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Puertos de Montaña

Turó de l’Home: tan cerca y a la vez tan lejos

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Turó de l'Home JoanSeguidor
DT – 2022 post

¿Para cuándo un gran final de etapa en el Turó de l’Home?

El otro día me llegó esta petición sobre el Turó de l´Home y el ciclismo:

Shimano – Leaderboard 1024×300

Por supuesto, no dudé ni un momento en firmarla.

Turó de l’Home: sus credenciales

La primera vez que vi escritas estas palabras -“Turó de l’Home”- fue en el boletín de excursionismo que proporcionaba mi Club cada inicio de temporada.

Era el año 1993 y yo nunca había oído hablar del Turó como ciclista, aunque sí del Montseny, el pulmón verde que se encuentra escasamente a una hora de coche desde Barcelona.

 

Cuando cayó en mis manos aquel calendario de excursiones, me fijé en una salida que estaba marcada con 5 estrellas: sí, era la del Turó de l’Home, que se hacía el 24 de julio con un recorrido de 175 km.

Palabras mayores.

Buscando en el libro de Joan García Ayllon: “Ciclistes! Altimetries de totes les carreteres de Barcelona”,  encontré en sus páginas el Turó.

Viendo su altimetría, ya quedé impactado por sus tremendos desniveles.

El amigo Joan García, en aquella Bíblia, lo describía de la siguiente manera:

“Coll del Turó de l’Home o del Pregó, 1680 metros, 1ª especial, grado de dificultad 164, 24’2 km, 1500 m de desnivel –el que más-, media de 6,2 % -aunque los últimos 6 km al 8,96 % con aire molesto normalmente-, el peor de toda Catalunya y Andorra –por su dureza- y para ciclistas muy bien preparados”.

Esta era su carta de presentación.

Impresionante, ¿no?

 

Este coll se convirtió en una toda una obsesión para mí.

Entre las típicas conversaciones entre los ciclistas del Club,  siempre se escuchaba el mismo debate: ¿cuál es el puerto más duro de Catalunya?

Evidentemente el primero que salía a la palestra era el Turó, pero con duros rivales como el Mont Caro, Rasos de Peguera o el Coll de Pal en Bagà.

No tardaría en comprobarlo por mí mismo.

 

Los 60 km que separan Sant Celoni, a pie del Turó, desde Barcelona, son prácticamente llanos, lo cual sirve para rodar, calentar e ir contemplando el macizo del Montseny, visible desde muchos kilómetros antes.

Una vez en Sant Celoni, también es tradición parar en la fuente que hay en la plaza del pueblo a rellenar bidones, sobre todo en el caso de que el ataque al coloso se haga en pleno verano.

Los cuatro primeros kilómetros son muy suaves.

Poco a poco nos iremos adentrando en el parque natural.

Bajo nuestras cabezas tendremos la mole imponente del Turó de l’Home.

Si el día es claro, podremos divisar incluso la carretera de los últimos 6 kilómetros como se dispara hacia el cielo como una flecha.

Lo primero que nos vendrá a la cabeza será: “¿hasta allí arriba hay que subir?”.

 

Una vez lleguemos a una rotonda, giraremos hacia la izquierda dirección al conocido pueblo de Mosqueroles.

Si lo hacemos hacia la derecha, nos dirigiríamos hacia la más “llevadera” ascensión a Santa Fe del Montseny.

Estos kilómetros hasta Mosqueroles son un toque de atención ante lo que se nos avecina, pues las rampas ya no bajarán del 7%.

La excepción será 1 kilómetro aproximadamente de llaneo e incluso bajada que nos ayudarán a recuperar, pero también nos sorprenderá: si tenemos que subir… ¿cómo es que bajamos?

Solo se tratará de un espejismo porque de nuevo la carretera se irá elevando por encima de nosotros, con rampas duras mantenidas, hasta llegar a la Costa del Montseny.

En ese punto encontraremos lo más duro de este primer tramo de escalada: una recta al 11% prolongada que se hace bastante pesada.

Así continuaremos hasta Font Martina, ya metidos de lleno en pleno parque, envueltos de un paisaje extraordinario de enorme belleza.

Según como vayamos, en esta fuente podemos reponer líquido y si queréis subir del tirón, pues no pararéis, está claro.

A partir de aquí la pendiente se vuelve más irregular y el pavimento empieza a estropearse.

Aquí encontraremos quizás las rampas más atractivas de toda la subida: 4 curvas en herradura de impresión, 180 grados de giros y contra-giros que no bajarán del 14 %.

La carta de colores de Berria es importante… 

Tendremos que poner todo lo que llevemos, si no lo hemos hecho ya antes, y las gotas de sudor irán empañando nuestras gafas por el esfuerzo realizado.

La carretera se estrecha bastante no sólo por la reducción del pavimento -prácticamente solo puede pasar un coche-, sino también porque nos introducimos en un frondoso bosque de hayas y castaños configurando un hermoso túnel natural donde incluso en pleno día el sol tiene dificultades para entrar.

Después de tantas emociones disfrutaremos de un «descansillo» con un kilómetro llano a la altura del Mirador –con vistas espectaculares-, antes de afrontar la decisiva escalada hacia el cielo cuando veamos el cruce que nos dirigirá hacia el punto más alto del macizo del Montseny: el Turó de l’Home.

 

Ya metidos en estos últimos 6 kilómetros comprobaremos con toda su dureza por qué el Turó es todo un fuera categoría: la carretera se empina sin contemplaciones con picos del 11-12-13 y 14%.

En estos primeros kilómetros, pasado el cruce, nos acompañará un precioso bosque de abetos ofreciéndonos una típica estampa de alta montaña, no teniendo nada que envidiar a paisaje alpino o pirenaico alguno.

A falta de 3 km, toparemos con la rampa más dura de toda la ascensión: un tremendo muro al 18%, donde tendremos que retorcernos para vencerlo.

Una vez logrado, veremos que el puerto se abre espectacularmente, la vegetación empieza a escasear y a más de uno le recordará, un poco, la ascensión al Mont Ventoux.

¿Por qué?

El Turó de l´Home también está pelado, calvo y también es ventoso.

Además está coronado, igualmente, con una antena, mucho más modesta eso sí, que la del Gigante de Provenza.

El pavimento descarnado enfilando ya la recta final, oteando la estación meteorológica, que está ahí pero no llega nunca, no ayudará mucho en nuestra escalada.

Mientras seguiremos salvando curvas inhumanas y algún “recuerdo” de alguna vaca que haya pasado por ahí.

También tendremos que ir sorteando baches y gravilla.

Atención, por tanto, cuando descendamos.

Cuando ya estemos a punto de coronar nos sorprenderemos con un final de 500 metros completamente llanos.

Podremos aprovechar para subirnos la cremallera del maillot, meter plato y levantar los brazos por haber derrotado uno de los puertos más duros del país.

Arriba nos daremos cuenta que el Turó es lo que aquí llamamos “un cul de sac”, que quiere decir que no tiene salida y hay que volver por dónde hemos venido.

Esto puede explicar su ausencia en las grandes vueltas y el hecho de poder dudar que haya sitio suficiente para albergar toda la infraestructura necesaria para montar un final de etapa.

Pero valdría la pena intentarlo.

 

Arriba del Turó las vistas son impresionantes: de un vistazo se puede llegar a contemplar a la vez el Tibidabo en Barcelona, el macizo de Montserrat, ciudades costeras del Mediterráneo e incluso el Cap de Creus.

Algunos dicen que también Mallorca, pero esto pasa en días excepcionalmente claros.

El Turó de l’Home está ahí, tan cerca pero tan lejos, inmutable, sereno, para que disfrutemos de cada uno de sus rincones, de cada una de sus curvas, de sus rampas, su paisaje, su bellesa que, unida a su dureza, hacen de él uno de los puertos más queridos por los cicloturistas catalanes.

¿Para cuándo este final de etapa espectacular que lo glorifique definitivamente?

Fotos: www.rosdemora.com

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Puertos de Montaña

Col de Braus, un clásico de los Alpes Marítimos

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DT – 2022 post

El Col de Braus es un clásico de la zona de Niza y Cannes

La primera vez que vi una foto del Col de Braus fue en una de las páginas de la guía realizada por L’Equipe sobre Cols Mythiques du Tour de France.

Quedé impresionado por aquellos hermosos lazos que ascendían montaña arriba, muy cerca de la costa mediterránea francesa, superando las primeras estribaciones alpinas de la Provenza-Costa Azul. Fascinado por aquella carretera construida literalmente doblada en diversos giros a izquierda y derecha, estuve buscando más imágenes, pero todas las páginas web que encontré me mostraban siempre la misma cara: esos increíbles 9 zigzag que protegen la subida como una fortificación medieval.

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Lo puse en el punto de mira del manillar de mi bici: tenía que contemplar en vivo como habían moldeado perfectamente aquellas horquillas en la montaña. Tardé unos años, pero por fin en una visita relámpago a la Costa Azul pude cumplir mi sueño. La motivación era doble: escalar aquel bello, y no demasiado duro, Col de Braus, y por otro, en mi particular búsqueda de tesoros cicloturistas, alcanzar su cima a 1002 m de altura y llegar a la Estela en memoria de René Vietto, otro lugar de peregrinación muy apreciado por los cicloturistas franceses.

Desde el mismo puerto de Niza, por una calle muy transitada, iniciamos su escalada, aunque no será hasta L’Escarene, histórico condado de la ciudad de la Riviera francesa, donde podremos decir que ya ascendemos con decisión el puerto: 10,3 km a una media del 6,4%, atravesando la hermosa población de Touêt de L’Escarene y un pequeño paso encajonado hasta afrontar la bella serie de curvas que poco a poco iremos dejando atrás, quedándonos sin palabras, mirando con tortícolis las tremendas herraduras que acabamos de escalar.

La visión de lo que un día llamó L’Equipe “alambique”, “tirabuzón”, “kriss malayo” (antigua espada flamígera) o simplemente “cric”, palabra que con imaginación podemos leer en su vertiente, nos dejará una grata sensación al coronar a esos mil metros y disfrutar de una increíble panorámica de 360º desde los picos más altos de esa maravilla natural que es el Parque Nacional de Mercantour hasta el intenso azul del mar Mediterráneo.

En su cima encontramos la Estela a René Vietto, lugar de culto. En ella están depositadas las cenizas del ciclista nacido en Cannes en 1914, considerado como el mejor escalador anterior a la Segunda Guerra Mundial. A su muerte, el 14 de octubre de 1988, y por expreso deseo de “Le Roi René”, sus restos descansan aquí, 54 años después de que el francés realizara una exhibición ascendiendo sus rampas.

Hubo una época en la que el Tour de Francia frecuentaba con asiduidad los Alpes Marítimos 

El paso por el llamado Arco de Sospel (no muy lejos de Monte Carlo), con las ascensiones al tríptico Braus, Castillon y La Turbie, entre Niza y Cannes, era habitual en las primeras ediciones del Tour entre 1911 y 1939. El Col de Braus, incorporado a la Grand Boucle aquel primer año junto a los grandes cols alpinos a propuesta de Émile Georget, mítico vencedor en el Galibier, fue puerto de paso en 24 de las 28 primeras ediciones. Desde entonces sólo se ha vuelto a ascender dos veces: en 1947 y la última en 1961. Ha pasado demasiado tiempo.

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René amaba el Col de Braus, y éste se dejaba querer entre sus curvas. Fue en 1934 cuando el joven debutante de Cannes, con tan sólo 20 años, ganó esta etapa del Tour, la 11ª, caracoleando en primera posición Braus, Castillon y La Turbie. No fue una sorpresa, porque ya venía de ganar dos grandes etapas alpinas, pero en la 16ª, y cuando estaba a punto de ser nuevo maillot amarillo, su líder indiscutible, Antonin Magne, cae y destroza la bicicleta. Enterado del accidente, René no duda en dar la vuelta, algo que por entonces estaba permitido, hasta encontrarle y cederle la suya.

Antonin ganó aquel Tour gracias al generoso acto de René, que perdió todas sus opciones de victoria, cediendo aquel día más de cinco minutos en favor de su líder. Dicen, los que lo vieron, que Vietto quedó sentado en un muro, llorando, esperando el camión de reparación. Aún y así fue quinto en aquella edición, llevándose el trofeo al mejor escalador y consiguiendo rehacerse ganando la 18ª etapa entre Tarbes y Pau, con el Tourmalet y el Aubisque de por medio. Aquel detalle con su jefe de filas le hizo ganar mucha popularidad y simpatía entre los franceses pero sobre todo, como rezó L’Equipe, “René se convirtió en un escalador eterno, como el diamante”.

Imagen: Ciclismo Épico

 

 

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La Covatilla, la cima «blanca» de la Vuelta

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La Covatilla - Santi Blanco JoanSeguidor
DT – 2022 post

En La Covatilla se juega la suerte final de la Vuelta y la temporada 2020 

Recordando La Covatilla no podemos evitar que nos venga a la memoria la imagen del salmantino Santi Blanco, porteño de Puerto de Béjar (a 8 kilómetros de Béjar), escalando con dificultad las terribles rampas de esta gran cima bejarana.

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Os invitamos este segundo domingo de noviembre, a desplazaros hasta la Sierra de Béjar en Salamanca, para que probéis de primera mano, y en vuestras piernas, la dureza que no se esconde en este alto de La Covatilla camino de su estación de esquí.

Una ascensión terrorífica con varios kilómetros enteros por encima del 10% y rampas máximas de hasta el 17% de desnivel.

Un muro que se dio a conocer al mundo del ciclismo un 26 de septiembre de 2002, con la disputa de la 17ª etapa de la Vuelta.

Otra jornada para el recuerdo.

 

En ella se ponía al descubierto otro puerto inédito de categoría especial con una carta de presentación tremenda con sus duros desniveles pero que se mostraba ante la afición como un puerto puro, con una calzada nueva con un firme en un estado perfecto para que se deslizaran cuesta arriba las finas ruedas de los ciclistas.

No en vano, la estación de esquí se había inaugurado un año antes, no sin polémicas medioambientales con los ecologistas que se oponían, abriendo un espectáculo grandioso con unas vistas impresionantes desde la estación de sierras y pueblos como la de Gredos o la propia ciudad de Béjar.

A los pies de La Covatilla, Lale Cubino

Desde esta localidad que vio nacer otro gran ciclista como nuestro protagonista –Lale Cubino– y que hace que nos preguntemos qué tendrá esta tierra para dar tan enormes escaladores como el propio Cubino, Santi Blanco y, cómo no, Roberto Heras, porque aquella jornada de septiembre en la Vuelta a España ganó el porteño, agónicamente pero ganó, pero sobre todo venció Béjar, situada a 950 metros de altitud (quizás de este dato podamos extraer una buena explicación de por qué es cuna de grandes corredores), porque en aquella etapa además quedó en segunda posición Roberto Heras, en la edición que perdió el maillot oro en la última contrarreloj a manos de Aitor González, que ganó en el inédito final del Estadio Santiago Bernabeu.

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Aquel día los salmantinos hicieron bueno el dicho y fueron profetas en su tierra con la descomunal cabalgada de un motivado Santi Blanco, dejando el pelotón a más de 6 minutos a 10 kilómetros para meta, tiempo que tuvo que administrar con mucho sacrificio, pasándolo bastante mal ante el empuje de Roberto Heras que aceleró brutalmente dejando de rueda a Aitor González que aguantó todo lo que pudo, bastante más de lo imaginado, y que fue su gran rival para ganar aquel año.

Y es que sólo 40 segundos, de la renta que llevaba, le separaron de su vecino bejarano, en una ascensión que todos sufrimos viendo como Santi iba perdiendo los minutos de ventaja como un collar de perlas roto, retorciéndose en una primera rampa superior al 10%, pedaleando con mucha dificultad el resto de la ascensión mientras Roberto daba un recital por detrás.

 

Hasta que no entró en el último kilómetro, con un minuto de adelanto, no supo que iba a ganar aquella etapa a casi dos mil metros de altitud, superando la rampa final al 14% y tocando el cielo alzando sus brazos al viento, igual que lo haréis vosotros cuando superéis el tremendo muro bejarano.

Béjar al poder.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de El Norte de Castilla 

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Seis cosas que le dio el Angliru al ciclismo

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Grandes vueltas
DT – 2022 post

Cuando el Angliru entró en el recorrido de la Vuelta, ésta no volverá a ser la misma

Ya lo dijimos, con el Angliru cambió todo. 

Pero aquella tarde de septiembre, cuando el pelotón se puso rumbo al Angliru desde León para ver al Chava en su día de más gloria, el ciclismo inició un camino de retorno por que iba ruta de la cima que iba a romper las reglas.

 

En breves cuentas el Angliru le dio al ciclismo…

1. Un símbolo, otro más para el ciclismo, el Angliru fue un regalo, como el día que se descubrieron los Lagos de Covadonga, o se holló por primera vez el Tourmalet, sitios clave en la historia de este deporte más que centenario.

2. Una historia narrada por los grandes, por los que trascienden al deporte, recuerdo estrellas de la radio en directo, Manolo Lama, que no será santo de nuestra devoción, pero que estuvo ahí dándole jabón al Chava, el corredor que en ese momento cargaba con el peso de una fama que excedía cualquier lógica.

3. Un día para encumbrar el Chava, un ciclista que nunca nos apasionó, pero que rompió el corazón por media España. En su leyenda siempre quedó la remontada en el Angliru, el premio in extremis, adelantando a Pavel Tonkov en el descenso previo a meta, entre la niebla y los coches.

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4. Un nuevo ciclismo, un ciclismo que premiaba los desniveles, que buscaba las paredes, una tendencia que con los años se acentuó, pero que parece más contenida, los muros se frecuentan, pero no tanto como .

5. Un puerto mediático, el Angliru fue el primer puerto que ocupó portadas, por sus pendientes, curvas, dureza y dificultad, llegando incluso a superar a los ciclistas.

6. El faro de la Vuelta que en su desafío logístico apostó por irse a un sitio que le diera lustre y proyección, entre todos los colosos asturianos, tuvo que aterrizar en éste.

Desde entonces el Angliru ha coronado a grandes escaladores como Heras, Simoni o Contador, el único que ha ganado dos veces aquí.

Siete veces ha entrado en la ruta de la Vuelta, se prevé volver este año si la situación se normaliza.

Si nos pedís uno, aquella subida de 2002, cuando ganó Heras con Aitor González y Oscar Sevilla tirándose los platos por detrás… esa tarde fue caliente, a pesar de la lluvia que todo lo empapó.

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Marie Blanque en el Tour: Por fin va a ser decisivo

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Marie Blanque Tour 2020 JoanSeguidor
DT – 2022 post

El Tour 2020 le da la mil veces negada oportunidad de ser trascendente al Marie Blanque

Ya están los Pirineos aquí, y el Col de Marie Blanque no será una montaña más, ni de paso, en el Tour de Francia 2020.

Sobre el lugar, la «dama blanca», nuestro compañero Jordi Escrihuela nos escribió hace un tiempo…

Lo he ascendido once veces, las cinco primeras de forma consecutiva (1997-2001) y podría dar para escribir un libro todas las sensaciones, para lo bueno y lo malo, que yo he vivido ascendiendo este puerto. Aquellos años encadenado al terror de los Pirineos Atlánticos tuve una extraña sensación: cada vez que volvía y me enfrentaba al muro de sus 4 km finales y engranaba todo lo que llevaba detrás (desde 39×26, pasando por toda la gama, hasta el compact 34×27) me daba la sensación como si el tiempo no hubiera pasado y allí me veía de nuevo escalando mi dulce tortura (Miguel Gay-Pobes), como si lo hiciera eternamente, pedalada a pedalada, buscando la siguiente curva, esa que no llega nunca, para intentar distraer la cabeza.

 

Podría deciros que casi todas las subidas que he hecho a esta mole han sido bien diferentes, pasando un calor de morirse (40ºC, 1998) a la niebla, la lluvia y el fresco de otras ediciones, sin poder llegar a decir que he pasado frío, pues esto, en el Marie Blanque, es imposible que suceda y siempre con sensaciones variadas, buenas o malas, aunque estas últimas siempre me han ganado por mayoría absoluta con “esa sensación de intentar avanzar sobre una bici estática” que tan bien describía el propio Miguel Gay-Pobes.

Como gran anécdota, recuerdo mi primera ascensión. Sus primeros kilómetros decepcionaron un tanto a los que me acompañaban (“¿Esto es el terrible Marie Blanque? Esto no asusta a nadie”) Y que incluso subían a plato aquellos suaves primeros desniveles. Qué equivocados estaban, cuando de repente se toparon con el muro, la famosa recta infernal de 4 km al 12%, que muchos afrontamos completamente atrancados, otros haciendo eses o bien andando con la bici en la mano.

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El Marie Blanque no es un col más, es muy conocido por el populacho, y en el Tour 2020 por fin tendrá la relevancia que merece.

Recuperamos las sensaciones de Nacho cuando la cima se programó para julio, y nos llega un seis de septiembre.

Cosas del 2020.

 

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