Ciclismo
Renuncias en la Milán-San Remo
Arnaud De Lie no quiere saber nada de Milán-San Remo con Pogacar y Van der Poel en concurso
Faltan apenas cuatro semanas para que el aire de la Riviera nos devuelva ese aroma inconfundible a clasicismo, nervios y salitre.
Se acerca la Milán-San Remo, esa “Classicissima” que durante décadas hemos etiquetado, quizá con una ligereza que ahora nos estalla en la cara, como la carrera más fácil de correr pero la más difícil de ganar.
Es un topicazo que se está quedando viejo, o que al menos está mutando en algo mucho más exclusivo y, por qué no decirlo, excluyente.
La noticia de que corredores del fuste de Arnaud de Lie decidan tachar la Via Roma de su calendario no es una anécdota, es el síntoma de una era donde el abanico de candidatos se está cerrando por pura asfixia física.
Tradicionalmente, la San Remo era el monumento de la esperanza, el escenario donde un segunda espada con pericia o un velocista resistente podían burlar al destino tras trescientos kilómetros de procesión y diez minutos de locura.
Sin embargo, la dictadura impuesta por Tadej Pogačar y Mathieu van der Poel ha dinamitado esa mística democrática.
Ya no se trata de aguantar en el Poggio, se trata de sobrevivir a una carnicería que empieza mucho antes.
La renuncia de figuras que deberían estar en la pomada responde a una inteligencia táctica evidente pero también a una rendición ante la realidad: el nivel es tan estratosférico que presentarse es, para muchos, un ejercicio de masoquismo sin premio posible.
Resulta curioso que una carrera que se jactaba de ser la más abierta de todas se haya convertido en un coto privado de caza.
El ciclismo moderno, con su vataje quirúrgico y su falta de complejos, ha hecho que la San Remo sea hoy más difícil que nunca, no por su recorrido, que sigue siendo el mismo balcón al mar, sino por la velocidad terminal que imponen los elegidos.
Estamos ante una selección natural que duele ver porque resta nombres al cartel, pero que confirma que en el ciclismo actual ya no hay lugar para la especulación.
Quien quiera saborear la gloria en San Remo ya no puede esperar a que suene la flauta; ahora debe estar dispuesto a entrar en una dimensión donde solo habitan dos o tres nombres capaces de sostener el pulso al cronómetro y a la historia.





