Ciclismo
Hay algo normal en Giulio Pellizzari
En el haber de Giulio Pellizzari hay una naturalidad poco vista
En este ciclismo de hoy, donde parece que si no optasel Tour a los veinte años ya no vales, encontrarse con la historia de Giulio Pellizzari es, cuanto menos, un ejercicio de higiene mental.
El italiano representa esa especie en peligro de extinción: el talento de desarrollo tardío, el corredor que no venía con el sello de “elegido” desde las escuelas y que, sin embargo, hoy está en la antesala de los capos sin haber perdido la sonrisa de quien hace lo que ama.
Resulta reconfortante leer que hubo un tiempo, no tan lejano, en el que Pellizzari era ese niño que se quedaba en los llanos.
No había radares de equipos World Tour monitorizando sus datos de cadete, ni agentes ofreciendo contratos de seis cifras a un chaval que apenas terminaba las carreras.
Su ascenso no se debe a un test de laboratorio, sino al ojo clínico de Massimiliano Gentili, un técnico a la antigua que supo ver en él una chispa en las rampas que los números aún no querían revelar.
Esa es la esencia que defendemos: el ciclismo como un oficio que se aprende, no como una ecuación que se resuelve.
Ahora, integrado en el transatlántico de Red Bul, Pellizzari mantiene una naturalidad casi subversiva.
Mientras el pelotón vive obsesionado con el marginal gain y la privación absoluta, él se permite cinco semanas de desconexión invernal, disfruta del esquí de fondo y admite, sin complejos, que le gusta comer y dormir.
Hay algo de rebeldía en esa normalidad. Es el contraste perfecto a la “dictadura del vatio” que impera en las categorías inferiores, donde los chavales ya solo ven la vida a través del potenciómetro.
Su hoja de ruta para 2026 apunta al Giro, su carrera, donde el Blockhaus le espera como juez de su madurez.
Dice Giulio que su límite está por descubrir, y es creíble porque no ha sido quemado en la hoguera de la precocidad.
Al lado de figuras como Roglic o Evenepoel, el italiano no parece un gregario al uso, sino un proyecto de líder que se cocina a fuego lento, sin saltarse etapas.
En un mundo que corre demasiado rápido, Pellizzari nos recuerda que, a veces, el mejor ritmo es el de aquel que sabe esperar su momento sin dejar de ser él mismo.
Imagen: Sprint Cycling Agency



