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Andreï Kivilev nos dio una segunda oportunidad
La caída de Kivilev en la París-Niza de 2002 impuso el casco a todos en todo momento
Admito cierta nebulosa en el recuerdo de Andreï Kivilev y su fatal caída en la París-Niza de hace veinte años.
Nebulosa que se disipa en parte leyendo esta pieza de Fran Reyes y viendo a Alexander Vinokourov en la imagen que ilustra este artículo.
Vino ganó aquella carrera hacia el sol y, como Kivilev, es kazajo pero la historia y la mala fortuna les unió en un recuerdo tan amargo como útil para los que vinieron, vinimos, detrás.
El accidente de Andreï Kivilev en la segunda etapa de la París-Niza 2003 fue un punto de inflexión en el enconado debate sobre la seguridad del ciclista en a carretera y la utilidad del casco.
Como bien cuenta Fran en ese artículo, Andreï podría haber sobrevivido a ese accidente de haber llevado casco.
No lo portaba, y el golpe resultó mortal al poco de producirse.
Una tragedia que, no nos engañemos, fue mucho más divulgada por quien la protagonizó, pues Kivilev un año antes había logrado cazar una fuga buena en el Tour que le tuvo cerca del podio hasta muy al final.
Tras aquello, tuvimos un impás en el uso de casco, los últimos tramos de una llegada en alto de más de cinco kilómetros, cuando se les permitía a los ciclistas quitarse el casco, tras competir sin él durante toda la jornada.
Aquella norma duró poco pero recuerdo la imagen de Jan Ullrich en Plateau de Beille, con el pelo como acanalado, en la persecución de Basso y Armstrong por haberse quitado el casco a pie de puerto.
Al poco tiempo, todos debían ir con casco
Para quienes conocimos el ciclismo sin esa protección fue un cambio brutal, teníamos a nuestros ídolos desnudos, con la cabeza al descubierto y fácilmente identificable.
La imagen de Indurain con chichonera en aquella famosa etapa de Lieja era lo exótico, lo normal era verle calado con su gorra y su media sonrisa sin perder nunca de vista el horizonte.
Desde entonces estoy seguro que el casco ha salvado miles de vidas en la carretera y la montaña.
Como dice Pereiro en el artículo “me siento desnudo sin él”. Lo mismo me sucede, ese pequeño y “chepudo” amigo nos puede salvar la vida, y su utilidad, más allá de la estética que tanto nos preocupa, es de un solo uso.
Kivilev dio su vida de forma involuntaria por ello.
Imagen: Imagen: A.S.O./Aurélien Vialatte




