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Mundo Bicicleta

Casco Endura Pro SL: una experiencia «casi» religiosa

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DT – 2022 post

El casco de Endura nos sorprende por su elegancia y seguridad

A Endura les tenemos por excelentes proveedores de ropa, pero esta vez nos han enviado un casco… elegante, fino, estético y seguro. 

Vamos a destripar lo que dio de sí esa prueba con el Casco de Endura… el Pro SL.

caja casco endura

Lo que os voy a decir ahora puede parecer una perogrullada, por manido y por sabido, pero no por ello vamos a dejar de insistir en que si apreciáis vuestro cráneo tenéis que utilizar el casco.

Ya lo sé,  qué os voy a explicar que no sepáis, ¿verdad?

Pero yo aún sigo viendo algunos ciclistas en carretera que siguen sin usarlo.

Afortunadamente son pocos. Cada vez menos.

Pero aún los hay.

Yo lo he utilizado siempre desde que empecé a darle a los pedales, hace ya más de 30 años.

Lo tenía muy claro.

Más de la mitad de las lesiones graves y de muertes por accidentes de bici provenían de golpes en la cabeza.

Eso decían.

casco endura lateral JoanSeguidor

Parte trasera endura casco JoanSeguidor

casco Endura Superior entrada JoanSeguidor

Aún recuerdo el primero que me compré.

Nada parecido a lo que hoy en día ofrece el mercado.

Sólo comentaros que cuando me vieron con él puesto, todo el mundo me decía: ¡qué feo estás con ese gorro!

¡Con ese gorro!… Para echarse a reír.

Pero al menos cumplía a la perfección con su cometido, y éste no era otro que reducir el riesgo de lesión en la cabeza al amortiguar el impacto si me caía.

Vamos, si nos caíamos.

A aquellos primeros cascos, y posteriores, tan sólo se les pedía buena adaptabilidad a la cabeza, que no se moviera demasiado y ofreciese la suficiente protección.

¡Ah! Y sobre todo, que no nos tapara las orejas y nos permitiese una buena visión frontal.

Sí, podéis reíros, pero yo he visto todo tipo de cascos y para todos los gustos.

En la actualidad, la cosa ha cambiado, claro está, y podemos encontrar en el mercado cascos comodísimos, muy ligeros, que se ajusten muy bien y no se muevan.

casco endura seguridad JoanSeguidor

Como el modelo que hemos tenido la suerte de probar, y que os queremos presentar: el Endura Pro SL.

Es un casco que, además de ofrecernos todo lo que se le debe pedir a un componente tan necesario, aún nos da un plus mayor de efectividad, seguridad, comodidad y ligereza.

Y también un toque de distinción, por supuesto.

Porque el Pro SL, a simple vista, es ante todo espectacular y muy elegante.

Es un casco rotundo y su aspecto es sólido y seguro, como una roca a la hora de recibir un golpe.

Sólo cogerlo ya se evidencia el hecho de que la marca escocesa ha creado una joya para lucir en la cabeza.

Es bonito y ligero. 

Pero llegó el momento de la verdad: probarlo subido a una bici, porque el Pro SL está diseñado para ciclistas de carretera.

La pregunta era qué recorrido sería el ideal para testearlo.

Las dudas las disipamos de inmediato: nos íbamos a Montserrat.

¿Y por qué a la emblemática montaña del cicloturismo catalán?

Pues por eso mismo, porque deseábamos darle un toque carismático a la puesta de largo de nuestro Endura Pro SL.

Además, los ciclistas catalanes tenemos la sana costumbre -yo al menos la tengo y muchos a quienes conozco también- de que, cuando nos compramos material nuevo, la primera salida para estrenarlo es ascender a este lugar de peregrinación.

La puesta en marcha…

Una bici nueva, una flamante equipación  y también, claro está, un nuevo casco, son buenos motivos para recibir las bendiciones de la Moreneta, nuestra patrona.

Llamadlo tradición, o simplemente creencia religiosa, pero iniciar en el Santuario una nueva relación con algo tan íntimo como nuestra bici, nuestro maillot o nuestro casco, tiene algo de místico y espiritual.

Casco Endura prueba JoanSeguidor

Prueba Casco endura JoanSeguidor

En marcha.

Después de prepararnos la bici, ponernos las zapatillas, los guantes, las gafas… ¡por fin nos ajustamos el casco!

¡Última prenda colocada!

El sistema de micro-ajuste posterior, con una ruedecilla, hace que incluso con una sola mano nos lo acoplemos como un guante, un ajuste que será perfecto regulando la doble correa de la zona de la barbilla.

Iniciamos el pedaleo enfilando nuestro manillar dirección Montserrat y no hace falta decir que, desde ese preciso momento, nos podemos olvidar de lo que llevamos en la cabeza, porque la sensación de ligereza y de peso pluma del casco es total.

La refrigeración…

A pesar de que el día es muy caluroso y que, en según qué momentos, alcanzaremos temperaturas de hasta 35 grados en nuestra ruta de hoy, en ningún caso hemos sentido que nuestro cráneo se abrase bajo el sol de justicia que estaba cayendo.

Al contrario, las grandes ventilaciones de las que dispone el casco hace que la entrada de aire se mantenga lo más fresco posible.

Y se nota, ¡vaya si se aprecia!

La excepcional ventilación es debida, sin duda, a su rejilla interior que, además de su función anti-insectos, hace que el flujo del aire a través de sus canales sea mayor.

casco endura interior JoanSeguidor

Esta novedoso sistema de gran ventilación es gracias a la estructura de colmena conocida como Koroyd.

De esta manera, ascendiendo a Montserrat con un calor asfixiante, en ningún momento tenemos esa sensación tan reconocida por muchos ciclistas cuando el mercurio se dispara.

Estamos hablando de ese sobrecalentamiento, embotamiento o incluso dolor de cabeza, que nos hace penar encima de nuestras bicicletas en días calurosos como el de hoy, pegar tumbos o ir de cuneta a cuneta.

casco endura detalle trasero JoanSeguidor

También es de agradecer que no nos caigan las gotas de sudor directamente a las gafas, algo que podía suceder con otros tipos de cascos al no disponer de las almohadillas interiores de secado rápido como las del Pro SL.

Además este acolchado está sometido a un tratamiento antibacteriano y disponemos de un kit de recambio.

Todas estas características hacen que estemos ante un casco de carretera auténticamente Premium, como no podía ser de otra manera.

Una vez finalizada la ascensión, disfrutando de las bellas vistas que nos ofrece la montaña, mirando con detenimiento el casco, observamos algunas características más: una curiosa, y muy práctica, que nos permite alojar nuestras gafas de sol en un muelle frontal confeccionado para este uso.

Algo muy útil.

casco endura acabado en colmena

También dispone de un elemento de seguridad que puede pasar desapercibido y es su reflectante posterior para hacernos más visibles.

En definitiva, estamos ante un casco del que dicen sus fabricantes reduce el riesgo de fractura de cráneo de un 40% a un 5%, un porcentaje extraordinario muy por encima de los requisitos a los que obliga la certificación CE.

Si todo esto fuera poco, Endura incluye su garantía de satisfacción de 90 días para el cliente y su política de reemplazo en caso de accidente.

Pero al igual que cuando contratas un seguro, cuando compras un casco de este tipo, lo mejor es no tener que comprobar nunca su eficacia.

Y ahora a por el descenso.

Eso sí, ¡con cabeza!

Para ver toda la información… 

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Mundo Bicicleta

La ciclista

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DT – 2022 post

Una historia sobre esa ciclista que siempre veías pasar

Invierno. Son las 8 de la mañana. Ahí afuera hace un frío que pela. Creo que deberemos rondar los 0ºC. Hasta la casa está fría. Enciendo la chimenea. Calor de hogar. Mientras tomo el café me asomo a la ventana a ver si la veo. Mi casa está justo al final de la colina principal que corona el pueblo, una rampa dura de unos 500 m al 10%, pero es que para llegar hasta aquí hay una respetable subida de 5 km al 6%.

El cielo de un gris plomizo, apenas deja pasar el sol. Observo los árboles desnudos y escucho el sonido del viento, aire frío y molesto del norte, el habitual por estas fechas. La carretera está muy húmeda y me viene un olor intenso a chimeneas encendidas.

La verdad es que tengo ganas de verla ya que hace bastante que no pasa por aquí, desde mucho antes de Navidad. Se habrá tomado su merecido mes de descanso, pero como es habitual en ella, hoy es el primer sábado después de las fiestas y seguro que hoy la veo. Siempre inicia su temporada en esta fecha realizando este recorrido ascendiendo este pequeño alto donde yo vivo.

Shimano Sep 2022 – Post

Se retrasa bastante. Es normal. Seguro que se lo ha tomado con calma. Después del parón invernal, las fiestas y el frío que hace no es para menos. El reloj está a punto de tocar las 9 de la mañana. Parece que se acerca alguien a lo lejos en bici. Tiene que ser ella. En efecto, es mi «amiga» ciclista. No la conozco de nada, pero la he visto pasar muchas veces.

Viene muy tranquila, moviendo un desarrollo muy cómodo. Si no fuera porque sé que es ella, casi no la reconocería. Muy abrigada, con un buff que le tapa casi toda la cara y sólo se distinguen sus bonitos ojos detrás de sus gafas claras, su pelo recogido bajo su casco de color metalizado, chaqueta térmica de color amarillo y un culotte largo de invierno ajustado que delatan que estos días ha echado algunos kilillos, no muchos, tres o cuatro. Unos guantes de riguroso invierno y unos botines a juego completan su equipación en estos primeros kilómetros del año.

La verdad es que debe ser una sensación muy especial salir de casa el primer día del año con la bici y pegar esa primera pedalada, ya sea con la derecha o con la izquierda, que hay para todos los gustos, y completar ese primer kilómetro pedaleando al que le seguirán miles y miles más durante toda la temporada.

Hoy mi «amiga», del cual desconozco su nombre, va muy tranquila sobre su blanca y reluciente bici. Seguro que unos días antes de salir le ha dado un buen repaso, engrasándola y limpiándola.

Llega a mi altura y corona el repecho. Como siempre también gira su cabeza arriba y hacia la derecha como buscándome. Aquí estoy. Me saluda con un ligero y tímido movimiento de cabeza. Le contesto con una sonrisa. Nada más iniciar el suave descenso que viene a continuación ya veo que echa mano del plato grande y se deja caer pedaleando con tranquilidad. Ya no la volveré a ver hasta la semana que viene.

1024×300 Flandes Zona Centro post

Primavera. La luz del sol me despierta. Las ocho en el reloj. Me hago el café y me asomo rápido a la ventana. La abro y respiro. Hace un fresco agradable. Los árboles empiezan a vestirse de  verde y escucho el agradable sonido del canto de las golondrinas revoloteando alrededor de mi casa. Es una bonita mañana de abril con el cielo completamente despejado. Sopla una ligera brisa y en el campo que tengo delante de casa ya florecen las amapolas. Hemos dejado por fin el invierno atrás.

Hoy seguro que viene con ganas. Ya está aquí. Y viene bastante deprisa. Apena pasa un cuarto de hora de las 8. Lleva dos o tres piñones menos desde la última vez que la vi. La encuentro más atlética y sin duda ya ha dejado por el camino los kilos que le sobraban. Ya lleva culotte corto, mostrando sus bonitas piernas que empiezan a estar ya bastante morenas. Aún va con maillot largo. En las bajadas aún hace fresquito. Ha cambiado sus gafas transparentes por otras oscuras. El sol empieza a pegar. Veo su cara, también ya morenita y se ha soltado un poco su corta melena. Es muy guapa, la verdad, y la veo muy en forma. Va por faena y muy concentrada. Apenas hoy se fija en mí.

Aún y así hace un gesto como de saludo.

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No sé ni siquiera si me ha visto o ha intuido que estaba ahí asomado como siempre. Creo que hoy ha debido subir muy rápido, ha coronado, ha puesto plato y se ha lanzado como una posesa hacia abajo. Estos días la veré más a menudo. Hoy es martes, el jueves seguro que vuelve y el sábado también. Está entrenando duro.

Verano. Hoy me he despertado antes de las 8. Son las 7:30. Ya no podía dormir más y no paraba de dar vueltas en la cama. Hace ya mucho calor y eso que duermo con la ventana abierta. El sol está ya bastante alto y el termómetro marca ya 22 grados,  lo que promete una jornada de intenso calor. Oigo el canto de las chicharras, tostándose al sol, y a lo lejos campos amarillos de trigo a punto de ser segados. Suerte que aquí arriba tengo estos frondosos árboles que protegen y dan un poco de sombra a mi casa.

Miro el calendario. Ya estamos a finales de junio. Me asomo a la ventana y giro mi cabeza directamente a la derecha. Ya ha pasado, la veo a lo lejos que ya ha iniciado hace un rato el descenso. Estos días, a no ser que madrugue, sólo la veré por detrás, muy morena, completamente de corto, con su maillot azul y su culotte blanco alejándose como una moto. Hoy seguro que habrá hecho su mejor tiempo subiendo hasta aquí. Ya está preparada.

Hasta el otoño, guapa.

Por Jordi Escrihuela

Imagen: A.S.O./Thomas Maheux

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Mundo Bicicleta

La Peña Cabarga: La cima que mira el mar

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DT – 2022 post

En la Peña Cabarga la vista abarca desde la bahía de Santander a los primeros Picos de Europa

El día que muchos supimos de Peña Cabarga es ese que ilustra este artículo, con aquel mano a mano Froome vs Juanjo Cobo… vaya tarde.

Cantabria es pequeña. Pero este término puede ser muy relativo ya que esto no le impide ofrecer a cicloturistas de diferente pelaje, desde duras cumbres para escalar y probarse en sus severas cuestas, hasta carreteras junto a playas de aguas tranquilas para pedalear y rodar con tranquilidad.

Cantabria es la Montaña, como si no hubiese lugares, que los hay, más distantes del nivel del mar.

Una tierra en la que más de su mitad está 600 metros por encima de su piélago, el Cantábrico, un mar duro que combate fuerte con sus altas olas.

Los naturales de la tierra son los montañeses, gentes que pueden estar separados por pocos kilómetros, entre los que viven en la alta montaña y los pescadores de la costa. Del litoral a los Picos de Europa, donde las alturas se disparan hasta los 2.500 metros.

Shimano Sep 2022 – Post

Cantabria es verde naturaleza y azul de los cielos y el mar.

Terruño de difícil acceso en la antigüedad, donde las sierras han formado una barrera natural, Cantabria es equilibrio, entre el mar y el monte, entre la naturaleza y la obra del hombre.

Vamos a comprobarlo.

Parque Natural de la Peña Cabarga. Santander. Una de las ascensiones más duras que se pueden realizar en bici en esta bella tierra.

Como diría un buen amigo, «una subida para cicloturistas muy bien preparados». Y con muy buen desarrollo, añadiría yo.

Pero estamos en junio. Nuestro mes. Estamos en nuestro mejor pico de forma y nos decimos a nosotros mismos ¿por qué no? El verano ha llegado y lo ha hecho para hacernos feliz, para que lo llenemos de colores y de sueños… cicloturistas, parafraseando la famosa canción.

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Sol. Calor. Tiempo de playa. También de montaña. Mes de vacaciones para algunos, como pueda ser nuestro caso, disfrutando de esta joya que es Santander que nos recuerda nuestra infancia. Y nuestra juventud. Cuando pasábamos largos y cálidos veranos en inolvidables estancias junto al Cantábrico. Matinales de playa con la familia. Tardes de bici con los amigos, bajo el inconfundible canto de la chicharra. Salidas, a veces, a ritmo de verano azul. Otras, muchas,

muy duras. El reto era alcanzar el alto de Peña Cabarga, una escalada muy exigente a este macizo santanderino, donde nos dábamos palos por todos lados y nos picábamos en sus inflexibles rampas.

Sudor. Calor. Cansancio. Fuerzas llevadas al límite. Meriendas junto al monumento a los marinos de Castilla. ¡Qué recuerdos!

Allí arriba, gozando en su cima de las vistas, contemplando toda la Bahía de Santander, los valles y los Picos de Europa, nuestros sentidos se abrían y observábamos fascinados cómo se conjugaban con fuerza todos los elementos de la naturaleza, el cielo y el mar, la montaña y el viento.

Hoy volvemos. Para allí que vamos. Le tenemos ganas.

Nos bajamos la cremallera del maillot. El día ha sido caluroso. Habremos rebasado los 30º grados con facilidad. Lo bueno que tiene salir a media tarde, aprovechando los largos días de junio, es que la intensidad del sol va bajando a medida que también nosotros vamos avanzando en nuestro pedaleo, mientras el sonido de las golondrinas, que tanto nos gusta también, cantando alegres y revoloteando entre los callejones, nos acompaña en estas primeras pedaladas mientras enfilamos la antigua carretera entre Santander y Bilbao.

Habremos salido prácticamente tocando la fina arena de la playa del Sardinero, para en apenas 20 kilómetros alcanzar el Mirador del Indiano, allí arriba. Así de cerca. Así de lejos. Pensar en este muro nos hace verlo próximo, porque a 14 kilómetros de Santander, enfilando la recta de Heras, encontramos el cartel que nos indica el camino a seguir para superar el resto. También nos dará la impresión de distancia, de mucho trayecto, pues en esos últimos 6 kilómetros, en los que comienza la diversión, es donde sentiremos en nuestras piernas toda la dureza de esta gran cuesta y, con dolor, después de tomarnos con calma sus tres primeros kilómetros al 10%, para llegar al falso llano de 500 metros, respirar profundamente, antes de encarar sus infernales 2 kilómetros y medio hasta la cúspide.

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Por eso, la recomendación es tranquilidad, buen ritmo y no forzar mucho, estirar piernas en el descansillo, y afrontar con cabeza y piñón grande la pendiente que se nos vendrá encima con una empinada rampa de 200 metros al 22% de desnivel que se nos hará eterna.

No podremos olvidar las imágenes que vendrán a nuestra memoria, como fogonazos, recordando como reptaban por aquí, retorciéndose, escaladores de la talla de Joaquim Rodríguez, Chris Froome, Juanjo Cobo o Vasil Kirienka.

Pasado este trance, sólo nos quedará pedalear 500 metros más hasta la cima con una no menos exigente media al 8%. Un vértice fabuloso coronado por el Pirulí de Peña Cabarga.

Prudencia en el descenso y buen retorno, de nuevo, al mar.

Por Jordi Escrihuela

Imagen: Diario de Jaén

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Mundo Bicicleta

En Pailhères tendrás el puerto total

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DT – 2022 post

Pailhères fue el primer gran escenario de Nairo en el Tour

Un puerto soberbio, a 2001 metros de altitud con una magnífica carretera para ascenderlo tanto si lo hacemos desde Axat como desde Ax-les-Thermes. Admiración. ¡Oh! Pailhères, sí. Eso es.

Si tuviera que explicarlo lo primero que saldría de mis labios sería esta exclamación.

Asombro. Fue lo que yo sentí cuando lo ascendí por primera vez en julio de 2013, como cuando Nairo explotó en la grande boucle. Aquel año, aquel verano en el Tour. ¡Qué gran recuerdo! Estaba fuerte aquella temporada y quizás haya sido una de mis mejores ascensiones a un gran puerto, a todo un hors catégorie, donde yo encontré mi mejor golpe de pedal en uno de los escenarios más sorprendentes que yo pueda recordar. “De dibujos animados”, lo llaman algunos.

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Fascinación. Y eso que lo tuve que ascender con una corona trasera de 25, que era lo único que pudo ponerme el simpático alemán Wolfgang, mecánico de Focus, marca de bicis por la que había sido invitado a sentir toda una experiencia en la Grand Boucle. “Tendrás que tirar de piernas”, recuerdo que me dijo en su día, medio en alemán, medio en francés.

Seducción. A pesar del “dolor”, del sufrimiento en un día de sol radiante de mucho calor, el típico día de verano de la alta montaña del julio francés, decidí disfrutarlo, y vaya si lo hice.

Atracción. Aquella jornada nos pusimos en marcha tres alemanes, un inglés, un francés, un italiano y yo (sí, como en los chistes, je), iniciando desde Axat, bonito pueblo del Languedoc-Roussillon situado a 405 metros de altitud, y cruzando el puente sobre el Aude, una preciosa ruta de unos 20 kilómetros en suave ascenso dirección a Usson-les-Bains (785 m) pasando por una carretera encajonada entre rocas: el bello paso de Les Gorgues de St. George atravesando el Valle del Aude.

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Maravilla. A ritmo de cháchara y de risas, mientras pudimos, llegamos al cruce a mano derecha donde se desataron todas las hostilidades: los alemanes se descolgaron y yo me fui detrás del francés que inició la subida como alma que lleva el diablo.

Hechizo. Al final lo tuve que dejar y poner intermitente a la derecha porque aquel ritmo me iba a reventar. Además hacía muchísimo calor. Me preparé para sufrir, puse el 25 y para arriba, sin prisa pero sin pausa, notando el aliento en mi cogote de algunos que ya se me iban acercando.

Encanto. En Rouze (980 m), un pequeño descanso alivió mis piernas y me hizo bajar piñones. Pasado este pequeño suspiro las rampas volvieron a endurecerse. De pronto me giré y vi al inglés poniéndose a mi lado, asfixiado. Me adelantó unos 25 metros y se bajó de la bici. Abandonaba. No podía más. Yo seguí a mi ritmo, pasando mucho calor, pero más o menos bien. Luego supe que el resto también plegaron, incluido el italiano. Aquí también recordé la etapa del Tour de 2003, cuando un villano llamado Lance las pasó canutas en una jornada como la de aquel día, en plena ola de calor y a más de 30 grados: maillot abierto, boca abierta buscando aire, y mirada baja, que hizo que hasta se le desencajara el rostro y pareciera algo más humano.

Embrujo. Recuperando fuerzas, aprovechando un pequeño rellano entre agradecidas sombras de hayas, a mitad de puerto y a la salida de aquel bosque, es cuando pude contemplar hasta dónde tenía que llegar. Vistas impresionantes de la cima del puerto de Pailhères, en la que aún quedaban rastros de nieve en sus laderas rodeadas de verdes prados. Unas montañas bellísimas. Un paraíso pirenaico espectacular.

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Embeleso. Uno de los puertos más hermosos que yo haya ascendido nunca con esa poquita de razón ante tanta locura, porque Palhières (“la razón de la locura”) es así, te aprieta pero no te ahoga, te deja hacer sin que te vuelvas loco, sino padeces de síndrome de Stendhal porque es inmensa la belleza que se presentó delante de mí, algo que, por otra parte, hizo que mi sufrimiento encima de la bici lo tuviera bastante distraído a la espera de que por fin saliera la fiera de escalador que llevaba dentro, que por algún sitio tenía que estar, y pudiera vencer sin problemas al coloso.

Furor. Como siempre, de menos a más, y sobre todo en la zona de curvas, nada menos que hasta 19 según han contado algunos, es donde mejor me encontré y donde di mi mejor golpe de pedal. Así es, en los lacitos es donde más fácil subí.

Éxtasis. Ya estaba a punto de coronar. Las cunetas llenas de auto-caravanas y mucho público que jaleaban nuestro pequeño Tour particular, esperando el de verdad para el día siguiente. Una experiencia extraordinaria. En aquel momento estar rodeado de gente que animaba me daba alas literalmente, soltando el pedaleo, demostrando que iba bien, porque notaba ese empujón invisible que hizo que lo diera todo y coronara con fuerzas, tras 15 kilómetros de duro ascenso hasta llegar a los 2001 metros de altura.

Wolfgang, ¿cuándo volvemos? Pero como alguien dijo, la próxima vez «mon Dieu, ¡ponme un 28!»

Por Jordi Escrihuela

 

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Mundo Bicicleta

El Circo de Litor es la antesala del Aubisque

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DT – 2022 post

Antes de coronar el Aubisque, el Circo de Litor aguarda al ciclista incauto

Del Aubisque ya hemos hablado de sus bicicletas gigantes, pero esta vez, la historia va por otros derroteros…

«¡Ohh…bisque!» -grité a los cuatro vientos.

Frené la bici. Una parada suave. Me quité las gafas y me quedé unos momentos en actitud contemplativa. Estaba en el Soulor después de un dulce ascenso atravesando el paradisíaco Val d’Azun, si bien los últimos kilómetros de subida de este renombrado puerto me habían exigido lo suficiente como para tomarme un respiro.

Las vistas a este otro lado del valle bien valían la pena y merecían olvidarme del tiempo y de mis pulsaciones: contemplaba el Pirineo en todo su esplendor. El paisaje se extendía frente a mí de una manera que pocas veces había visto.

Venía de Argelès-Gazost, buscando mi particular teatro de los sueños, esos que me habían llevado a imaginarme estar ahí, después de haber visto esas imágenes una y otra vez: cicloturistas disfrutando de la hermosa carretera colgante que comunica el Soulor con el Aubisque: la larga y estrecha cornisa del Circo de Litor, que se mostraba majestuosa ante mí y que había quedado al descubierto nada más poner pie a tierra. Un corte de precisión con bisturí en la ladera. Una cicatriz en la montaña. Una lombriz arrastrándose por la tierra.

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En mi recuerdo, la escena de aquellos mismos ciclistas atravesando un túnel natural abierto en mitad de la roca. Eran tantas las galerías de fotos que me venían a la mente, una detrás de otra, que era difícil quedarse con tan sólo una. Pero ya estaba allí, a 1474 metros sobre el nivel del mar, y lo admiraba con mis propios ojos.

Nada ni nadie me iba a impedir saborear de ese instante. Después de recrearme lo suficiente, aunque después siempre me supiera a poco porque el recuerdo que me dejó aquella panorámica en el tiempo fue muy fugaz pero a la vez muy intensa, me dispuse a seguir adelante.

Me coloqué las gafas y con pedalada fuerte inicié el suave descenso que me esperaba, un par de kilómetros que me iban a dejar a las puertas de la escalada decisiva al col de las bicicletas gigantes: 7,5 km al 5% de media. Me sumergí en el valle y me dejé invadir por mis sensaciones. Abrí los sentidos en aquella cinta de asfalto que bordeaba los escarpados picos, atravesando los míticos túneles tallados en la montaña.

Me sorprendió el segundo, oscuro, prolongado y angosto, no así el primero, apenas un suspiro rebasando el corazón del macizo de Litor.

Dicen los que la han visto que este tramo recuerda al primer acto de la película The Italian Job, pero la original, la del año 1969, un film de culto protagonizado por Michael Caine, en el que un Lamborghini Miura se estrella, saliendo de un túnel contra una excavadora, en una memorable carretera de los Alpes. Lo comprobaré.

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Inmerso entre altos acantilados de piedra caliza, el sueño de Napoleón III de cruzar el Circo de Litor (del griego λίθος -litos-) uniendo los balnearios de Pirineos entre Eaux-Bonnes y Argelès-Gazost se hizo realidad en el año 1860, abriendo la pared para salvar un desnivel de 200 metros de caída libre.

Un paseo de vértigo que no deja indiferente. Un teatro al aire libre que muestra su espectacular naturaleza en todo su esplendor y donde la belleza no se esconde. Un lugar tocado por los dioses, donde uno no sabe bien dónde dirigir su mirada.

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Podía elegir entre contemplar los caballos y las vacas que pastaban al lado de la carretera, o bien observar las ovejas merodeando por los verdes prados, rebaños de ganado que después proporcionan a estas tierras la excelente leche con la que elaboran sus afamados quesos.

Pero también había que pedalear con cuidado, no sea que a alguna de estas bestias le diera por echar una cabezada en mitad de la carretera. Algo habitual y peligroso, ya que podías encontrar una durmiendo en medio del túnel, único sitio llano donde lo pueden hacer. Así que ojo.

Mientras me dejé atrapar por la sintonía de una canción como Glacier, del compositor irlandés James Vincent McMorrow, que me sonaba una y otra vez en la cabeza, empecé a subir de nuevo por la pintoresca carretera: ”I wanna go south of the river, glacier slow in the heart of the winter” (“quiero ir al sur del río, glaciar lento en el corazón del invierno”, me repetía a mí mismo, aunque estuviera en verano y me dirigiera cuesta arriba hacia el norte.

Seguía sin saber dónde elevar mi mirada.

El escaparate del Circo de Litor está diseñado para nuestro completo disfrute. Este escenario me permitía deleitar con la visión del cielo, siempre espectacular, a veces soleado, otras nublado, o de la tierra, allá abajo, fijándome en las cabañas de los pastores y escuchando las campanas que suenan alrededor del cuello de las vacas. ¿Las oís?

18Por Jordi Escrihuela

Imagen: Bicis en ruta

 

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