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Ciclismo

Los puertos de Lleida, iconos de ciclismo

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El Pirineo de Lleida ofrece puertos icónicos y variados

Lleida no es solo un punto en el mapa del cicloturismo, es el santuario donde el Pirineo se desnuda para mostrar su cara más indómita y auténtica.

Hablar de las Terres de Lleida es hablar de una liturgia de esfuerzo que se perpetúa en puertos que son leyendas vivas, donde el asfalto no solo une valles, sino que dicta sentencias sobre nuestro estado de forma.

El tesoro que guardan estas montañas no necesita adornos, se explica solo con el desarrollo metido y el corazón a mil pulsaciones.

CCMM Valenciana

Si hay un tótem que define esta tierra es el Port de la Bonaigua

No es solo una subida, es la frontera emocional entre el Pallars Sobirà y la Vall d’Aran, un coloso que mira por encima del hombro a los dos mil metros.

Su vertiente aranesa es un engaño consentido que nace suave en Vielha pero que, a partir de Arties, te exige el máximo con picos del 11% que rompen el ritmo más sólido.

Por el contrario, la cara del Pallars desde Esterri d’Àneu es la oda a la constancia, veinte kilómetros al 6% donde el refugio de la Mare de Déu d’Ares vigila nuestro paso.

Es un puerto de vistas infinitas y asfalto generoso, una alfombra roja hacia la gloria que admite variantes tan crudas como Banhs de Tredòs o la extensión hacia el Pla de Beret.

El Coll del Cantó ejerce de nexo histórico entre l’Alt Urgell y el Pallars Sobirà, un puerto de paso obligado que ha visto desfilar las mejores grupetas del profesionalismo.

Desde Adrall, el Cantó es una montaña rusa, empezando con la dureza seca de la Parròquia d’Hortó para luego jugar con nuestra psicología en tramos que alternan descansos con rampas del 7%.

Por Soriguera, en cambio, la subida se vuelve más honesta, permitiendo un pedaleo más acompasado pese a sus bloques sostenidos.

Hacia el Solsonès encontramos la Serra-seca, un nombre que ya evoca la dureza de una zona de transición que el Tour de Francia de 2009 puso en el escaparate mundial.

Aquel monumento en su mirador no es solo piedra, es el recuerdo de rampas que llegan al 14% antes de alcanzar ese altiplano agónico camino de los 1229 metros.

Muy cerca, el Port del Comte celebra medio siglo como juez del Solsonès, ofreciendo una ascensión eterna de 29 kilómetros desde Solsona que encadena esfuerzos sin tregua.

En la Vall d’Aran, el Portillón es el cordón umbilical con Francia, un puerto de paso de apenas ocho kilómetros pero con una media del 8% que no admite negociaciones.

Es la puerta a Luchon y al misticismo del Tour.

Mientras tanto, en la Alta Ribagorça, Boí Taüll nos regala una ascensión entre joyas del románico hasta superar los dos mil metros, saliendo de Barruera.

Y si buscamos la mística del asfalto rugoso, Port Ainé se alza como el juez definitivo de Lleida.

Sus 19 kilómetros son un ejercicio de resistencia pura sobre una carretera estrecha que huele a ciclismo de antes, donde el 7% de media se siente como mucho más bajo el peso de la altitud.

Son montañas que no se suben, te conquistan.

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