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Ciclismo antiguo

Tour 1991: Indurain, aquella tarde, camino de Val Louron

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En Val Louron se abrió el ciclo de Indurain, aquello fue el prólogo de algo mítico

Si ayer nos deleitaban con el mundial del 95, el que ganó Olano, el que celebró como si hubiera ganado Indurain, el de Colombia, ahora nos toca viajar cuatro años antes, a Val Louron, año 91, qué tarde aquella…

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Leemos “La Estela de Miguel” para refrescar la memoria de aquella etapa.

Aquel fue un Tour muy extraño, donde la dureza no estaba precisamente repartida: había una etapa en especial que marcaba la agenda, la que iba de Jaca al enclave de Val Louron, un sitio rara vez frecuentado por el Tour, diluido entre colosos y nombres que eclipsan.

Pero aquel día Miguel Indurain pondría Val Louron en el mapa, en la historia.

232 kilómetros, 6000 metros de desnivel y un perfil que dibujamos con los ojos cerrados, un diente de sierra en el que no omitía toda la dureza del lugar.

Entrando a Francia por el emblema de la QH, el Portalet, siguiendo por Aubisque, Tourmalet, Aspin y meta en el citado santuario de Val Louron.

Con la mochila cargada de plomo y desgaste, cincuenta ciclistas afrontan el Tourmalet por el lado de Luz Saint Sauveur en el grupo principal.

Habían unos escapados, Conti, Chozas, Pensec entre otros, pero el primer golpe viene de Greg Lemond, a diez de la cima.

Juega a Hinault, cinco años antes, sabiéndose, en su fuero interno, inferior, ataca, quiere intimidar, pero Chiapucci, que era muy de entrar en el trapo, entró, y luego el resto.

Fuerzas gastadas, el frío americano había machacado cartuchos que serían necesarios.

Arriba, donde se erige el Gigante Octave los días largos de verano, coronan ocho, aunque con sensaciones muy dife.

El testigo mudo e invisible se había pasado de mano a mano en Banesto, Perico no está con los mejores, Indurain vuela.

Lemond, tampoco, ni Luc Leblanc, el líder que salió de Jaca.

Ambos van perdiendo comba según llega la cima, la espada de Damocles está sobre la cabeza de a generación del 60: Perico atrás, Lemond en problemas, Fignon, también.

Es el momento de los chicos del 64: Indurain saca brillo a su entereza en la subida, se va en el descenso, Chiapucci le cazaría en el valle.

Bugno espera instrucciones del coche, no les toma la rueda y se arrepentirá de por vida.

Confluyen los intereses, ahí, en el Vall de Campan, donde la fuente de los ciclistas, Indurain y Chiapucci escriben la historia gorda, el día más celebrado de siempre: faltaban 45 kilómetros para meta, llegarían de uno en uno, de dos en dos.

Casi treinta años después, aquello sigue sabiendo a gloria.

Imagen: RTVE

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