Ciclismo
Pereza, el Tour me causa pereza
Hace diez años que el Tour no ofrece una etapa como las de antes
Finiquitado el Giro, las clásicas quedaron en abril, la temporada ciclista ya sabe a Tour de Francia.
Con el Dauphiné en marcha, Francia pone continuidad lo gordo de la campaña.
Cuando en el ciclismo lo que nos llena, son los malabares técnicos de la producción televisiva, mal… es que la carrera no da de sí.
Sólo este plano, me ha dado paz mental.
Gracias @dauphine!!!Seguro que @ikguallas me entiende. ?#Dauphine pic.twitter.com/rnpd3JWXNi
— Turista De La Vuelta (@TuristaVuelta) May 31, 2021
Es cierto, en Francia son maestros de la retransmisión, bien harían en aconsejar al Giro cuando el cielo se pone plomizo como en Cortina y no perder la señal de la mejor etapa del año.
El Tour es un publirreportaje de tres o cuatro horas diarias de Francia, pero al mismo tiempo se ha convertido en un plomo, en una carrera en la que todo es tan importante y trascendente que se corre a no perder.
Así, a veces, pasan cosas como las del año pasado, con el Jumbo Visma haciendo el canelo hasta las mismas puertas de París, bloqueando la etapa, secando cualquier atisbo de espectáculo, con un ocho de escándalo, diseñado para matar la carrera, sin pasar momento alguno al ataque.
La lección que les dio Pogacar el año pasado se la ganaron durante 21 días.
Y lo decimos desde la admiración que le tenemos a Roglic, Van Aert, Dumoulin, Kuss y compañía, pero nos dieron el Tour, un Tour más, otro, que fue un plomo en la mayoría de días en manos de gente que corre a no perder, con la mirada en el potenciómetro y la emoción dejada en el hotel.
Si las cabalgadas de Hirschi, en especial la que pierde camino de Lauruns, significaron de lo mejorcito de la carrera.
Un guión que inició el Team Sky en el Tour de 2012 y que se ha interiorizado hasta la paranoia.
Mirad las últimas diez ediciones del Tour de Francia, ¿cuál fue el último ataque de verdad, de lejos, con riesgo y ambición?
El de Andy Schleck en el Izoard, camino del Galibier
De eso hace diez años.
Desde entonces, momentos puntuales, no todos en montaña: los saltos de Nairo en 2013, Nibali en los adoquines de 2014, el corte Sagan-Froome de Montpellier en 2016, la escapada Contador-Landa en Foix, año 2017, el ataque lejano de Bernal en el Iseran, para acabar con la etapa suspendida…
Poco o nada que llevarnos a la boca, poco o nada de lo que vemos en el Giro, con etapas locas, equipos más débiles, menos control y llegada de uno en uno a meta.
Algo similar en la Vuelta, que ha modulado las llegadas en cuesta de cabras para proponer un ciclismo más abierto y emocionante, incluso en circunstancias como las de 2019, cuando Roglic tenía la carrera controlada pero ello no quito de una excelente semana final de ciclismo.
Lo sabemos, el Tour es la carrera más importante del mundo, la que justifica presupuestos y lanza trayectorias, pero ello no le quita un argumento para decir que es la peor grande con diferencia y que cada mes de julio, el “caloret” y el Tour son sinónimo de generosas siestas.





