

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Del alma de Flandes a la grandeza de Roubaix, por Eduardo Chozas

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Vamos de Flandes a Roubaix a través de la experiencia en primera persona

El otro día preguntamos en el podcast una pregunta que sonó a ¿papá o mamá? sobre Flandes y Roubaix…

Sobre estas dos clásicas, Eduardo Chozas nos dejó unas líneas de sus vivencias hace más de 30 años, cuando estas carreras eran algo así como ese castigo que te infligían…

Hay cinco clásicas consideradas como monumentos del ciclismo: la Milán-San Remo, el Tour de Flandes, la París-Roubaix, la Lieja-Bastogne-Lieja y el Giro de Lombardía. De estas cinco, son especiales por la dificultad añadida que entrañan sus tramos extremadamente estrechos y adoquinados: Flandes y Roubaix. Estás dos clásicas no son aptas para cualquier ciclista, sólo hay unos pocos que pueden destacar en este tipo de pruebas.

En la París-Roubaix, Roger De Vlaeminck (1972, 1974, 1975, 1977) y Tom Boonen (2005, 2008, 2009, 2012), con cuatro victorias cada uno, son los ciclistas que más veces han conquistado el “Infierno del Norte”. Y Fabian Cancellara con tres victorias (2006, 2010, 2013) se ha acercado.

Los “Leones de Flandes” más recientes son Johan Museeuw con triunfos en 1993, 1995 y 1998; Tom Boonen 2005, 2006 y 2012 y Fabian Cancellara 2010, 2013 y 2014.

Es un espectáculo ver a Fabian “Sapartacus” Cancellara. En 2013 ganó las dos clásicas del pavé por excelencia, Flandes y Roubaix. En Flandes lo hizo por su centenario y la Roubaix en su 117º edición. Hablamos de la clásica por excelencia, del infierno del norte, la creó en 1896 Paul Rousseau con el apoyo del diario Le Veló. Sin saberlo configuraron esta carrera de tal forma que la convirtieron en un grandioso monumento, una carrera cuya característica principal es que no suele haber ningún ciclista que no tenga ninguna avería o caída a lo largo de todo el recorrido.

La historia sigue y 17 años después, en 1913, Karel Van Wijnendaeleque, un ciclista mediocre, que después fue periodista, creó otra carrera especial: el Tour de Flandes. Otra auténtica obra de arte que apasiona  cien años después de su creación a todos los aficionados del mundo, una prueba que se ha convertido en una religión para el ciclismo de los Países Bajos, llenando de banderas de Flandes los muros adoquinados. Hablamos de un espectáculo para los sentidos y un verdadero reto para los ciclistas. Algunos de sus muros adoquinados como el Koppenberg, con rampas del 20% no quieren saber nada con la tecnología, incluso los cambios electrónicos, súper sensibles al tacto, no son buenos compañeros de viaje en estas carreras.

Van Wijnendaeleque quiso hacer una gran carrera como la París-Bruselas y la París-Roubaix ya famosas en la época. ¡Vaya si lo consiguió! el año de su muerte, en 1961 dijo: “En 1913 el Tour de Flandes era una carrera pequeña y miserable y se ha convertido en un titán” y 100 años después “De Ronde van Vlaanderen” su nombre en Flamenco, es un auténtico monumento del ciclismo.

En 1919, después de la 1ª Guerra Mundial se creó un nuevo recorrido más o menos similar al que conocemos hoy en día, incorporando los muros, como el famoso Oude Kwaremont. La carrera comenzó a crecer, en 1923, el suizo Sutter Heiri fue el primer extranjero en ganarla.

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En las dos últimas ediciones se ha quitado el Kapelmuur, ubicado en Geraardsbergen, localidad que queda lejos del eje central de la zona de los muros más famosos cercanos a Oudernarde, donde está ubicado nuevo final de la prueba y el Museo del Tour de Flandes. El Kapelmuur ha sido el escenario del desenlace final de muchas ediciones y existe un sentimiento de frustración para muchos aficionados con su ausencia, aunque el nuevo diseño con varios pasos por el Oude Kwaremont y el Paterberg hace que los aficionados se concentren en esa zona y vean los 3 pasos al principio, mitad y final de carrera, la prueba no pierde en dificultad y gana en otros aspectos organizativos y de eficiencia.

Este ciclismo en Bélgica y Holanda es más que un deporte, es parte de su cultura. Es impensable que en España se pague por ver en situ este tipo de carreras, de momento habría que diseñar alguna prueba de un día similar, las que hay se quedan muy lejos de ellas, el aficionado belga y holandés paga incluso por ver los critérium de después del Tour, van a ver los Seis Días en pista y las pruebas de ciclocross en invierno pagando: su cultura ciclista es impresionante. Tanto es así que la leyenda se sigue forjando cada año, en 2012 pudimos ver a un niño belga clamando al cielo con el triunfo de Boonen en 2012. Y para el recuerdo fue la exhibición de Cancellara dejando clavado a Peter Sagan en el Paterberg en 2013.

Corrí  Flandes los dos mismos años que Roubaix. Creo incluso que en 1990 fui el primer corredor español en acabarla, no estoy seguro de este dato que me comentó un amigo mío. La anécdota es que me ayudó el uzbeko Adujaparov, quien me vio más perdido que un burro en un garaje y entre muro y muro, por esos tramos estrechos de hormigón en los que íbamos al límite, se abría y me dejaba ponerme a su rueda, no nos entendíamos mucho con palabras pero si con los gestos y con los hechos, desde entonces no llevamos muy bien. Conseguí acabar entorno al puesto 50 en un tercer grupo los años 90 y 91 con la ONCE. Acabar en nuestras circunstancias, esos años, ya era un logro.

Por Eduardo Chozas

Imagen: A.S.O./Pauline Ballet

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Destacado

De Landa a Izagirre, los juveniles de oro en el podio de la Itzulia

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Ver a Landa e Izagirre en el podio de la Itzulia tanto tiempo después

La Itzulia que acabó en las manos del vigente ganador del Tour de Francia fue un espectáculo de menos a más que tuvo a dos vascos en el podio, Mikel Landa y Ion Izagirre, una estadística singular, tremenda, ¿cuántos ciclistas del lugar quedan en el podio de su carrera World Tour?

Tras verles en el cajón de la Itzulia he querido recuperar este escrito que Unai Yus nos obsequió hace casi seis años, cuando Mikel Landa se quedó a las puertas del podio del Tour tras ayudar a Chris Froome….

Cuando Mikel Landa se queda a un solo segundo del podio en París, después de hacer el Giro de Italia, resulta que todo el mundo lo conoce, todo el mundo sabe y de él y, por supuesto, señores, esto es España, todo el mundo opina y sienta cátedra sobre él.

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Al igual que Landa, muchos, muchísimos niños jugaban a ser ciclistas e incluso algunos soñaban con serlo. Personalmente conozco a bastantes corredores vascos que, allá por 2006 y 2007, eran juniors, unos juniors con una ilusión tremenda, con los que tuve la suerte de trabajar.

Algunos de ellos, muchos teniendo en cuenta los tiempos que corren, son ahora profesionales. Me dejaré alguno, seguro, pero recuerdo al citado Landa a Ion Izagirre, Peio Bilbao, Garikoitz Bravo, Igor Merino y Jon Aberasturi en ruta más Jonathan Lastra y Omar Fraile, como corredores de BTT.

Ya entonces tenían algo, se les veía calidad, pero, para sorpresa de muchos, no eran dominadores de la categoría ni mucho menos. Como ejemplo, Landa e Izagirre fueron los dos últimos corredores de la selección de Euskadi en el campeonato junior que se celebró en Onda y que ganó el navarro Enrique Sanz. Esto es sólo un detalle, pero da pistas sobre cómo son estos corredores actualmente, buenos compañeros, sacrificados y conocedores del oficio.

Recuerdo a Mikel Landa como lo veo ahora, un tío con una clase descomunal, no como el corredor más autodisciplinado, no era un chico al que le encantara entrenar, pero tenía un don. Un don, una chispa que a día de hoy ha pulido con trabajo.

Mikel Landa es lo que era, un tío al que no le importaba sacrificarse por sus compañeros pero, ojo, tirado para adelante como pocos y que le gustaba ser líder cuando se sentía bien. Un tío con carácter, un líder en el grupo con sus chistes, sus gracias, un crío que no se callaba ni debajo del agua, que a veces se pasaba de la raya, que resultaba irrespetuoso, pero que generalmente lo hacía con un sentido, con un fin. Un tío, que podrá equivocarse o no, pero que no da puntada sin hilo.

Izagirre era otro talento natural, el del pedaleo fácil, al que le daba lo mismo una carrera de carretera que una de ciclocross, un chaval al que le veías pedalear y decías: “¡Qué clase tiene!”.

Al igual que Landa y que todos los corredores vascos, un junior de maduración lenta que todavía jugaba a ser ciclista era Peio Bilbao, un año más joven, el diamante, el niño flaco, desmadejado, con perfil de escalador y callado pero que lo mismo se te metía en una escapada por el llano y te la liaba.

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Jon Aberasturi, un velocista que nació en el lugar equivocado, triunfando en Asia, ahora. Este ya era de los míos, como fui yo, un currante, un chaval con algo menos de talento natural pero con una capacidad de trabajo y sacrificio fuera de toda duda.

En este grupo metería a Jonathan Lastra, también a Omar Fraile, el niño que se hizo atleta remando en la ría de Bilbao, a Igor Merino…. Otros muchos, tan talentosos y trabajadores como estos, y hablo sólo de los nacidos en Euskadi, se quedaron por el camino, entre ellos Aitor Ocampos, medalla en aquel campeonato de España de Onda.

Por tanto, está claro que a la cumbre del ciclismo profesional se llega por varios caminos, pero, los dioses del Olimpo, los cracks, sólo son aquellos que tiene un brillo especial, un duende, un don….para hacer magia en bicicleta.

Por Unai Yus

Imagen tomada del FB del Team Sky y Team Baharain

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Las gran fondo by Rose Bikes…

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Col de Turini, del motor al Tour

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El Col de Turini estará en el cierre del Tour en la Costa Azul

En el cierre del Tour 2024, la jornada penúltima, con entrada y salida por el mapa de los Alpes Marítimos, hará alto en varios puertos y entre otros el Col de Turini

Los puertos de la Provenza y la Costa Azul, situados estratégicamente en la entrada de los Alpes marítimos, o en la salida, según cómo se miren o dependiendo de la carrera y de cómo los afronten, siempre han sido respetados y admirados, y siempre han sido sinónimo de batalla en sus cuestas, aportando su sal y su pimienta a competiciones como el propio Tour.

Podemos hablar del arco de Sospel y su trilogía de Niza: puertos como Braus (1002 m), Castillon (706 m) y La Turbie (480 m), continuando por otros como el Espigoulier (728 m), el Esterel (314 m) y sobre todo el gran Turini (a 1607 m), que han sido escenarios donde los adversarios continuamente se han tanteado y en muchos de ellos han habido luchas decisivas, llegando incluso algunos corredores a hacerse con el maillot de líder en estas cuestas en las que sus cunetas suelen estar abarrotadas de gente.

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Citar los puertos provenzales es evocar lugares donde las rampas se retuercen y giran sobre sí mismas, donde las curvas las marcan los arbustos, donde los ángulos agudos se muestran sin contemplaciones, mientras los corredores caracolean, girando sus cabezas buscando la carretera y siempre intentando seguir los muros de contención para evitar el precipicio.

Por eso estos cols siempre provocan muecas entre los participantes, algo, por otro lado, bastante normal en Niza, la capital del Carnaval galo.

Y llegamos al Col de Turini…

Como Turini, que vuelve a la competición, sobre dos ruedas sin motor, nada menos que después de 46 años de haberlo hecho por última vez, en 1973 y en el Tour, con victoria para de uno de los nuestros que supo «encarrilar» muy bien su pedaleo dirección a su cima.

Estamos hablando, en efecto, del recordado Vicente López Carril, un histórico del ciclismo español.

Así, podemos decir que el corredor gallego fue el último ciclista en coronar el puerto en primera posición, en una edición en la que quedó 5º de la general, después de haber hecho podio el año anterior.

De esta manera, Turini, más reconocido y popular en el mundo del rally porque en él se disputa uno de los más famosos del mundo como es el mítico Rallye de Montecarlo, cambia el motor por los pedales y en el que los ciclistas, ese próximo 16 de marzo, habrán de acometer más de 30 lacets, horquilla sobre horquilla, curvas cerradas, giros de 180º, en una exigente ascensión de 15 km con una pendiente media del 7,3% y donde probablemente se decida el ganador de esta edición de la París-Niza.

Una espectacular subida y en la que, por esas fechas, suele ser habitual que haya presencia de nieve.

Ya veremos.

Los aficionados, ese día, descubriremos un puerto para el ciclismo de ensueño, una de las carreteras serpenteantes más escénicas que existen, para disfrutar mientras contemplemos un paisaje de fantasía, ascendiendo por la ladera de la montaña y con hermosas vistas al mar Mediterráneo.

Un puerto de cine.

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El Turini fue, cómo no, todo un descubrimiento de Jacques Goddet, «una sensacional novedad» como él mismo exclamó cuando lo dio a conocer como primicia en el Tour de 1948 «con su interminable pendiente».

A pesar de haber entrado muy poco en las competiciones de ciclismo (Tour del 48 con victoria para Louison Bobet, del 50 para Jean Robic y la recordada del 73 de López Carril), en sus curvas se han escrito épicas páginas de la historia de la ronda gala, como en aquella etapa de la edición del 48, cuando Louison Bobet, que había abandonado el año anterior, estuvo a punto de hacer lo propio el día antes en San Remo, ya que se encontraba enfermo, pero durante aquella jornada, provocado por un ataque de Roger Lambrecht, que era nada menos que su delfín, Louison resucitó.

Acompañado y ayudado por un gran Apo Lazarides que protegió eficazmente el maillot amarillo de su líder y amigo, y además alumno de Vietto, se escaparon a siete kilómetros de la cima para lanzarse después a tumba abierta a pesar de los cuatro kilómetros de descenso pedregoso.

Louison Bobet triunfó finalmente en Cannes recuperando siete minutos a Bartali.

El italiano, su adversario más peligroso, se encontraba en ese momento a 21 minutos.

Como curiosidad, el prestigioso L’Equipe, al dar la novedosa noticia de la inclusión de este bonito puerto en la París-Niza de 2019, publicó una foto errónea del Turini en sus páginas, confundiéndolo con el no menos bello y escénico Col de Braus, conocido como el «alambique», el «tirabuzón», «kriss malayo» o simplemente «cric», algo que para ser el célebre diario no deja de ser algo bastante imperdonable.

La legendaria generosidad de René Vietto

¡Ay! Si el pobre René Vietto levantara la cabeza…

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Ciclismo antiguo

Mende siempre será la cima Jalabert

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Aquel día en Mende, Jalabert puso en jaque el quinto Tour de Indurain

Ese año 1995 estaba siendo el año de Jalabert, la brutalidad más grande jamás vista y Mende entraría en la geografía del éxito del francés.
Cuando hablamos con él durante el confinamiento, la verdad es que le daba bastante igual que le llamaran «cima Jalabert

Mende, dia D ¿qué te parece que llamen al lugar Montée Laurent Jalabert?

«Si te soy sincero me da bastante igual, quizá hubiera tenido sentido llamarle así al año siguiente pero…»

Mende es un lugar insertado en el Macizo Central francés que sea como fuere para los siglos quedará como la cima Laurent Jalabert.
La inequívoca figura del mejor ciclista galo de los últimos 20 años fue aquel día de julio del 95 el cuchillo que resquebrajó la resistencia de Miguel Indurain y los suyos en una de las jornadas que quedaron grabadas a fuego en nuestra conciencia.
La pizarra del entonces rosáceo equipo de la ONCE echó humo en aquella travesía por los montes de Lorèze ataviando el mejor ataque que jamás sufriría Miguel. Con la sapiencia de que cerca de meta era tarea imposible importunar al titular del maillot jaune, la cosa quedó en mover la carrera desde lejos, tanto que 200 kilómetros se hicieron cortos.
La fuga que hizo temblar los cimientos del Tour la integraron tres ONCE más otros tantos italianos.

 

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A Jalabert, aquel día hacia Mende, le secundaba el mejor Melchor Mauri jamás visto junto al australiano Neil Stephens.

Con ellos Massimo Podenzana, Dario Bottaro y Andre Peron. Los seis habrían de abrir un hueco más allá de los nueve minutos.

En Banesto no daban crédito.

Las piernas de los gregarios de Indurain al unísono no enjuagaban el desperfecto. Surgieron entonces varias tesis. A cola del pelotón se fraguaba la ayuda de otros equipos. El manejo de José Miguel Echávarri dio frutos apetecidos para mantener a raya la afrenta de Jalabert.

En la subida final Jaja se deshacía de todos sus rivales.
En la recta del aeródromo, un 14 de julio, al cielo, el de Mazamet sumaba una victoria antológica, algo no visto desde que Chiapucci se armara de valor hacia Sestriere.
A aquellos que nos empañaron la mirada aquel día.
Muchas gracias.
Imagen: Graham Watson

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DESTACADO: PARIS ROUBAIX 2024

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