CX
Mathieu van der Poel ha puesto el ciclocross en lo más alto de la historia
Ya nadie discute el reinado de Van der Poel en el universo del ciclocross
El debate sobre quién ostenta la corona histórica del ciclocross ha quedado clausurado en las campas de casa, en casa de Mathieu van der Poel.
No es solo una cuestión de sensaciones o de esa estética insultante con la que Van der Poel dibuja las trazadas mientras los demás parecen negociar con el barro; es que la estadística, ese juez gélido y definitivo, ya le sitúa por encima de la leyenda de Eric de Vlaeminck.
Ocho títulos mundiales contemplan al neerlandés, pero la cifra se queda corta para explicar la tiranía ejercida.
Estamos ante un ciclista que ha convertido la disciplina en un monólogo donde el interés no radica en quién gana, sino en cuánto tiempo decidirá marcharse solo.
Esta temporada ha sido el epítome de la perfección absoluta.
Van der Poel no ha corrido, ha desvalijado el calendario.
Campeón del mundo y dominador de la Copa del Mundo con una solvencia que roza lo obsceno.
Cada vez que se ha colgado un dorsal, el resultado ha sido un “uno” sistemático, sin dejar ni las migajas para una competencia que asiste atónita a un despliegue de vatios y técnica que no pertenece a esta época.
La distancia con el resto no se mide en segundos, se mide en años luz.
El vacío que proyecta su figura es tan vasto que figuras emergentes como Del Grosso o Thibau Nys parecen destinados a pelear por una corona de cartón cuando el verdadero rey decida, como parece que hará el próximo invierno, que ya no tiene más retos que devorar entre las cintas.
Ese posible adiós temporal al barro deja un panorama desolador para el espectáculo, pero sitúa el foco en la carretera con una urgencia casi dramática.
Si Van der Poel ha sido el dueño absoluto del invierno, el ciclismo le exige ahora ser el patrón de la primavera.
La narrativa del pedal se encamina hacia ese duelo de titanes donde solo él parece tener el motor y la insolencia necesarios para ponerle coto a la voracidad de Tadej Pogačar.
Tras este festín de barro y gloria, toca el descanso del guerrero para afrontar las piedras y el asfalto.
El ciclocross le debe todo, pero el palmarés ya no admite más comparaciones: Mathieu es el mejor que jamás haya pisado un circuito, y su ausencia el año que viene solo servirá para confirmar que, sin él, el invierno será mucho más frío y previsible.




