Vuelta España
El perenne espíritu de inferioridad de la Vuelta
La Vuelta con sus defectos y virtudes ha logrado cincelar su marca más allá de lo que hagan las otras grandes
La cuenta atrás para la Vuelta a España de 2020 empezó en el mismo momento que Roglic y toda la corte de galardonados desfiló en el corazón madrileño, con el ayuntamiento de fondo y cotizadas vistas sobre la Cibeles.
Un premio a tres semanas que pone punto y final a la Vuelta hasta que ésta se ponga en marcha, en agosto, más pronto, a mediados, en Utrech, la región más católica de los Países Bajos, puerta de grandes pasajes de la historia, con espacios compartidos con España y ciudad ejemplo en aprecio por la bicicleta.
Utrech será la primera ciudad del mundo que haya acogido etapas de las tres grandes.
Será una salida singular, muy holandesa, pero sobre todo un test para la Vuelta como competición española.
Porque ya sucedió en 2009, cuando la carrera ya salió de Assen, que la fiesta, algarabía, llenazo de las primeras jornadas no tuvo continuidad en España, a donde aterrizó una carrera sumida en el anonimato, a veces clandestinidad de la ruta, como si la carrera pasara de espaldas en muchas de las zonas que visitaba.
Aquella Vuelta, que fue la que ganó Valverde, fue el espejo de que, incluso, en la edad dorada del ciclismo español -el año anterior entre Sastre y Contador se habían ganado las tres grandes, más el oro olímpico de Samuel, más el mismo Tour de Contador ese año- en España el ciclismo interesaba lo justo.
Una realidad que entronca con algunas de las llegadas de la carrera este año.
Al margen de las discusiones que surgieron entre los aficionados y la organización, ver gente, gentío de verdad en España, cuesta horrores.
Euskadi, alguna cima del 20% en concreto y poco más.
Y lleva esta estampa a pensar en clave de inferioridad, un sentimiento muy arraigado a este lado de los Pirineos, que en ciclismo, que en la Vuelta, no podía tener excepción.
En unos años la Vuelta a España ha creado una marca más o menos reconocible.
Nos podrá gustar más o menos, pero es reconocible, y es diferente a la del Giro y Tour.
Se destacó del amarillo con el maillot rojo, se potenciaron las llegadas de cuestracabrismo, con el tiempo se matizaron con otras más tendidas -más tipo Tour, se repite- y se insertó una crono que atraiga ciertas figuras como Froome, Dumoulin o Roglic.
La concatenación de dureza, la prolongación de los puertos, con la subida a las antenas, a la parte más alta posible, todo eso es marca Vuelta.

Pero el sempiterno sentimiento de inferioridad siempre se percibe.
Y lo vemos en un caso muy claro, en el que el Tour y el Giro, y diría incluso que franceses e italianos han sabido hacer muy bien: los puertos de montaña.
El Giro y sus cordilleras que abruman, cuestas imposibles, pasos estrechos…
El Tour y su leyenda, puertos que no son puertos son emblemas, franquicias para el uso de quien quiera…
De esta manera vemos que Javalambre es el “Ventoux de la Vuelta”, que La Cubilla es el “Galibier de la Vuelta”, que el Angliru nació para el ciclismo con el fin de rivalizar con el Mortirolo.
El otro día leí que Velefique, un puerto singular por ubicación, altura y dureza, además del paisaje, era el “Galibier español”.
Hay dos “Galibiers” en España.
Está bien utilizar la leyenda foránea para fortalecer el ego, pero a veces apena ver que constantemente se mira fuera cuando a este lado de los Pirineos hay materia prima excelente, como reclamaban aquellos locos que decían a Unipublic que había más montaña que la que cada año llenaba la Vuelta.
Así funciona el recomendador de Tuvalum
Giro y Tour granjearon en el tiempo pero con intención sus mitos, pero ¿qué nombre merecería la etapa de Gredos de la Vuelta?
Un terreno precioso, horrible para el ciclista, sin tregua ni descanso.
¿Y Javalambre?
¿Y las etapas asturianas?
La Vuelta es la Vuelta, no cabe darle mayor rodeo, con sus virtudes y sus defectos, pero una carrera que vista puerto con entidad suficiente para no tener que echar mano de lo foráneo, que está bien, atrae y parece que vende, pero que saca a relucir esa inferioridad que siempre viste todo lo español.



